Otro paso histórico: las trabajadoras domésticas tienen los mismos derechos que todos

En el año 1956 la dictadura, que había derrocado a través de un golpe de Estado al gobierno peronista elegido por la amplia mayoría de los argentinos, normativizó la explotación que sufrían las trabajadoras domésticas que mayormente trabajaban en casas de familias de clase alta y media alta. Ese decreto que mantenía a este sector social ajeno a los derechos conquistados por los trabajadores en su conjunto garantizó durante todos estos años que la impunidad reinara puertas adentro de las casas de familia en donde había una persona contratada. Todo quedaba supeditado a lo que podía hacer el patrón, si era bondadoso o solidario no había problemas, pero si no lo era la situación era insoportable. Compartiendo el estilo con los patrones de estancia jefes del sector rural que participó en todos los golpes de estado que se dieron en el país, garantizaban que la relación de estas trabajadoras con sus patrones sería como en el campo, casi paternal. En esa época el presidente Lonardi se juntó con sindicalistas y les dijo: “Esta revolución se hizo para que el hijo del barrendero muera barrendero”, más claro imposible.

Por suerte para nosotros algunas personas, como el subsecretario Alvaro Ruiz, se pusieron a ver que era esto de lo paternal en la zona rural y verificaron que estos trabajadores tenían en su normativa, después de abolido el estatuto del peón rural, que tenían que trabajar de sol a sol.  Y si alguien les decía algo a los patrones de estancia podían responder muy sueltos de cuerpo que el trabajo en el campo era muy distinto al de la ciudad. Con el trabajo doméstico pasa lo mismo, hubo siempre un amparo en creer que porque alguien trabajaba dentro de un hogar con una familia, ya tenía una protección contra cualquier situación que le ocurriera por el ámbito íntimo en que desarrollan sus trabajos.

Es enigmático preguntarse por que los dirigentes sindicales que se rasgan las vestiduras con respecto a la defensa de los trabajadores nunca hicieron mucho por resolver esta situación. Y hay que imaginar que las trabajadoras son sus madres, hermanas, hijas, cuñadas. ¿Qué barrera existe ahí para impedir que esta situación pudiera haber sido resuelta antes de los casi 60 años que pasaron?

Hoy nos despertamos con un país más justo donde la presencia de los que no tienen voz vuelve a confortarnos indicándonos que este proyecto nacional y popular está en el lugar donde tiene que estar, con el pueblo que lo necesita. Las trabajadoras, que hoy son casi un millón y 95% mujeres, tienen su respaldo en toda una sociedad que sabe el esfuerzo que realizan día tras día, tienen su respaldo en un gobierno que es su gobierno. En donde, por más que muchos hablen pavadas,  la defensa de los intereses del pueblo sigue siendo la guía de todo proyecto de transformación social y ni más ni menos que eso es lo que ha hecho nuestra presidenta Cristina ayer al promulgar una ley revolucionaria que tenía el apoyo histórico de la compañera Evita que en su época lo había intentado sin éxito.

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