Recuperar la historia: El colorado Ramos

Dejamos un muy buen artículo de uno de los indispensables del pensamiento nacional Jorge Abelardo Ramos por Hernán Brienza. Para nuestra época es necesario leerlo aunque se pueda polemizar en diversos temas como ser el rosismo, el roquismo, el rol de las organizaciones político militares en los 70 en la Argentina, su posición personal durante el 1° gobierno de Menem. Con todas esas cuestiones a cuestas leer a Ramos rompe con los esquemas académicos tradicionales impuestos por las usinas de pensamiento que dominaron la historia durante mucho tiempo.

La nota viene de acá: http://elpiojoresucitado.blogspot.com.ar/2013/12/el-colorado-aqui-y-ahora.html

“EL COLORADO” AQUÍ Y AHORA

 
Hernán Brienza
Prólogo a La factoría pampeana
Jorge Abelardo Ramos es un intelectual “inclasificable”. No es un historiador académico, claro. Mucho menos, un periodista profesional de esos que se refugian entre objetividades e independencias de turno. Tampoco era un intelectual con sede ideológica en Francia, en Moscú o en Estados Unidos. Tenía la prosa de un ensayista apasionado, herencia de ese exquisito género decimonónico argentino; sin embargo, no era estrictamente un ensayista. A principios del siglo XIX, existía un concepto que siempre me pareció adecuado para definir a los cultores de la mejor tradición argentina: la del escritor público.
Pero, ¿qué es exactamente un escritor público? Se trata de alguien que puede entrar y salir de los géneros con absoluta libertad, que no tiene un campo de acción específico a la hora de elegir las herramientas para la expresión y la comunicación, que abarca distintas disciplinas, pero que todas ellas se caracterizan por su condición de cosa pública. Son hombres que escriben sobre lo común, sobre aquello que nos pertenece a todos y a todas, sobre pasado, presente y futuro compartidos. Jorge Abelardo Ramos es uno de los mejores exponentes del siglo XX de esta categoría de intelectuales. Junto a los tres mosqueteros del pensamiento nacional –Arturo Jauretche, Juan José Hernández Arregui y Raúl Scalabrini Ortiz–, el Colorado viene a ser algo así como un joven D’Artagnan que se destaca por el uso de su pluma.
Padre del concepto “izquierda nacional” en oposición a la izquierda tradicional internacionalista –el Partido Comunista y el Socialista– y al nacionalismo oligárquico –sostenido ideológicamente por Leopoldo Lugones, los hermanos Julio y Rodolfo Irazusta, entre otros–, durante años, Ramos lideró el Frente de Izquierda Popular, que acompañó siempre al peronismo con cercanía, y años después, fundó el Movimiento Patriótico de Liberación.
Personaje singular y original dentro del pensamiento argentino; fue más conocido por su color que por su nombre, pero sobre todo por sus originales y provocativas ideas.
Nacido en el barrio de Flores el 23 de enero de 1921, era hijo del militante anarquista Nicolás y de Rosa Gurtman, una muchacha de familia socialista, pero que admiraba a Hipólito Yrigoyen, porque éste le había conseguido personalmente un trabajo en el Ministerio de Agricultura. Sus primeros pasos políticos, Ramos los hizo de la mano de un tío, que lo llevaba a los encuentros del Partido Socialista.
Pero fue en el Colegio Nacional Buenos Aires donde comenzó su militancia al calor de los enfrentamientos por la Guerra Civil española. Allí leyó al anarquista Rafael Barrett y comenzó a interiorizarse en el pensamiento de León Trotsky. Su admiración por el líder ruso exiliado lo conectó con el grupo de Liborio Justo, conocido como “Quebracho”, hijo marxista del presidente Agustín P. Justo. Juntos formaron el Grupo Obrero Revolucionario (GOR,) integrado, además, por Mateo Fossa, Luis Alberto Murray, Ángel y Adolfo Perelman y Constantino Degliuomini, entre otros. Pero la gran preocupación del Colorado era de qué manera aplicar las teorías de análisis marxistas a la realidad “criolla”. Y el peronismo fue la justificación de gran parte de sus ideas.
Periodista de vocación, trabajó en Noticias Gráficas, donde escribió la columna política “De frente y de perfil” con el seudónimo de Antídoto. Luego, en 1953, tras el acercamiento entre el Partido Socialista de la Revolución Nacional, dirigido por Enrique Dickmann, y el peronismo, Ramos comenzó a escribir bajo el alias de Víctor Almagro en el diario Democracia, donde también escribía Juan Domingo Perón con el nombre de Descartes.
Tras el brutal golpe del ’55, Ramos y el PSRN, a pesar de estar proscriptos, publican el periódico Lucha Obrera. La experiencia dura poco y, entrado el año ’60, el Colorado abre la librería Mar Dulce, que funcionó como un lugar de encuentro y una usina de las ideas de la izquierda nacional. Como producto de esas reuniones, en 1962, Ramos funda el Partido Socialista de la Izquierda Nacional junto con Jorge Enea Spilimbergo, Manuel Carpio y Luis Gargiulo, entre otros. Ernesto Laclau, Blas Alberti y Adriana Puiggrós se incorporarán más tarde al partido.
Por aquellos años, interviene en la polémica sobre las posibilidades revolucionarias y desecha duramente las posiciones foquistas, a las que consideraba heterodoxas y suicidas.
En 1967, Ramos recibe una carta de Perón en la que el General reconoce desde Madrid su pertenencia orgullosa a la “izquierda nacional”. Esa vinculación será clave para el desarrollo político posterior del Colorado y de sus análisis respecto de la acción a llevar adelante en la década del setenta. Lo cierto es que más allá de la exagerada carta de Perón, entre ellos se estableció un contacto y una relación de mutua simpatía que les traería réditos a ambos políticos. Cuatro años después, el 9 de diciembre de 1971, el Colorado funda el Frente de Izquierda Popular (FIP) basado en dos consignas: “Perón presidente” y “Patria socialista”. Y en septiembre de 1973 esa relación entre Perón y Ramos iba a dar sus frutos: el FIP presentó al General como candidato a presidente, pero por afuera del Frejuli, y el resultado fue que esa lista obtuvo casi 900 mil votos.
Pero más allá de sus peripecias políticas, Ramos fue uno de los intelectuales más interesantes del siglo XX. Aplicó al revisionismo histórico –junto a otros como Rodolfo Puiggrós o Rodolfo Ortega Peña– la mirada marxista y de clase que enriqueció un discurso que parecía anquilosado en las primeras décadas de esa centuria. Su primer libro importante fue América latina, un país (1949), en el que plantea la necesidad de retomar el proyecto de la Patria Grande, “aquella gloriosa nación que midieron las espadas de Simón Bolívar y José de San Martín”.
Pero el libro que marcó su producción literaria fue Revolución y contrarrevolución en la Argentina (1957), una revisión histórica del país en la que trastoca los principales puntos de las escuelas oficial y revisionista clásica.
Para el Colorado las acciones de Mayo de 1810 no son el inicio de un movimiento consciente de liberación nacional, sino que son parte de una revolución democrática que incluye a la península. Recién luego de que fracasa la revolución liberal en España es que se produce la balcanización de nuestro continente.
A partir de esa nueva mirada, el Colorado les asignará a los caudillos el rol de bastiones defensivos del espíritu nacional plebeyo, que enfrentarán a Buenos Aires ya sea en la versión unitaria o de Rosas, vinculados ambos por el usufructo monopólico del caudaloso recurso de las rentas de la aduana porteña.
De esa manera, Ramos se desmarca del revisionismo rosista. Pero quizás la principal novedad del libro consista en la revalorización que hace de Julio Argentino Roca y su rol de modernizador del Estado argentino frente al Ejército, al que considera como una verdadera burguesía nacional. Esta concepción de la Fuerza –Historia política del Ejército Argentino (1958)– le permite, entonces, hacer un puente entre los generales Enrique Mosconi, Manuel Savio y el propio Perón, como personajes de una línea diferente de la fusiladora y degüella-gauchos de Mitre-Aramburu-Videla, por citar algunos nombres.
Este IV tomo abarca una etapa aparentemente menos trascendental que otras retratadas en los anteriores. Comparado con el celebrado Las masas y las lanzas (1810-1862), o con su trabajo sobre el roquismo en Del patriciado a la oligarquía (1862-1904) o, incluso, con su inteligente mirada a contrapelo y con matices sobre el yrigoyenismo en La bella época (1904-1922), esta cuarta parte se aboca a estudiar una era en la que no existe un sujeto político y social que represente a la “Revolución” en esta dialéctica marxista que establece Ramos a lo largo de toda su obra. En estas páginas, analiza con equilibrio y sin lugares comunes el alvearismo, los últimos años de Hipólito Yrigoyen, el surgimiento y la profundización de la matriz del nacionalismo oligárquico y las contradicciones del socialismo justista.
Un párrafo aparte merece su análisis de la crisis del 29 al interior de la oligarquía argentina y el inicio del proceso de sustitución de importaciones que comienza en los años treinta. Con las herramientas que Ramos aplica como pocos –el marxismo–, desmenuza los distintos personajes y proyectos que se suceden en la Década Infame, sin una moralina escandalizadora –el “honestismo”, como se lo llama ahora–, pero con una agudeza inigualable para entender por qué la corrupción y el fraude electoral eran intrínsecos y necesarios para la supervivencia de la vieja oligarquía de la factoría pampeana.
Leer a Ramos es una aventura del intelecto, porque si bien utiliza un esquema dialéctico, no se centra en una sola condición para definir lo “revolucionario”.
Comprende que el análisis debe abarcar una serie de variables que incluyen la lucha de clases, pero que es superada o acompañada por diferentes paliativos, por ejemplo, el industrialismo versus el agrarismo rentista, las mejoras concretas de subsistencia de los sectores del trabajo, la disputa geográfica entre provincias y puertos, y por sobre todas las cosas, la clave de la liberación nacional frente a la presión de los imperialismos de turno. ElColorado sabe que no hay revolución social sin liberación nacional, ni viceversa, y allí está la riqueza del análisis que recorre toda su obra.
Por último, leer a Ramos también es un placer estético. Su pluma es la de un gran escritor, ofrece descripciones minuciosas, giros literarios, metáforas, construcciones irónicas que lo catapultan a un lugar inclasificable: ni historiador académico ni periodista profesional ni militante panfletario. El Colorado es un espadachín de la lengua política, un mosquetero latinoamericano, un escritor público que sutura las heridas de un país pequeño que, como él siempre dijo, fue paisito porque no pudo ser Patria Grande.
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