Poder económico y poder político

El verdadero poder

por MARIO RAPOPORT

  

Hay algunos que quieren convertir la situación más desahogada de la Argentina, pese a los obstáculos creados por el poder económico interno y en el marco de una crisis mundial que no acaba, en señales que alertan sobre otra posible crisis propia. Pero las profecías autocumplidas no siempre ofrecen los resultados esperados.

El problema de todo proceso de crecimiento es el de poder detectar de que manera fluyen hacia afuera las nuevas riquezas, procurando conocer cuánto del esfuerzo productivo se pierde por los desvíos subrepticios de la evasión impositiva, de la fuga de capitales y de los paraísos fiscales; por la repatriación irrestricta de los beneficios de las grandes empresas multinacionales; por la apropiación de excedentes extraordinarios por parte de determinados sectores. Con ello se resiente el proceso de acumulación del país y la riqueza argentina termina financiando desarrollo ajenos.

Allí tiene que jugar, como señalamos, un rol esencial el Estado, captando y repartiendo recursos hacia la inversión pública, hacía sectores claves que garanticen mayores niveles de valor agregado y tecnología, y hacia la población más necesitada. Por otro lado, el progreso no existe en forma espontánea y el mismo Estado debe intervenir con medidas contracíclicas que atenúen los factores que frenan –por su propia dialéctica- ese progreso y  generan las crisis. Es conocer mal el curso del capitalismo no comprender esta cuestión. 

Así le ocurrió repetidas veces a la Argentina, y así le esta ocurriendo hoy a Europa, cuyo destino, si sigue por el rumbo de estas políticas económicas, es el de reproducir la falla tectónica que dividía antes de la existencia de la Unión Europea a un grupo de países ricos y a otro de países pobres. 

Uno de los que experimenta una caída hacia el pasado es España, cuyo drama económico hace que hoy en día los españoles se escapen por el aeropuerto de Barajas para buscar otros aires, como antes los argentinos lo hacían por Ezeiza. Es cierto, también, que muchos se quedan y repiten la experiencia argentina de resistencia a la crisis y el “que se vayan todos” en las plazas de Madrid, Barcelona y otras ciudades. Y es allí que se alzaba la voz de un gran economista y escritor, y más que ello humanista, José Luis Sampedro, que ya nonagenario ponía un toque de alerta que iba más allá de la economía y tocaba el corazón del problema de la crisis y de su posible persistencia.  

Decía Sampedro a modo de ejemplo: “después de demostrarse que el ataque de Bush a Irak, por la posible existencia en este país de medios de destrucción masiva, era una mentira, la gente lo reelige nuevamente como presidente”. “En Europa misma –agregaba– han ocurrido episodios similares con las irregularidades y obscenidades del Sr. Berlusconi, premiadas en las urnas” y con otros muchos casos. Y explicaba este fenómeno por dos razones principales. En principio, porque la opinión pública no era un resultado del pensamiento reflexivo de la gente. “La gente no piensa”, –afirmaba Sampedro– se maneja “por razones viscerales, por las características del que habla, por las mentiras que cuentan y aceptan”. Este es uno de los motivos. 

Otro es la naturaleza del poder que nos gobierna detrás de la fachada democrática: “que es el poder económico, ese poder que domina los medios de información e inculca a la gente sus ideas a través de lo que se ve en la televisión o de lo que se lee en los periódicos”; un poder a quien no le importa aquello que oculta. Ese “poder manipula y crea la opinión pública” –dice Sampedro- y nos condiciona a lo largo de la vida. 

En verdad. –para él– lo que se llama opinión pública es una opinión mediática que controla la educación y los medios, “ambos vinculados a los intereses del poder económico”. Aquí Sampedro completa una idea clave: el pensamiento económico dominante fracasó, pero no por eso falló también la enseñanza de la economía. Ese tipo de educación y de teorías son las que el poder necesita y no otros. Las crisis no importan tanto como las grandes ganancias que se obtienen antes de ella y la utilización de los aparatos de Estado para salvarse después, aún a costa del resto de la población. Poder mediático y educación son funcionales al sistema. 

Volviendo al caso argentino, impedir que el Estado juegue un rol positivo y regulador en la economía, que predomine un esquema productivo y que el reparto de los ingresos sea más equitativo, es generar en el futuro nuestra propia crisis. Para evitar tal cosa tenemos que superar el obstáculo de aquellos que quieren volver al pasado, porque sus grandes ganancias las obtuvieron en las aguas turbulentas del neoliberalismo y especialmente en el ámbito de las finanzas especulativas. A fin de seguir creciendo y sortear los escollos con que puede tropezar ese crecimiento por obstáculos externos e internos hay que continuar adelante con las transformaciones necesarias para profundizar el rumbo escogido. El futuro no será entonces más Ezeiza o el refugio en monedas que no son la nuestra y se esterilizan en una caja fuerte o viajan por el mundo portando nuestras riquezas, sino las posibilidades que nos brindan las fuerzas productivas que nosotros mismos creamos y expandimos. Superar el poder del que nos habla Sampedro es el desafío que tenemos todos. Poder hacerlo es nuestro verdadero poder.

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