Caceroleros

Recuerdo el 2008 cuando se produjo el intento de golpe de Estado entre la Mesa de Enlace, los medios de comunicación masivos, los partidos de la oposición de derecha e izquierda, la clase media-alta porteña, un sector del sindicalismo y Cobos. En ese momento el intento de terminar un gobierno, o por lo menos limitarlo por toda su gestión, fueron resistido por una parte de la militancia kirchnerista que en las calles se dice, evitó que se llenara la plaza de mayo y que esa protesta cobrara un cariz superior.

Los cacerolazos que se produjeron la semana anterior y esta tienen otro significado, y el gobierno, al impedir que la militancia fuera a confrontar en la calle, entendió que algo había cambiado, no estamos en 2001 ni tampoco en 2008.

En la historia argentina los sectores medios y altos no necesitaron salir de sus casas para imponer su modelo de vida porque sus representantes (militares, iglesia, sectores patronales del campo y embajada de EEUU) lo hacían generalmente por ellos. Hoy aparece un vacío de representación de estos sectores que gritan, le pegan a los periodistas de medios con miradas cercanas al gobierno, se disfrazan con dólares pegados, y la tienen a Cecilia pando adentro y no les da vergüenza. Estos grupos que no saben muy bien a quien seguir, porque los líderes inventados que les presentaron desde 2004 ( ni Blumberg, ni Duhalde, ni Cobos, ni Macri) para acá no tuvieron mucha eficacia en representar el odio de un sector que quizás hasta no pierda privilegios económicas, pero si ve que comienza a haber perdida de exclusividad de privilegios culturales que ellos se pensaban que eran los únicos con derecho a acceder. Durante la revolución cultural que desató el peronismo en el gobierno los sectores acomodados de la sociedad, algunso pese a ser beneficiados por una política de desarrollo nacional, querían echar a esos tipos que permitían que los hijos de los laburantes accedieran a la universidad, y que las doñas de barrio pudieran ir a tomarse una gaseosa a una confitería mientras esperaban para ir al teatro o a escuchar música. Hoy en las universidades nacionales creadas por el kirchnerismo existe un porcentaje altísimo de concurrencia de primeros universitarios de familias que sólo miraban el desarrollo del país con la ñata contra el vidrio. Eso en algún lado termina golpeando el ego de un sector que demuestra ignorancia, violencia y odio pero que existe y existió desde que se construyó la identidad del porteño en el siglo XIX en confrontación con sus fronteras internas y en diálogo con los que estaban del otro lado del Atlántico. Una identidad que buscó, como decía Rodolfo Kusch, limpiarse su condición de argentinos y latinoamericanos todos los días a fuerza del uso de la virulana cultural que es el consumo de los productos que los puedan acercar a una imagen del mundo más parecida a lo que creen que pasa en Europa con los sectores dominantes.

Cuando esta gente se manifiesta, como antes lo hacían en la plaza San Martín para repudiar la “memoria incompleta” del gobierno pidiendo por la libertad de los genocidas, no debemos salir a contar cuantos son, porque su potencia no se encuentra en el número, sino en creerse que son vanguardias de unos valores que creen han existido siempre. No se van a preguntar nunca en la vida como era el barrio en el que viven antes de tener gas, luz, agua, para ellos eso es un dato que viene con ser de la clase que son. Y si esos servicios faltan todavía en muchos lugares del país, a poquitos km de la Capital incluso, es porque algo deben haber hecho mal quienes les falta, además de portar un color de piel que seguramente desacelera las posibilidades de conseguir lo que se necesita.

Para los que entendemos que este proceso abierto en el 2003 vino a transformar la Argentina hacia una sociedad que pueda contener a todos sus habitantes al mismo tiempo en que se desarrolla, estos grupos no tienen por qué preocuparnos, dejemos que se manifiesten y expresen su odio, es lo más normal que puede ocurrir cuando estamos viviendo una transformación cultural que los toca de cerca. Ellos sólo quieren status quo, que todo vuelva a la normalidad, que se termine este estado de excepción que pone la plata en lugares a los que ellos no conocen ni tienen intenciones de conocer, como el partido de Moreno, José C Paz, o Jujuy. Pensemos que nuestro gobierno logra hacer salir en un día de un frío importante a estos tipos a expresar su desconcierto, y que ese salir los termina obligando a darse cuenta (además de que muchos conocen la Avenida Rivadavia por primera vez, algunos hasta conocen la Avenida Córdoba) que para hacer política van a tener que construir una representación y convencer al resto del país de que eso es lo que conviene a la Argentina. Aunque nos de bronca que pisen los pañuelos de las madres en la Plaza, debemos dejarlos llegar y que protesten. Solamente para que entiendan que ahora son la vanguardia de una clase conservadora, egoista que no tiene proyecto en el mundo que pueda ser presidenciable en la Argentina, pero que añora los tiempos del respeto a los apellidos. Nada mejor que obligarlos a tomar frío y a tener que demostrarle a todo el país porque tienen razón.

Por eso, más allá de errores tácticos del gobierno, esto indica que el camino que se emprendió es irreversible, la batalla cultural sigue su marcha y no para en su camino de sacar las caretas de una sociedad que creyó que su estilo de vida a costa de un pueblo iba a durar para siempre.

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