UN CAPITALISMO SIN RUMBO

UN CAPITALISMO SIN RUMBO

10 reglas de la globalización

Por Mario Rapoport

Estos son los diez principios económicos, sociales y políticos que rigen hoy al mundo. La economía está manejada por una suerte de nuevo capitalismo que navega de crisis en crisis, imponiendo una estabilidad ficticia sólo para garantizar la libertad de los movimientos de capital, demoliendo todas las instituciones de las economías de bienestar. También se oponen a la existencia de un gobierno mundial democrático porque su poder y fortuna se basan en las desigualdades del actual. Su único motor es la acumulación en sí misma. Puede decirse que a su modo son populistas con todos aquellos que se benefician con sus políticas, lo que deberíamos llamar populismo del capital.

1 Si aplicamos la matemática de los conjuntos podemos dibujar el mundo dividido en uno principal de ciudadanos ricos y poderosos y muchos otros secundarios de ciudadanos que van de la estrechez económica a la pobreza. En ese primer conjunto se aferran a sus bordes como garrapatas partes pequeñas de los otros conjuntos del mundo desfavorecido ocupando superficies pobladas por grupos minoritarios con riqueza y poder. También una parte de ese primer conjunto se une a los otros compartiendo pobreza y desigualdades.

2 Siempre existió en el pasado este tipo de relaciones, pero antes había una diferenciación más neta entre las elites de poder de uno y otro conjunto. Hoy confluyen en un mismo espacio de ideas y políticas intercambiables aunque sus recursos no sean iguales en lo tecnológico o lo militar. La música que silban es la misma y las maneras en que se mueven entre esfera y esfera no supone la existencia de ningún pasaporte. Que el peso concentrado de esas riquezas no haya todavía producido movimientos sociales tectónicos es un problema que ni la teoría matemática ni la social pudieron resolver. Exige arrojar como lastre para mantener ese mundo en equilibrio a millones de pobres, lo que ocurría más rápidamente en el siglo pasado con las guerras mundiales.

3 La globalización de los mercados no es sino una “anarquía generalizada”, con características claramente negativas en relación a los cada vez más limitados derechos soberanos. El lugar estratégico lo ocupan las multinacionales, principales actores de la globalización, cuyas características son la fragmentación mundial de los procesos de producción, la supremacía de las finanzas, la deslocalización de los servicios y la constante relocalización de sus actividades productivas. La competencia no se da entre una multitud de oferentes y demandantes, como sostenía la teoría neoclásica, sino que esta monopolizada y regulada por las grandes empresas, tanto por sus precios como por sus capacidades de innovación o especulación. En este sentido no se diferencia demasiado del monopolio de los mercados por el fenecido régimen soviético, de allí la rápida adaptación de los países que estaban sujetos a él a esta suerte de capitalismo.

4 No existe más el juego de la oferta y la demanda donde el consumidor se beneficiaba por la posibilidad de elegir entre los distintos productores los bienes que necesitaba. El único mercado que debe ser libre es el de los capitales, que se mueven de un lugar a otro en función de sus vectores de rentabilidad. Las políticas de oferta rigen las reglas de la globalización y crean un conjunto de normas para el conjunto de la sociedad que obliga a los ciudadanos a actuar conforme a ellas. Son menos sangrientas u opresivas que las de los campos de concentración o Gulags pero más insidiosas y se asemejan a los viejos túneles de la Primera Guerra Mundial donde los soldados no podían salir del sendero que le marcaban sus bunkers a riesgo de ser alcanzados por las balas enemigas. Hoy ese sendero a falta de balas está amenazado por crisis y desequilibrios permanentes.

5 Ese conjunto de reglas o leyes definen no solo logros del proceso de acumulación sino también otra sociedad en el cual la superestructura jurídica global es un elemento clave. Los movimientos de capital no actúan dentro de las fronteras de los Estados ni tienen en cuenta las preferencias o necesidades de los habitantes de uno u otro, ni menos aun los poderes negociadores de los sindicatos u organizaciones sociales. Nada en resumen que pueda afectar los intereses de las grandes empresas. Los países tomados individualmente ya no son más un reservorio de mano de obra a la que los dueños del capital están obligados a recurrir por estar radicados allí. No existe la necesidad de mantener a esos trabajadores potenciales en buenas condiciones económicas, se los puede conseguir en otros lados. También se retrae cualquier compromiso anterior con el Estado de Bienestar, la inversión y el consumo interno. Los bienes públicos, “elementos insustituibles de los privados”, como decía Julio Olivera, dejan de existir y el Estado, según Aldo Ferrer, cumple sus funciones reguladoras al revés destruyendo el empleo y el mercado interno. Por el contrario, se favorece la competencia sin límites y el egoísmo, las divisiones sociales y las desigualdades de ingresos, la completa dependencia de los mercados exteriores. Al mismo tiempo se subestima la política y la democracia representativa deja de tener sentido.

6 Para hacer más complejo el panorama del mundo, éste sigue dividido jurídicamente en Estados que teóricamente (en su mayoría) se rigen por un sistema democrático donde cada uno elige con su voto un gobierno. Antes se necesitaba recurrir a amenazas, intervenciones o guerras para influir desde afuera en los distintos países o lugares que podían dañar sus intereses. Ahora les basta en gran medida con el dominio de los medios de información que utilizan los que manejan el llamado poder mundial tanto en los Estados ricos como en los más pobres. Estos últimos son soberanos sólo de nombre. En este sentido son clave las elites locales. La mayoría de los que los dirigen forman parte de esas elites y están vinculados a compañías o entidades transnacionales directa o indirectamente. La justicia no es más local sino global y asociada a ese dominio.

7 No hay que confundir esta globalización con el libre comercio que resulta perjudicado, no beneficiado, por sus características y extensión, y salvo para los grandes países y sobre todo Estados Unidos por más que se concreten diversos tratados multilaterales como los del Pacífico y los del Atlántico. Predomina el intercambio con precios de transferencia entre las empresas multinacionales y continua el proteccionismo de las grandes potencias en sus sectores más débiles como el agrario. Incluso, puede afectar los sistemas de salud y alimentación de aquellos países que los firman. Por eso la oposición de muchos europeos a un Tratado de libre comercio con Estados Unidos. Además de trastocar las tradiciones o costumbres locales implicaría la utilización de productos transgénicos en los alimentos en una Europa donde están prohibidos. Por otra parte, con esta globalización el poder anteriormente contenido dentro de las fronteras del Estado-Nación se ha evaporado yendo hacia el espacio de los flujos de capital, donde la política es permanentemente condicionada y vaciada de todo contenido democrático, no ha través de golpes de Estado sino de la permanente corrupción que genera el sistema. Todas estas cuestiones exacerban el problema de las identidades nacionales y regionales y los nacionalismos neofascistas. Frente a ese poder omnipotente y la ausencia de una democracia real se levantan procesos de división de países y regiones con el surgimiento de movimientos separatistas entre los Estados-Naciones y en el seno de ellos, como el Brexit. Las guerras y conflictos regionales y nacionales han recrudecido así como los atentados terroristas.

8 Desde el punto de vista de la subjetividad ya no interesa la figura del trabajador como fuerza de trabajo o como consumidor. El neoliberalismo trae consigo una dimensión ideológica empresarial pero no puramente mercantil. Si se parte de la ideología del egoísmo y el superhombre de Ayn Ran, no se puede discutir desde la óptica de la solidaridad con los pobres y el Estado juega, en ese sentido, un rol de total indiferencia o favorece directamente a los que más ganan. El destino personal de cada uno depende de sí mismo. Más aún, la relación de los ciudadanos con su vida es análoga a la relación de cada empresario con su propia empresa. Existe una forma distinta de ciudadanía en la que el individuo está afuera de toda norma jurídica de derechos o deberes, salvo el penal, como el ideal de Von Hayek. De allí el rol creciente en los mecanismos de poder de la justicia castigando por doquier a quienes se oponen al sistema. En una “democracia” no delegable y no representativa, si es que tal cosa puede existir, cada uno es responsable de su propia suerte y el ciudadano es en sí mismo una empresa no una fuerza de trabajo en el sentido que le daban los economistas clásicos; su aptitud y/o competencia es un tipo particular de capital humano y su salario es un ingreso que incluye su rentabilidad como capital. Bajo la teoría clásica eran una fuerza de trabajo equiparable a una mercancía y aun siendo explotados podían discutir sus condiciones de trabajo e ingresos. A Henry Ford le interesaba vender sus autos a su asalariados, su acumulación dependía en parte del consumo de éstos. Ahora se considera al trabajador un empresario sin protección alguna (los verdaderos empresarios si la tienen). Su trabajo se valoriza o desvaloriza a lo largo de su vida y deviene un flujo de capital que va a subsistir sólo en aquellos que todavía están en sistema financiado por los bancos. De allí el rol creciente de la tarjetas de crédito y otros instrumentos financieros. Pan de hoy hambre para mañana.

9 Los políticos, distanciados de los que los votaron, están sujetos a la corrupción de las empresas en los negocios del Estado y son cada vez más reemplazados por empresarios que utilizan el Estado para favorecer sin intermediarios su propios intereses de rentabilidad y competencia, manipulando más fácilmente desde ese poder a las poblaciones en función de sus necesidades. Es un tipo de corrupción “interna” en el cual el Estado se transforma en parte de sus propias empresas. Usan los renovados medios de información a su guisa y paladar y dominan el mundo al estilo del Orwell de 1984. No tienen las formas de un Hitler o un Stalin, pero consiguen sus propósitos dominando la mente de la gente. Goebbels los envidiaría. La información y desinformación es su principal arma y el aparato de Justicia el medio del que disponen para terminar con sus adversarios.

10 Por último, es un capitalismo cada vez más de rapiña, basado no en el consumo productivo sino en la intoxicación de la gente desesperada a través del juego financiero y del narcotráfico, y en la mayor fragilidad y fugacidad de los mismos productos (como en la construcción). Distraen a la gente con grandes espectáculos, llámese fútbol u otros, con lo que se parecen a los emperadores romanos. Tiene en sus manos el dinero mundial. ¿Es un mundo sostenible? Sólo por algún tiempo. El hombre ha sabido escapar de los Goulags y hasta resistir los campos concentración. Esta nueva sociedad no durará más que el tiempo que se tomen los ciudadanos para derrotar una cultura que los ha separado entre ellos para mejor dominarlos. Como dijo Karl Polanyi las sociedades no se suicidan. Son volcanes que parecen apagados, pero la efervescencia corre por dentro hasta que su lava resurge un día con toda la potencia acumulada por las heridas causadas en el torrente sanguíneo del tejido social

 

Hebe

Hebe

Para quienes nos sumergimos en las luchas del pueblo argentino, Hebe de Bonafini es un emblema de una organización que nunca se calló frente a los poderes concentrados de nuestro país y del exterior. La Asociación Madres de Plaza de Mayo fue, desde su gestación en 1977, un símbolo de la lucha por el reconocimiento de los derechos de nuestro pueblo. Demandaban saber que había pasado con sus hijos, pero a la vez, sabían que se los habían llevado porque querían peleaban por una Argentina que incluyera a toda su población. La dictadura cívico-militar que se implantó en el país en 1976 no hubiera tenido la efectividad que tuvo para desarmar las organizaciones libres del pueblo, si el poder judicial en su conjunto hubiera resistido un gobierno de facto. Esta situación permitió visibilizar a la sociedad argentina que el poder judicial no iba a ser fácilmente “la justicia”, sino más bien la injusticia. El tercer poder del estado nunca se limpió, sino que a partir de la llegada de los diferentes gobiernos de la democracia funcionó como una corporación que se mantuvo en el tiempo defendiendo intereses alejados de las demandas de la sociedad argentina. Se fueron amoldando a los distintos tiempos que vivió el país, pero nunca intentaron trastocar el orden injusto de nuestra sociedad porque se acoplaron a corporaciones económico-mediáticas que les permitieron subsistir en el tiempo y evitar que las intentonas de reforma judicial cayeran en sacos rotos. Las Madres de Plaza de Mayo están respondiendo sobre deudas que dejó el titular de Sueños compartidos en lo que era una obra espectacular (la construcción de viviendas en villas y asentamientos en todo el país) que se fue a pique. Las madres optaron por ser el nombre de un programa de construcción de viviendas, porque no sólo querían que se las recordara en un museo, sino ser artífices del cambio de vida de nuestro pueblo. Esa era la idea que fracasó por las personas que se puso a cargo. Pero lo que se quiere hacer con el arresto de Hebe es otra cosa. Y ella mejor que nadie sabe que decirle que no a esta citación judicial no es quebrantar la ley, sino decirle que no a una justicia perversa que ha cajoneado causas históricas sobre el robo a nuestro pueblo una y otra vez. Podríamos enumerar infinidad de causas que no llegan a nada por contar un poder judicial fácilmente corrompible. Hebe se para y dice que no cooperará. Los enfrenta una vez más. No se pudo reformar este poder, pero se le puede poner un freno. Hebe hoy está demostrando eso, y lo hace con un cuerpo de 90 años. Ahí tenemos que acompañarla todos.

Chávez

El nombre de Hugo Chavez empezó a escucharse en Argentina como un milico golpista venezolano que al contrario del carapintada Seineldín había logrado ganar una elección. Se igualaba a todos los militares del continente y el desconocimiento era tan grande que eran lo mismo los levantamientos contra Alfonsín en pos de anular las leyes de obediencia debida y punto final, que el levantamiento en contra de políticas neoliberales que Chavez condujo en 1992. La Argentina estalló a fines de 2001 y nuestra generación vio como al año siguiente se producía un golpe de estado en un país latinoamericano petrolero. Demasiada desinformación sobre la figura del presidente venezolano hacían que muchas organizaciones de la izquierda argentina no tomaran una posición clara en contra del golpe. Ese día muchos nos hicimos chavistas. Un golpe dado por la oligarquía, en donde se ubicaba de presidente a un empresario de principal corporación no podía dejar lugar a dudas. Y ese pueblo venezolano que también empezaba a conocer a quien había elegido salió a defenderse y a exigir que el presidente debía terminar su mandato. Fue el primer golpe que se dio vuelta en la historia en América Latina y quizás de la humanidad. Y lo hizo el pueblo venezolano. Ahí empezó el verdadero baile. Vino a la Argentina en 2003 con la asunción de Nestor Kirchner y después en 2005 en Mar del Plata cuando se animaron varios patriotas que ocupaban las presidencias de nuestros países, a decirle que no en la cara al presidente de la mayor potencia de la humanidad. Y fue la tumba del ALCA, como él dijo, allá en Mar del Plata. Recuerdo que Chávez le regaló un libro de Perón y de San Martín a Hebe de Bonafini, y creo que él tiene mucho mérito en haber hecho reconciliar a las madres y a los hijos de desaparecidos con la historia nacional y con el uniforme militar. Cuando Chavez vino a inaugurar la carrera de historia en la universidad de las madres, recuerdo que no había una bandera argentina, en 2005, y hubo que salir a comprar una (a pedido del embajador de Venezuela que quería que hubiera una bandera venezolana y una argentina). Chávez hizo que en la Argentina de la desaparición forzara se entendiera que ser milico era otra cosa que los tipos que masacraron una generación, hizo que ser militar volviera a tener un sentido heroico.

Al Comandante Chávez seguramente le debamos ser uno de los artífices de la etapa de avances populares en América Latina, uno que permitió volver a transitar los sueños de varias generaciones. Fue quien trajo de nuevo a Simón Bolívar, a  José de San Martín y nos enseñó a todos como entender la historia de América, como pararnos frente a esta vida que nos encuentra en esta región con esta cultura. Recuerdo cuando se plantó en la facultad de Derecho y pese a que el PC había participado de la organización del acto dijo que era un soldado de Perón. Desde ese día hizo que muchos en Argentina entendiéramos y confiáramos como él lo hacía en nuestro Nestor, en que una parte de la juventud volviera a cantar la marcha peronista y a extender los dedos en V. Era uno de esos imprescindibles. Y pasarán los años y lo seguiremos extrañando, pero sabiendo que el camino que dejó vale la pena continuarlo.

 

Algunos mitos que maneja el liberalismo argentino

En estos días se está dando fuerza a uno de los mitos del liberalismo argentino de siglo XX. Ese del granero del mundo. Acá http://www.lapoliticaonline.com/nota/99162-ojala-macri-pueda-hacer-de-argentina-la-gran-nacion-que-fue-hasta-que-entraron-los-peronistas/ Vicente Fox, expresidente de México, echa a rodar todos los lugares comunes con respecto a los movimientos populares latinoamericanos. La Argentina estaba bárbara hasta que llegó el peronismo en un plato volador y la cambió para mal y para siempre, por suerte diosito se llevó a Chavez y ahora hay que hacer que se vaya Maduro y gobierne Leopoldo Lopez (dixit), el levantamiento de Chiapas del 94 fue hecho por criminales (dixit), las escuelas de Ayotzinapa son de formación de guerrilleros (dixit). Brutalidad y bestialidad, necesidad que el mensaje duro llegue a oídos del pueblo. El único destino es dejar de tener ideología para someterse a un mundo pragmático sin valores, donde el triunfo del capital sobre el trabajo y de los Estados Unidos sobre América Latina es un hecho fáctico que sólo hay que reconocer y aceptar.

También lo decía el presidente de la Sociedad Rural en todos los mircófonos que le pusieron adelante, cuando recordaba que nuestro país estaba cerca de ser como Canadá y Australia hasta que Juan Perón divisó la Argentina desde un plato volador y se decidió a intervenir.

La creencia de la Argentina próspera y lo que pudo haber sido, si no aparecía el monstruo de Perón, tenemos que decirlo es simplemente un mito. Por varias razones. La primera es quienes chocaron el país a partir de que el mundo había cambiado y la potencia colonial inglesa ya no pagaba por nuestros productos lo que otrora fue la clase dominante argentina. No está de más recordar el pacto del hijito de Roca con un sr. apellidado Runciman. La crisis del 30 golpeó tan fuerte que los liberales argentinos pensaron por primera vez en su vida en industrializar un poco el país como para que la rueda no dejara de girar. Eso fue el famoso plan Pinedo de los 30. Una idea que buscaba atravesar la tormenta de la crisis aplicando algunas políticas keynesianas. Porque la industrialización que empezaron los liberales la hacía el Estado argentino. Ellos para no mancharse con la mugre de un estado intervencionista hablaban de algo transitorio, en cuanto todo se acomodara nuevamente se terminaba esa anomalía y volveríamos a importar todo lo que no produjéramos. Pero como el plan no funcionó y la crisis social se hizo cada vez más grande, apareció el plato volador peronista que vino atravesando nubes. Los liberales permitireron que se creara el peronismo cuando no pudieron dar respuestas a las demandas de la sociedad y lo único que se les ocurrió fue reprimir y aislar.

Canadá y Australia para esta época también comenzaron con políticas industrialistas y de defensa de sus productos exportables. Algo que a diferencia de nuestro país, no interrumpieron y les permitió salir del cuello de botella que generan las reducciones de los precios de nuestros productos en los mercados internacionales. Eso por supuesto que no lo cuentan, nadie se va a poner a estudiar la historia de Canadá y Australia, se da por bueno que fueron liberales toda la vida, que no hubo ningún Perón y que tienen sociedades maravillosas. Pero, dejenme decir, este es otro mito. Estudiando dos minutos esas dos sociedades se verifica que la presencia estatal tiene una importancia clave para el desarrollo. No se dejó librado al mercado nada que pudiera salir mal, incluso tuvieron instituciones parecidas a nuestro IAPI que compraban la producción agrícola y la vendían al exterior. Además de partir de una distribución de la tierra mucho más ampliada que la tuvimos nosotros.

Muchos mitos existen acá, muchas sombras te seguirán cantaban Las Pelotas y parece que ahora vuelven a ver la luz

 

La cuestión Antártida y el revisionismo

Me llega la revista nro 2 del Pepe Rosa en donde aparece un artículo con la historia del territorio antártico argentino escrita por un general del ejército argentino. Siempre es grato leer a milicos argentinos que citan a Jauretche y reivindican a Perón. Y en este caso me parecía importante para el momento de discusión de la soberanía que se vive en el país introducir esta temática acá.

 

Antártida y Plataforma Continental

Por General Fabián Brown

Fronteras de la Argentina bicontinental

La discusión epistemológica que atraviesa nuestra historia sobre la construcción de la nación, tiene en su geografía uno de los aspectos controversiales fundamentales. Para algunos, la “extensión” era un problema y la causa primera de la “barbarie” que distinguía al gaucho, el arquetipo rioplatense de un hombre libre que habitaba las zonas rurales, estigmatizado de “vago y mal entretenido” para legitimar la persecución que narra el Martín Fierro. Cuándo Arturo Jauretche1 definió las bases de un pensamiento nacional, sostuvo que la historia, el pueblo y el espacio eran los factores fundamentales sobre los que se asentaba el desarrollo de una identidad originaria en la conformación de una nacionalidad. Don Arturo va a profundizar el análisis sobre la perspectiva espacial de un país, a partir de la definición de dos categorías: la profundidad y la extensión. Por profundidad va a entender un proceso de progreso acelerado sobre una parte de un territorio asimétrico y desarticulado en el que se definen fronteras interiores, mientras que la extensión, es una concepción de proyección territorial más allá de las fronteras exteriores. En Buenos Aires confluyeron los intereses de un modelo político centralista, heredado del iluminismo borbónico y los del librecambio económico asociado al interés británico que hicieron del puerto, una capital disociada de las provincias interiores que generó profundas asimetrías regionales impidiendo un desarrollo armónico y articulado del país. La Argentina era demasiado extensa y la desaprensión territorial fue recurrente en el ideario portuario; Rivadavia rechazó integrar las provincias del Alto Perú que declararon la independencia, la secesión mitrista del Estado de Buenos Aires de 1852 y los fundamentos de Sarmiento sobre sobre la escasa valía del Atlántico Sur y la Patagonia. Para el pensamiento nacional, el concepto de proyección más allá de nuestras fronteras, refiere a dos mandatos históricos: la integración suramericana y los derechos sobre las islas y mares del Atlántico Sur y el Sector Antártico Argentino que constituye el ámbito apropiado para comprender el significado real de la usurpación británica de las Islas Malvinas. Resulta esencial no confundir e identificar claramente la naturaleza de los problemas que hacen nuestro futuro como nación. La cuestión Malvinas, la cuestión Antártida y los derechos sobre las islas y los mares del Atlántico Sur son parte de un mismo diferendo territorial que la Argentina mantiene con Gran Bretaña, un conflicto que no se circunscribe a las Islas Malvinas, sino que se proyecta hasta el Polo Sur, abarcando millones de kilómetros, siendo la disputa territorial más importante del mundo por su extensión, planteada ante los organismos internacionales y que, además, se encuentra institucionalizada en la reforma de la Constitución de 1994. Cuando en la primera mitad del siglo XX, más precisamente en el período entre guerras, se desarrolla una construcción intelectual para pensar el país desde sus propios intereses y se logra plasmar esta idea en un proyecto político, que expresó plenamente la Constitución de 1949, el principio rector que orientó todo el funcionamiento del Estado fue el de una patria “justa, libre y soberana” sustentada en valores sociales solidarios que sólo podían concretarse en el marco de un pueblo dueño de sus propios recursos y de una articulación territorial que integrara al país en una construcción social armónica, superando asimetrías regionales.

Este Proyecto Nacional, definió efectivamente su propia concepción espacial sobre la base del criterio de “extensión” que nos refiere Jauretche al establecer el Sector Antártico Argentino en un documento que dio a conocer al mundo en 1946, fijando nuestros antecedentes, derechos y pretensiones territoriales en la Antártida y, ese mismo año, el Presidente Perón también formalizó los derechos soberanos sobre la Plataforma Continental. Sobre estas dos cuestiones, Antártida y Plataforma Continental intentaremos aportar una visión en temas que no tienen la difusión que debiera, dada la dimensión de los intereses que están en juego.

La Antártida

La decisión del Estado argentino de mantener una presencia permanente en el continente antártico fue tomada en un contexto internacional complejo, del que la historiografía académica guarda un extraño silencio. Desde 1943, Gran Bretaña venía desarrollando la operación militar “Tabarin”, en la que destruyeron, sistemáticamente, testimonios de presencia chilena y argentina en la Antártida. En 1947, Estados Unidos envió una flota con más de 5.000 efectivos, conocida como la operación “Highjump”, que constituye hasta la hoy, la mayor proyección de fuerzas militares en esa región. En este contexto, Chile y Argentina adoptaron decisiones trascendentes, firmando, el 04 de marzo 1948, un acuerdo en la protección y la defensa de los derechos legales de la Antártida territorial frente a las pretensiones extra-regionales, postergando cualquier discusión entre ambos para después de solucionar la disputa principal. Entre los puntos de este acuerdo, se destaca: “…Hasta tanto se pacte, mediante acuerdos amistosos, la línea de común vecindad en los territorios antárticos de Chile y la República Argentina, declaran:

1) Que ambos Gobiernos actuarán de común acuerdo en la protección y defensa jurídica de sus derechos en la Antártida Sudamericana, comprendida entre los meridianos 25° y 90°, de longitud oeste de Greenwich, en cuyos territorios se reconocen Chile y la República Argentina indiscutibles derechos de soberanía.

2) Que están de acuerdo en continuar su acción administrativa, de exploración, vigilancia y fomento en la región de frontera no definida de sus respectivas zonas antárticas, dentro de un espíritu de cooperación recíproca.

3) Que a la mayor brevedad, y, en todo caso, en el curso del presente año, proseguirán las negociaciones hasta llegar a la concertación de un tratado chileno-argentino de demarcación de límites en la Antártida Sudamericana…”2. La Argentina estaba madurando una decisión estratégica de aquellas que cambian la historia: finalizar con la etapa de exploración para pasar a la ocupación efectiva, que se concretó con la fundación de la base San Martín por parte del coronel Hernán Pujato, en febrero de 1951, a la que siguieron las bases Esperanza y Belgrano. Al mismo tiempo, se creó el Instituto Antártico Argentino (17 abril de 1951), mostrando el sentido universal de contribución al conocimiento científico del emprendimiento argentino. El 21 mayo de 1952, el Presidente Perón pronunció un discurso en el que expuso claramente, el argumento del interés argentino en la Antártida: “En la Antártida Argentina, que durante los últimos cien años solamente había sido visitada por nuestros marinos de guerra, que instalaron las primeras Bases sobre las distintas islas en que hoy se afirma la soberanía de la Nación, no habíamos pasado, sobre la parte continental, de algunos desembarcos y expediciones momentáneas y transitorias. Hemos querido que sobre esas tierras comenzasen actividades argentinas que nos diesen, con la familiaridad de su permanente ocupación, una impresión y una situación de vida argentina en territorio argentino. Sobre estas tierras nadie tiene derechos, en buena fe, sino solamente los chilenos y argentinos. Pero desgraciadamente, no es la buena fe la que rige la vida de los hombres en la tierra y hasta que esta buena fe no llegue, los derechos nos serán siempre quizás discutidos por aquellos que pretenden lo que no deben ni pudieron pretender en derecho ni en justicia. Estos esfuerzos tuvieron que enfrentar represalias por parte de los ingleses que, a los incidentes de la década anterior sumaron, en 1953, el desembarco en la caleta Balleneros (isla Decepción), de royal marines que detuvieron a un sargento y un cabo de la Armada Argentina. Este refugio y uno chileno fueron destruidos y los marinos apresados fueron entregados a un barco en las islas Georgias del Sur. También entre 1955/56, la expedición británica Fuchs desembarcó cerca de la recientemente creada base Belgrano y realizó exploraciones similares a la de Pujato renombrando toponimia ya reconocida por la Argentina. En los acuerdos firmados, en 1953, entre Chile y Argentina, la cuestión antártica estuvo presente. A a su vez, la competencia entre Estados Unidos y Gran Bretaña más la fuerte presencia de la Unión Soviética en el continente blanco crearon las condiciones para postergar por tiempo indefinido, la discusión sobre la soberanía mediante la firma del Tratado Antártico de 1959.

La Plataforma Continental

La cuestión de la Plataforma Continental3 tendrá su propia lógica y, el pasado 11 de marzo de 2016, la Convención del Derecho del Mar de Naciones Unidas, avaló el trabajo realizado por la Argentina, a través de la Comisión de Límite Exterior de la Plataforma Continental (COPLA), para extender la frontera marítima del país de la milla 200 a la 350. El trabajo desarrollado por COPLA, durante casi veinte años, atravesó varios gobiernos y no pocas turbulencias institucionales, volviendo a demostrar que, cuando se trabaja de manera integrada en pos de un alto objetivo de la política nacional, tal como sucede con la Antártida o la energía nuclear, los argentinos somos capaces de obtener importantes logros. Conviene hacer un poco de historia para resaltar la trascendencia de la resolución de las Naciones Unidas que, aunque sea minimizada por Gran Bretaña y, por el silencio de muchos en el País, constituye un significativo avance en nuestra lucha por los derechos en los espacios en disputa en el Atlántico Sur. En 1916, el Almirante Storni, en su conocida conferencia sobre “Los intereses argentinos en el mar”, reivindicaba los derechos del país sobre su plataforma continental y los recursos naturales del lecho y subsuelo marino. En 1945, el presidente Truman de los Estados Unidos, declaró que “…considera los recursos naturales del subsuelo y del fondo del mar de la plataforma continental por debajo de la alta mar próxima a las costas de Estados Unidos, como pertenecientes a éste y sometidos a su jurisdicción y control… “ y como ya se expresara apenas unos meses después, el Presidente Perón reclamó la soberanía, como país ribereño, del mar epicontinental y el zócalo marino. Con la creación de la Naciones Unidas, la legislación internacional sobre derecho del mar dio pasos importantes. La Convención realizada en Ginebra, en 1958 estableció los criterios de mar territorial y zona contigua que fueron consagrados en nuestro país por la Ley Nº 17.094 de diciembre de 1966, que definió como límite de la Plataforma Continental hasta una profundidad de 200 metros. En 1991, se dictó la ley N° 23.968 que estableció el límite exterior de la Plataforma hasta el “borde exterior del margen continental” o hasta las 200 millas, según el criterio que había adoptado la recientemente creada CONVEMAR en el ámbito de la ONU. En 1995, el régimen establecido por la CONVEMAR para Plataforma Continental entró en vigencia, estableciendo procedimientos técnicos precisos a aportar por el país ribereño para sustentar el alcance del borde exterior continental, más allá de las 200 millas. Para llevar adelante este proceso, la CONVEMAR creó la Comisión de Límite de la plataforma Continental (CLPC) y se dispuso de un plazo de diez años, a partir de 1999, para que los países interesados en fijar el borde exterior la plataforma submarina presentaran sus avales. Respecto a los criterios fijados para establecer el límite exterior del borde continental, no es intención someter al lector a la comprensión de un complejo procedimiento técnico, sólo se describirá en grande su espíritu por el cual, cada país ribereño puede optar o complementar dos fórmulas, de acuerdo a su conveniencia, una vez fijado el “Pie del talud de la plataforma continental”: definir una línea de puntos sobre sedimentos rocosos cuya distancia se encuentra en relación a una determinada densidad de los mismos o bien fijar 60 millas a partir del mencionado Pie (ver gráfico 1). También la CONVEMAR fija una restricción que la distancia alcanzada no puede superar las 350 millas. Para realizar este trabajo, se creó, mediante Ley Nª 24.815 (26/5/1997), la Comisión Nacional del Límite Exterior de la Plataforma Continental (COPLA), conformada por la Cancillería y los Ministerios de Defensa y Economía pero que, además, contó con la participación de universidades, el CONICET, la Dirección Nacional del Antártico y otros organismos públicos especializados en geología y geodesia. COPLA diferenció, de Norte a Sur, cuatro ámbitos geotectónicos para la realización de la determinación del límite del borde exterior (ver gráfico 2), uno que abarca desde el Río de la Plata hasta el Norte de las Islas Malvinas (Paralelos 37 a 46 LS), un segundo espacio desde el Escarpe de Malvinas hasta el Norte del Banco Ewing, un margen convergente que asocia Tierra del Fuego hasta las Georgias del Sur y el Sector Antártico Argentino. Para el primer ámbito, en el que se aplicó el criterio sedimentario volcánico, seleccionándose 16 puntos desde el Pie del Talud. Este trabajo se realizó desde finales del 2001, a cargo de empresa que ganó una licitación internacional. Los otros ámbitos fueron efectuados por equipos que integraron a científicos con la Armada Argentina aplicándose una combinación de los criterios, según la conveniencia para el país. El Buque Puerto Deseado fue equipado con tecnología de última generación y fue el lugar de trabajo conjunto, donde luego de meses de navegación, se desarrolló la tarea que permitió conocer palmo a palmo el espacio marítimo, su lecho y su subsuelo en más de 1.782.000 km2 de plataforma continental, fijando más de 6.000 puntos de coordenadas geográficas, que amplían derechos en un área de más de 6.000.000 km2. Este trabajo presentado ante la CLPC, el 21 de abril de 2009, la cual estudio la propuesta argentina, ponderando la seriedad del trabajo realizado y reconoció, el 11 de marzo pasado, la milla 350 como el nuevo límite del país, lo cual proporciona bases sólidas para la afirmación de nuestros derechos soberanos en espacios marinos de reconocida importancia en recursos naturales.

Epílogo

La cartografía lleva implícita una intencionalidad, una interpretación del mundo que define relaciones de dominación, de acuerdo a las escalas que se adopten. Un ejemplo es el planisferio centrado en Europa que durante décadas fueron impuestos en nuestro sistema educativo o que el Meridiano 0, por convención, lleve el nombre de Greenwich y pase por Gran Bretaña. Cuando en el año 2010, se dicta la Ley 26.651 que establece como mapa oficial una representación cartográfica bicontinental, se produjeron reacciones desde afuera y desde adentro del país porque se afectan intereses y, en esta disputa territorial están en juego incalculables recursos naturales que no deberían fluir hacia los países centrales como sucedió en los siglos precedentes, sino que estas riquezas deberían ser parte del sustento del desarrollo humano argentino y suramericano. La cuestión antártica y la Plataforma Continental dan mayor luz al verdadero conflicto que representa Malvinas. Sólo para tener una idea del alcance del diferendo se puede mencionar que un cuarto del petróleo mundial se extrae desde el mar mediante plataformas Off Shore, habiéndose anunciado el comienzo de la explotación en cercanías de Malvinas para el próximo 2017, como también que el año 2012 fue record de pesca del calamar con patentes inglesas.

El mar argentino tiene todo menos argentinos. Nunca tuvimos una industria pesquera importante y mucho menos una flota, se desguasó la flota mercante y la Armada sufre décadas de desinversión. En definitiva, se nos reconocen derechos pero no se los avala con presencia en un inmenso espacio lleno de recursos. Energía, minerales, recursos marinos incalculables no se los explotan, pareciera que la generación de riqueza argentina se limitara a la región pampeana, tal como fuera diseñado por el modelo centralista y portuario, una Argentina de espalda al interior y al mar. El trabajo de COPLA y el que desarrollan científicos y militares desde hace décadas en la Antártida demuestra que, con voluntad e inteligencia, se pueden realizar grandes y exitosas empresas. Hoy, se conoce más el litoral marítimo y conocer es querer y poder empezar a construir en el Atlántico Sur el estilo de vida argentino que lo incorpore plenamente a la nación.

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Un bicentenario para reflexionar

Otra vez vuelven las sirenas que nos dicen que la Argentina del Centenario era mejor que Canadá y Australia y que todos los males vienen por el peronismo que pareciera que nació de un repollo. Ante esos dichos hay que releer las historias de los países como Canadá y Australia y ver el lugar primordial que tuvo la industrialización en sus sociedades. Pero cualquiera puede decir cualquier cosa, en este caso el presidente de la sociedad rural que añora el otrora granero del mundo. Dejamos esta nota de Rapaport para seguir debatiendo el sentido y la dirección que está tomando la Argentina.

Por otro 9 de julio

Por Mario Rapoport *

Recuerdo aquí hechos que hace unos años traté de revivir, en un país cuya memoria parece para algunos más resbaladiza que un palo enjabonado. Pocos antes de la crisis del 2001, participé en un diario matutino en una polémica sobre el día de la independencia que quiero rememorar, mencionando sólo las ideas expresadas en ella, no sus interlocutores porque las creo en plena vigencia y lo que vale son los conceptos que se expusieron. Ante todo, los participantes buscaban comparar el 25 de mayo con el 9 de julio y había quienes afirmaban que el primero había sido un fenómeno revolucionario y el segundo un hecho más conservador. Lo que se discutía era que el 25 de mayo no significaba sólo la caída del rey de España, aunque se obraba bajo su fachada, sino también cubrir un vacío político poniendo en vigencia la soberanía popular como base de poder, ya experimentada en las invasiones inglesas, mientras que el 9 de julio constituía un intento de control por parte de varias fuerzas provinciales centrípetas que planteaban sus propios proyectos, en especial Artigas en la Banda Oriental, el más avanzado de nuestros próceres, que es necesario ubicar definitivamente en nuestra historiografía respetando la uruguaya. Pero este tipo de análisis disminuye el valor de la guerra de la independencia, así como también el hecho de que la exigencia de desvincularnos definitivamente de España vino del propio San Martín y de los temores que suponía la Santa Alianza y los procesos de restauración europeos.

Dicho de otro modo, la proclamación de la autonomía política frente al mundo no tenía que ver con la sangre que entonces se estaba derramando en las guerras de la independencia con ese propósito, sino que provenía de un cálculo político interno.

Por otra parte, se afirmaba que San Martín no tenía un pensamiento progresista y por eso defendía como forma de gobierno la monarquía, cuando lo progresista en él era la idea misma de esa independencia, que no estaba resuelta todavía en los campos de batalla y era boicoteada por muchos en Buenos Aires que le negaban su ayuda. Cuando se comparaban los propósitos de San Martín con los de Alvear, bien llamado por “carrerista de la revolución”, se señaló que la opción de aquellos que en aquel momento planteaban como fundamental no tanto la independencia sino la alianza con Inglaterra –algo que Belgrano llamaba “cambiar amo viejo por amo nuevo”– era progresista. Recordé entonces que el empréstito Baring de 1824 con los ingleses, constituyó el comienzo de una relación subordinada que nació muy temprano en Argentina y llegó para quedarse. Y hubo quien me respondió, hoy parecería una afirmación sorprendente, que era un desarrollo progresista vincularse al mercado financiero internacional. En el caso de aquel empréstito, y de la mayoría de los que vinieron después, eso no resultó cierto, sino que significó, como lo reconocen la casi totalidad de los historiadores argentinos y extranjeros, una verdadera estafa para el país, porque no dejó beneficio alguno y dio comienzo de un largo proceso de endeudamiento externo.

En la polémica se sostuvo también una idea peregrina: que la Argentina se enriqueció a pesar del endeudamiento y las relaciones desiguales. Y yo señalaba, por el contrario, cuánto más hubiéramos progresado si se adoptaba al igual que otros países de desarrollo similar (Canadá, Australia) caminos distintos como el de la industrialización y el de un mejor reparto de las tierras (incluyendo a numerosos inmigrantes) que no se hizo, quedando éstas en manos de una pequeña elite que se apropió del poder político y sostuvo por mucho tiempo un modelo exclusivamente agroexportador.

La polémica terminaba con la misma crisis que ya acechaba al país y allí planteamos una crítica al proceso de privatizaciones, sobre todo de Aerolíneas Argentinas, ya en bancarrota, y de YPF, que representaba un recurso estratégico fundamental como lo notamos hoy. Pero aquellas ideas en torno a la independencia del país que se discutieron entonces, premonitorias de la crisis que unos meses después vivimos, formaban parte de una cultura histórica donde lo que prevaleció fue la subestimación de todo interés nacional o, más directamente, la cultura de vivir dependiendo de otros o sometiéndose a factores o condiciones externas.

Un documento secreto del Foreign Office de los años cuarenta decía sin tapujos que “las clases dirigentes argentinas se creían una parte integral de la economía europea” (F.O. 6-2-1942). Hecho que se reflejaba en aquella época en la famosa frase del vicepresidente Julio A. Roca (h), quien llegó a sostener durante la firma del Pacto Roca–Runciman que “la Argentina desde un punto de vista económico debía considerarse parte del imperio británico”.

Pero fue en la década de 1990 que los planteos de subordinación financiera y monetaria alcanzaron su máxima expresión con la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central y, más tarde, durante la crisis de 2001 con las propuestas de dolarización de la economía y de su manejo por parte de expertos “externos”. En 2002, un historiador argentino desarrolló, en un congreso internacional de historia económica que se hizo en el país, una idea pergeñada por dos economistas del MIT, institución académica estadounidense: la que para salir de la crisis la Argentina debía abandonar su soberanía financiera y económica por unos años. Aquellos economistas afirmaban “que no se renunciaba a la identidad y el orgullo nacional al aceptar que unos cuantos extranjeros” conduzcan la política económica. Para tal fin inventaron la variante de la “credibilidad importada”. Si Argentina quería tener acceso al crédito internacional y a una política monetaria sólida –decían– hay que traer un banquero central internacional reconocido para que conduzca la economía con un juego de normas estrictas. No es extraño esa larga historia que padecimos por una moneda que no emitimos y constituye un elemento de presunto ahorro o fuga de capitales que deteriora nuestra economía.

Debemos recordar que los que impusieron por primera vez el control de cambios en la Argentina, que duró más de diez años, fueron los gobiernos conservadores de los años 30 para hacer frente a la crisis mundial de entonces, aunque con una salvedad. Como decía en mayo de 1939, en una carta al editor del Times de Londres, J.A. Dodero, presidente de la Cámara de Comercio Argentino en Gran Bretaña, “en una época en que se reducen drásticamente los permisos de cambio para importaciones provenientes de muchos países, las mercaderías inglesas entran con un tipo preferencial de cambio”. Lo que estaba justificado –a su juicio– para que las firmas británicas puedan aprovechar en su totalidad las oportunidades excepcionales que por razones tanto “sentimentales como económicas, los espera en el mercado sudamericano más importante para Gran Bretaña, la Argentina”. Creo que ahora entendemos mejor las resistencias que tuvieron en su época, donde estas concepciones ya existían, San Martín y otros próceres para lograr el 9 de julio de 1816 la proclamación de la independencia del país.

* Profesor emérito de la Universidad de Buenos Aires.

Autocrítica de un historiador del Dorrego

TIEMPOS DE AUTOCRÍTICA 

Fur quod omnes eius habitus  sunt* 

Yo no lo conocía- Dios me perdone- al Pavo Real.  Lo había visto, sin duda, hablar por televisión, y me parecía un buen entrevistador. En aquellos jóvenes tiempos, solía permitir que el entrevistado expusiera sus ideas. Más adelante tomaría la costumbre de monopolizar el uso de la palabra, impidiendo que el espectador se enterara de lo que el interpelado pensaba. No había leído sus libros. Volcado al estudio de la Historia de nuestro siglo XX, no prestaba mayor atención a las publicaciones de períodos anteriores. Eso me acusó algún malestar con un alumno que me preguntó mi opinión sobre los recientes éxitos de Felipe Pigna y sus Mitos. Convertidos en el best seller del momento, no había leído los libros de Felipe –lo que me convertía en una especie de bicho raro- , por lo que me limité a contestar con el chiste tonto de que jamás criticaría a Pigna porque mi interlocutor se daría cuenta fácilmente que lo hacía porque vende muchos más libros que yo.  Desde distintas cuevas del revisionismo histórico nos habíamos ido juntando grupos, entre los que algunos con más audacia, otros con modestia, nos llamábamos historiadores. Todos habíamos volcado nuestro compromiso con la memoria nacional para ponerlo al servicio de la inesperada transformación que sufría nuestra patria en esos doce años ganados, para nosotros, perdidos para nuestros habituales contradictores. Fue la aparición del polígrafo: médico psiquiatra, novelista, dramaturgo, político y, más recientemente, historiador. Era el contacto ideal, por su condición de figura mediática, conocida y, aún, respetada, para llevar a cabo el proyecto de construir un instituto histórico que, inspirado en nuestros maestros revisionistas, recogiera la vieja bandera de la visión nacional y popular de la historia, para hacer nuestro aporte desde nuestro campo en la tarea de recuperación de la Argentina, que casi había llegado a desaparecer en 2001. Era él quien facilitaría los contactos necesarios. Él había dicho en alguna conversación informal que no quería ser el presidente de la nueva institución. Mucho no le creímos, pero no era importante. Fue él quien gestionó la primera entrevista con la presidenta de la Nación. Fue él quien le pidió la creación del nuevo instituto. Él y Cristina imaginaron el nombre del mártir de Navarro para denominarlo. La aparición del Dorrego se anticipó de alguna manera al actual Pontífice argentino: Hizo lío. La autodenominada Tribuna de doctrina  –el diarito de Mitre, lo llamaban los alsinistas- se apresuró a denunciar que “El mundo académico argentino acaba de ingresar en una fuerte polémica sobre el nuevo relato histórico que se propone instaurar el kirchnerismo. Por medio del decreto 1880/2011, firmado por la presidenta hace diez días, el gobierno creó el Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego, que se propone reescribir la historia argentina a través de algunos de los grandes personajes del pasado.” Para La Nación “se ignora aún si el objetivo real no será incorporar estos nuevos relatos históricos en los programas de las escuelas secundarias. Y alertan, en consecuencia, sobre la posibilidad de que esta operación impulsada por la Casa Rosada tenga como meta la instauración de un ‘pensamiento único’ del pasado.”

Sin embargo, y a pesar de lo mucho que el Instituto Dorrego produjo durante su corta vida, esta fue tal  vez demasiado corta o sus integrantes, aunque no meros “historiadores silvestres”, no tuvimos en ese tiempo la capacidad necesaria para cumplir plenamente con los objetivos. Tal vez han sido muchas décadas de clandestinidad intelectual ante la Religión Historiográfica Establecida, que facilitaron los errores y las carencias. Que llevaron a quien fuera el principal impulsor de la iniciativa, a sugerir la disolución del Instituto. Y a quien ocupara importantes funciones, por méritos heredados de su padre, a mezclar al Dorrego con sus internas políticas personales.

 

Y aquí la autocrítica hoy, que proliferan quienes las demandan por doquier dentro del movimiento nacional.

 

He sido honrado con la designación de vocal de la Comisión Directiva del Instituto Dorrego por decreto de la presidenta de la Nación. Eso debió suponer un compromiso de actividad interna que no omitiera las críticas a la gestión de quienes ocupaban los cargos más altos.

 

Uno tiene algún camino recorrido en el campo de la Historia. Y también pude conocer la vanidad de quien no vaciló en adornar la entrada de la librería del Instituto con un cartel que presentaba su rostro escoltado por los de Pepe Rosa y el Colorado Ramos. Y, como nos permitieron formar un equipo de trabajo dedicado a estudiar, clasificar y divulgar el pensamiento de quienes habían sido nuestros maestros en la corriente más popular del revisionismo: el mismo Pepe, Fermín Chávez, Osvaldo Guglielmino, optamos por concentrarnos en nuestra labor, dejando a otros la figuración que tanto bien les hacía.

 

Es cierto que no faltaron los chisporroteos, como cuando consideramos necesario recordar que José María Rosa y Félix Luna eran abogados, que Jorge Abelardo Ramos carecía de título y que Fermín Chávez no había ido más allá del noviciado dominico, sin ser por ello meros historiadores silvestres, como se solía decir en reuniones internas de prolíficos autores como Araceli Bellota o Hugo Chumbita.

 

Pero dejamos hacer. Aún cuando escuchamos pasivamente que el Instituto Dorrego debía trascender al actual gobierno, para instalarse por los siglos de los siglos.

 

Y por todo eso, nos sentimos mal. ¡No por lo que hicimos mejor o peor en el ámbito del Instituto que tiene las glorias de haber sido creado por Cristina y haber sido derogado por Macri! Por lo que dejamos hacer, hablar, por no oponernos al afán de figuración de quien hoy exige a la presidenta pedir disculpas como un gesto de dignidad. A quien dice haber dado un portazo al retirarse del Instituto que él mismo presidía, porque había lacras. Porque formaba parte de un gobierno que estamos hablando de expedientes con la firma presidencial (y con la del propio denunciante). Esto fue un plan orquestado y protegido desde la Casa Rosada.

 

Amable lector, he escrito estas palabras con vergüenza por mi desidia, por haber dejado hacer a quien tiene además pecados veniales –a mi juicio- como aquel que llevó a un transeúnte que caminaba por la calle Balcarce, una mañana que salíamos de la Casa Rosada a gritarle: Pacho ¿Desde cuándo dejaste de ser menemista?

 

Enrique Manson

Junio de 2016

 

 

*El ladrón cree que todos son de su condición (dicho popular iberoamericano)