El lugar de Juan Manuel de Rosas en la historia

En el debate historiográfico sobre la figura de Juan Manuel de Rosas subo un texto publicado por la Biblioteca José María Rosa del Instituto Dorrego que trae un primer momento de conexión en la Argentina entre el nacionalismo popular y el socialismo. Era el cruce entre José María Rosa y Jorge Abelardo Ramos. Nosotros somos hijos de esa esquina de la historia.

Los rojos, Rosas y Rosa

Los rojos, Rosas y Rosa

José María Rosa realiza un análisis sobre la obra “America Latina: un país”, de Jorge Abelardo Ramos.

Durante los años treinta, las relaciones entre los nacionalistas y los socialistas y comunistas estaban lejos de ser pacíficas. En lo referente a la visión de nuestro pasado, la izquierda marxista adhería en general a la versión mitrista instalada en la enseñanza oficial.

Pepe Rosa nunca había sido un anticomunista dogmático, como sí lo eran muchos de sus amigos nacionalistas y rosistas. Había militado en el Instituto en tiempos en que hombres como Vicente Sierra habían demostrado mejor interpretación del pensamiento de Marx en el análisis de la realidad argentina que los seguidores de Codovilla y Rodolfo Ghioldi, y su retirada involuntaria de los claustros santafecinos por la presión de los jóvenes de la Tercera Internacional no había cambiado su manera de pensar.

En 1950, Rosa comentó en la Revista del Instituto Rosas el libro de Jorge Abelardo Ramos América Latina: Un país. A los ojos del autor de Defensa y pérdida de nuestra independencia económica, representaba una verdadera revelación: ¡un comunista que se acercara a la comprensión del revisionismo histórico!

El comentario tiene, desde luego, abundantes críticas. Tal vez la mayor, el olvido que atribuye a Ramos de la obra de los historiadores revisionistas. Pero, fundamentalmente, Rosa reconocía que el autor, y sus seguidores han dado con el revisionismo. Es decir, tienen los ojos abiertos y saben dónde asientan el pie.

Se publica en la revista del Instituto Juan Manuel de Rosas Nº 14, pag. 180.

AMÉRICA LATINA: UN PAÍS

Una de las paradojas de nuestros comunistas es que jamás afrontaron el estudio de la. historia argentina con criterio marxista. Herederos de aquel socialismo internacional de 1919, y a su través de los “intelectuales de izquierda” de principios de siglo, la concepción histórica de los comunistas nunca fue más allá de José Ingenieros. Está filiación liberal los hizo continuadores de las preocupaciones de las minorías cultas contra los caudillos populares. No vieron en nuestra historia nada más que la iconografía barata de las antologías escolares: se emocionaron ante Rivadavia y ante Sarmiento, los hombres del progreso y de las luces. Todo lo otro era reacción y atraso, y aquello de “civilización y barbarie” fue su lema y su guía. Como comulgaban en los mismos cálices de la historia seria alguno de ellos llegó – previo un Jordán levemente purificador – a meterse en la Academia del doctor Levene.

Ingenieros intentó hacer una interpretación económica del pasado argentino manejando con mayor novelería que comprensión los postulados de la lucha de clases y la infraestructura económica. Pero no atinó a darse cuenta de que con tales instrumentos necesariamente se quebraba el molde clásico de la historia oficial, que después de pasar por sus manos siguió como estaba en el siglo XIX. O peor tal vez porque Sarmiento hablaba con plena conciencia de civilización y barbarie, e Ingenieros no supo comprender el sentido clasista que había en la antinomia. Como tenía que encontrar en la historia una “lucha, .de clases” supuso que Rosas, patrón de estancias y dueño de saladeros, “debería” encontrarse en constante pugna con el proletariado de sus peones y obreros. Sobre esta suposición construyó todo el andamiaje: Rosas debió ser un tirano porque necesariamente su prepotencia patronal tenía que mantenerse por el terror. Sus enemigos debieron ser las masas proletarias a quienes dio como auténticos representantes los europeizantes rivadavianos de 1826, o los jóvenes dandys que redactaban “La Moda” en 1837. No se detuvo mucho para pensar en la posibilidad de estas suposiciones: tenía que ser así, y eso le bastaba.

Los comunistas bebieron en tal fuente y las elucubraciones de Ingenieros pasaron a ser la guía marxista de la historia argentina. No era Ingenieros un marxista, pero de cualquier manera era un pensador, un intelectual de izquierda. ¿Qué era el comunismo sino la “izquierda”? La mentalidad de Rodolfo Ghioldi no daba para más.

Orientación, La Hora, Argumentos, fueron los defensores más constantes de la historia oficial. Sarmiento y Rosas: era civilización y barbarie: proletariado y capitalismo. El catecismo” de Grosso con sus angelitos y sus réprobos servía paradojalmente a la derecha conservadora y a la izquierda comunista. Cuando el revisionismo llegó a. la liza, los marxistas se unieron a la batida general que nos decretó la oligarquía; nos persiguieron con santo horror convencidos de que éramos devotos de un culto diabólico, y, de que bajo la apariencia de tenidas históricas celebrábamos verdaderas misas negras donde se despotricaba contra la libertad y se rendía culto a la violencia y a la sangre, con el retrato de Sarmiento puesto cabeza para abajo,

Pero esta posición comunista llevaba en sí, aparte de su ingenuidad, una enorme contradicción que alguna vez haría crisis. No se podía descansar eternamente en la fidelidad de Ingenieros para interpretar marxísticamente la historia argentina. Alguien llegaría alguna vez que aplicara la. teoría económica, sin dejarse impresionar por los mitos escolares. Rodolfo Puígross pudo hacerlo, pero dócil a la disciplina partidaria debió atacar al rosismo por táctica política; sus libros sobre Rosas no están a la altura de sus otros estudios, los de Moreno por ejemplo. Es fácil señalar en ellos – como lo hemos hecho en esta Revista – equilibrios, vacilaciones y sofismas que muestran bien a las claras la discordancia entre la pluma y el pensamiento. Hoy que se ha alejado del partido esperamos trabajos más acordes a su versación histórica y su indudable talento.

No aceptamos la interpretación marxista de la historia, está de más decirlo. Somos de la vereda de enfrente, y nos separan de los discípulos de Marx muchas cosas. Pero oposición no quiere decir incomprensión; sería ridículo negar en 1950 el valor sociológico de Marx y la trascendencia política del marxismo.

Marx tuvo un gran acierto con la interpretación económica de la historia: que analizando los acontecimientos históricos encontramos en ellos causas materiales, es una verdad que ampliamente compartimos, pero para nosotros hay también motivos espirituales que obran en el devenir histórico. Los marxistas ven individuos movidos por sus apetitos, nosotros comunidades sociales guiadas por impulsos espirituales: las ideas de Patria, de Dios, de Rey, etc. ¿Qué importa si analizando profundamente estos ideales encontramos motivos económicos, una infraestructura material como dirían los marxistas? Es posible. Como es posible que analizando el amor a la madre encuentren los freudíanos un impulso sexual subconsciente. Pero ni el amor a la madre se manifiesta sexualmente, ni los hechos históricos se exteriorizan en forma de impulsos materiales.

Desconocer esos móviles materiales ocultos en la infraestructura social fue el gran defecto de los historiadores, anteriores a Marx. No comprender que eses móviles dejan de ser materiales cuando sé exteriorizan en movimientos sociales fue a su vez el gran error de Marx., O mejor dicho de los marxistas, porque su maestro algo habló del “entusiasmo caballeresco”, del “éxtasis religioso” en el Manifiesto Comunista.

“Jorge Abelardo Ramos es un comunista de la IV Internacional. Es decir, pertenece al grupo reducido pero batallador de los marxistas puros, que ven en el actual jefe de la U.R.S.S un traidor a la revolución comunista. Es la corriente trotskista que tiene sobre la stalinista la apreciable ventaja de no precisar “posturas, tácticas” ni gastarse en difíciles defensas de la actualidad soviética. Se consideran los auténticos depo¬sitarios del Evangelio de Marx y herederos de Lenin, y esperan hacer la verdadera revolución marxista traicionada por “la burocracia de Moscú”. No les obsta su escaso número ni la formidable inquina de sus poderosos e inescrupulosos adversarios. Se preparan con fe y con entusiasmo para cuando les llegue la hora. Y mientras tanto estudian y meditan. Como no tienen problemas de táctica ni obedecen a consignas del “partido”, estudian y meditan con libertad.

Y así Jorge Abelardo Ramos puede llegar a descubrir la gran verdad del revisionismo. Que “en América Latina los intelectuales y militares sorprendentemente democráticos – aristócratas criollos en su mayoría – introdujeron el estupefaciente del liberalismo – progresivo en Europa y reaccionario en América – y aherrojaron a las masas esclavas, gauchos, campesinos e indios”. Es nuestra misma idea expresada en estilo comunista. Y escribe un libro estudiando el proceso formativo de América Latina, especialmente de la Argentina. De ese libro, que juzgamos acertado en muchas de sus conclusiones históricas, comentaremos las que nos interesan por la índole de nuestro Instituto: el capítulo que dedica a “Rosas: una política nacional en el Río de la Plata”.

Todo él problema argentino – dice Ramos – gira alrededor de la antinomia librecambio-proteccionismo. Buenos Aires era librecambista porque esta política interesaba a sus comerciantes y hacendados; el interior proteccionista en defensa de sus manufacturas artesanales, crecidas gracias al monopolio español. En 1809 Buenos Aires da fin al monopolio y abre su puerto al libre comercio; en 1810 hace la Revolución, y se afirma en el gobierno una “intelectualidad crecida al lado de la burguesía comercial pero que también aportaba su propio utopismo: una mezcla de ceguera y fantasía”. Librecambismo en política significó unitarismo, como defensa de las manufacturas fue federalismo; las guerras civiles entre el interior contra Buenos Aires, no tuvieron otra causa. Por un lado estas guerras, y por otro la ceguera y fantasía del equipo gobernante y el país acabó en una terrible crisis en la cual amenazó fragmentarse en catorce republiquetas independientes.

Entonces aparece el “poder fuerte” de Rosas, a quien califica de “enigma”, pues es estanciero poderoso y al mismo tiempo caudillo .de las clases populares. Pero además de estanciero y caudillo popular, Rosas tienen condiciones para elevarse “hasta abarcar el conjunto del problema nacional en el Río de la Plata”. Considera que éste es su valor histórico ya que “de tal visión fueron incapaces los cultos representantes porteños de la burguesía mercantil, esos semidioses de nuestra historia escrita”.

Rosas logra la unidad nacional por pactos con los otros caudillos. Termina con el líbre cambio, por la ley de aduana de1835 que inaugura una era de gran prosperidad económica; y se defiende tenazmente contra la coalición de los intereses imperialistas extranjeros, mientras “los discípulos criollos de la Enciclopedia compadecían desde Montevideo – esa eterna Ginebra de renegados, tan distinta de la Ginebra de los revolucionarios” a los caudillos que dictaban sus decretos sin ortografía sentados en un cráneo de vaca. Irritados con el destino no comprendieron a Rosas; tampoco se comprendieron a ellos mismos. Rosas, al frente de sus orilleros, negros y gauchos, representó incomparablemente más que los unitarios afrancesados, que Echeverría y sus intelectuales de Mayo, que el anti-gaucho, antipopular e impopular Sarmiento: una política democrática, y fue en todo caso más progresivo que sus enemigos. Fueron los triunfadores de Caseros los que acuñaron las formas jurídicas que nos rigen y escribieron la historia que se cree. Todos ellos organizaron, no el país que ya estaba constituido por el sistema de los pactos interprovinciales, sino la oligarquía moderna. Esta oligarquía montó una de las mejores máquinas administrativas de las posesiones mundiales que disfrutaría el imperialismo. La victoria extranjera sobre Rosas abre el período del coloniaje contemporáneo y la pérdida del proceso histórico nacional en desarrollo, Una subordinación qué dura un siglo”.

Dejemos de lado las causas económicas como sola explicación del proceso histórico argentino. Dejemos de lado algunos lunares que el autor cree necesario colocarle a Rosas, tal vez como alarde de imparcialidad. Pasemos por alto que Ramos no nos cita ni una sola vez como fuente de sus conocimientos, pese a haber tomado de las publicaciones de los autores revisionistas y de la Revista de este Instituto casi todo el bagaje histórico de que hace gala. No nos fijemos en que su información sobre la traición unitaria, su exégesis sobre la política de Rosas, su interpretación del monopolio español, los efectos del librecambio de 1809 y la ley de aduana de 1835, está íntegramente tomada de escritores del Instituto, a los que sin embargo agravia, como “admiradores oligárquicos que envanecidos porque un británico (Hudson) se ocupara de una colonia en sus escritos, lo han exaltado (a Rosas) basta las nubes”. Perdonémosle que después de haberse apoderado de nuestras investigaciones afirme con soltura que no le incomoda nuestra coincidencia. No hagamos caso de que en la solapa de su libro se pretenda nada menos que el descubridor del revisionismo: “Este libro sorprendentemente nuevo…” No insistamos en puntillos de amor propio ni recojamos alusiones que no nos alcanzan. Anotémonos simplemente el clásico poroto del triunfo.

Lo que importa es que nuestra prédica haya germinado, aunque sea en campo tan distante del nuestro. La verdad tiene que abrirse, camino y nadie la podrá detener. ¡Que vengan muchas de esas coincidencias aunque nos paguen con el mismo agradecimiento del señor Ramos!

Cuando Ramos no “coincide” con nosotros y se pone a hacer historia por su cuenta, cae en los necesarios errores de quien no conoce el terreno que pisa. No nos referimos a la interpretación de los hechos, sino a los hechos mismos. Amablemente le señalaremos dos o tres errores graves que haría bien en corregir para su próxima edición, aunque descontamos desde ya su falta de agradecimiento:

1º) Artigas no fue “vencido por la oligarquía terrateniente y ganadera uruguaya después de Ituzaingó” (pág, 83 y 189). Lo fue por Ramírez en 1820 a poco de Tacuarembó. 2º) Los Colorados del Monte no “sostuvieron el gobierno unitario de Martín Rodríguez-Rivadavia, jaqueado por las montoneras provincianas”. (p. 89). Cuando los colorados luchan contra la montonera santafesina en julio y agosto de 1820 el gobernador era Manuel Dorrego; cuándo apoyan a Martín Rodríguez a principio de octubre, lo hacen contra el levantamiento porteño de Pagóla y los tercios cívicos. En ninguno de los dos casos era ministro Rivadavia, que todavía andaba por Europa. 3º) No fue “en su calidad de Gobernador de Buenos Aires, que Mitre rompió con el acuerdo de San Nicolás, forjado por Urquiza”. (p, 106). El gobernador del Acuerdo era don Vicente López, Mitre; era entonces un diputado que hacía sus primeras armas políticas en las famosas jornadas de junio. El leader de la oposición a Urquiza fue Valentín Alsina.

No le criticamos estos errores que Ramos despectivamente llamaría minucias eruditas. No tienen mayor trascendencia en la tesis general de su libro, pero una corrección pondría más a tono las páginas consagradas a Artigas, a las montoneras y a la oligarquía, con aquéllas en que trata la unidad nacional, la política rosista o la situación económica de Rosas, en los cuales “coincide” con nosotros. Y, además, no se equivoca ni en el detalle.

¿Es posible una interpretación puramente marxista del hecho Rosas? En algún trabajo nuestro decíamos que “la apreciación de los actos públicos de Rosas ha de constituir un eterno, quebradero de cabeza para quienes interpretan la historia con criterio materialista. ¿En virtud de qué ley económica Rosas, hacendado y exportador de carnes, realizará una acción de gobierno que beneficia sobre todo a los industriales y agricultores? ¿Que política de clase lo llevó a no doblegarse en 1838 ni en 1845 ante las pretensiones extranjeras, no obstante paralizar los bloqueos sus negocios de estanciero?” 1. No había otra explicación posible que el patriotismo del Restaurador, el haber comprendido que los intereses nacionales estaban por encima de sus negocios particulares y hasta de las conveniencias de su provincia. Ramos, siguiendo (por coincidencia) nuestras huellas, encuentra que la política de Rosas lejos de favorecer a los estancieros tuvo exclusivamente en cuenta los intereses generales y nacionales. Entonces, ¿qué es Rosas marxísticamente? – Un enigma, para Ramos: “Expandir sus empresas saladeras y convertirse en el principal exportador habría sido la gran finalidad de Rosas. Pero si éste fue uno de sus propósitos iniciales, en todo caso el detalle no agota el enigma”. Anotemos al pasar que eso de los propósitos iniciales es una suposición que va por cuenta y riesgo del autor, pues Rosas finiquitó todas sus actividades comerciales e industriales el día antes de subir al gobierno.

jorge-abelardo-ramos-america-latina-un-pais-1696-MLU29680763 8843-FPero lo cierto es – como dice Ramos – que “cuando Rosas llega al poder hasta cierto punto se eleva por encima de su clase de origen para abarcar el conjunto del problema nacional en el Río de la Plata. Este es su valor histórico”. El autor no da base alguna para el dubitativo hasta cierto punto, pero de cualquier manera entiende que se eleva por encima de su clase de origen, anteponiendo los ideales nacionales y generales a sus intereses domésticos. Es decir, se va más allá del marxismo, como si fuera un dialéctico consciente, un político revolucionario, que es como los marxistas llaman al jefe comunista que sofoca sus propias aspiraciones materiales en beneficio de la causa. Pero como Rosas no es evidentemente un dialéctico consciente, Ramos se queda sin saber lo que es, y sin agotar el enigma sigue adelante. . . ¿No sería mucho más fácil suponerle patriotismo?

El enigma de don Juan Manuel no lo extiende a los otros caudillos del interior. Porque éstos – aquí también el autor marcha por su cuenta – eran representantes de las provincias, y las provincias eran entidades económicas artesanales y de pequeña industria doméstica. De allí a suponer que los montoneros y sus caudillos eran artesanos que defendían sus talleres, no media para Ramos distancia alguna. “De tal realidad ‘(el artesanado) se forja el irreductible coraje de las montoneras”, dice, agregando más adelante: “al frente de las mismas los caudillos defendieron con uñas y dientes la industria territorial. ¡Perdón! Si Ramos nos hubiera leído más detenidamente habría “coincidido” con nosotros en que no todas las provincias vivían de las industrias. Que ni en la Banda Oriental ni en Entre Ríos, ni en Santa Fe hubo talleres artesanales de consideración, y como las montoneras fueron orientales, entrerrianas o santafesinas, no las debe suponer formadas por artesanos. Tampoco Artigas, ni Ramírez, ni López, fueron industriales, sino estancieros o militares. En cambio habría encontrado industrias en Corrientes y sabría que Ferré era carpintero de ribera: pero justamente Corrientes fue la única provincia del litoral que no tuvo montoneras, y Ferré su gobernador no era un caudillo, sino el primus inter pares de una oligarquía. Tampoco hubo montoneras en las provincias artesanales del interior en 1820. Las habrá después: pero ni en Catamarca ni en Tucumán ni en Salta, provincia de artesanales, sino en los llanos de La Rioja (Facundo, el Chacho, Felipe Varela, etc.), precisamente el único lugar del interior desprovisto de industria territorial. No, La explicación económica que Ramos da de la montonera y los caudillos se resiente de falta de información. Tendrá que recurrir a otra cosa. ¿El enigma tal vez, o aceptará la “conciencia dialéctica” de Estanislao López o de Francisco Ramírez?

Este libro nos ha producido sentimientos encontrados. Por una parte saludamos alborozados la conversión al rosismo de los trotskistas, pero por la otra confesamos cierto recelo.

Nunca creímos en un peligro comunista para la Argentina. Era bien claro que mientras los “intelectuales de izquierda” abrevaran en la historia oficial no tendrían una conciencia verdadera del país. Andarían a los tropezones tomando a contramano en cada vuelta del camino. Es muy comprensible que si para ellos Rivadavia era en 1826 el “pueblo argentino”, en 1945 se equivocaran con Tamborini. Semejantes topos no podían significar nada serio para nuestra política.

Ahora es distinto. Estos comunistas de la IV Internacional no sabemos cuántos son ni quiénes son. Pero han dado con el revisionismo. Es decir, tienen los ojos abiertos y saben dónde asientan el pie.

J.M.R.

(1) Defensa y pérdida de nuestra independencia económica, pág. 202

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