El eterno cuento del tipo de cambio

El eterno cuento del tipo de cambio

Por Mario Rapoport

Había una vez un tipo muy particular, que por su fortuna cambiante era llamado el tipo de cambio. Pertenecía en verdad a una raza que habitaba diferentes países, y tenía primos y parientes en todos lados, pero sólo aquel que vivía en el lejano Norte pudo hacerse inmensamente rico y fue reconocido por los otros como su verdadero jefe o patrón, ante cuya presencia debían doblegarse o rendirle pleitesía.

Víctima de banqueros y especuladores y de su adicción al juego ese tipo se había arruinado durante la depresión de los años ’30, como muchos de sus conciudadanos, y en ese entonces no daban un centavo por él. Con asombro observaba en fotos colgadas en paredes de bancos o casas de cambio, campos castigados por la sequía y los precios irrisorios, filas de desocupados que esperaban ansiosos por sus ollas de comida, y se daba cuenta de que antiguos amigos ricos lo miraban con desprecio. No había podido caer más bajo.

Recordaba la buena vida que había llevado antes, cuando muchos lo mimaban porque era un guardián ideal de sus tesoros. Disponía, en una gran casa oculta a los ojos del mundo, de un patrimonio incalculable, que algunos creían pertenecía a gente de todo tipo, pero que en realidad tenía por base el tesoro acumulado por grandes corporaciones cuyas riquezas venían de muchos lados y sus dueños eran industriales y financistas sin escrúpulos, aunque también guardaba parte del ahorro de gente honesta que confiaba en él. Entonces le tenían gran estima, se cotizaba mucho y era recibido con honores por la alta sociedad y las Bolsas de Valores. Pero todo se derrumbó un día y el tipo desesperado estuvo a punto de suicidarse, aunque lo salvaron a último momento, cuando con ese propósito se había tirado al río atado al último lingote de oro que le quedaba: Houdini el mago no tuvo la misma suerte. En verdad lo necesitaban. No había otro tipo tan voluble como él para poder manipularlo y rentabilizar negocios; aunque valiera poco era insustituible.

De modo que pudo renacer de sus cenizas como el Ave Fénix recobrando parte de su poder hasta el punto de que en un lugar llamado Bretton Woods, en 1944, terminaron por reconocerlo como el tipo ideal, alguien que podía servir de ejemplo y medida en el mundo a todos los demás. Los billetes que volvía a guardar en su recuperada y suntuosa mansión oculta tenían en una faz la verde cara de Washington y en la otra el dorado color del metal más precioso.

Eso duró 27 años. Sus apetecibles riquezas fluyeron hacia otros lados, donde se creía iban a dar más beneficios, económicos o políticos, y un nefasto día de agosto de 1971 el presidente de su país dijo que ahora el tipo debería sostenerse con las dos caras del billete pintadas igualmente de verde. Lo curioso es que no perdió su poder porque ese dinero era la moneda universal y todo el mundo lo necesitaba. Si bien aquel país vivía endeudándose, el tipo no tenía problemas porque enseguida le fabricaban más billetes verdes que le servían para mantener su prestigio y valor.

Para sus primos pobres del Sur, la historia fue distinta. En aquellos lugares se usaba en los intercambios con el mundo la misma clase de dinero que el otro guardaba en sus arcas, e incluso, si les quedaba algo, se lo daban también en custodia. Esos tipos de cambio dependían de su hermano mayor, que tenía un poder inmenso y se había consolidado como un gran patrón. La diferencia es que en los rincones del mundo pobres y endeudados, la solución a sus problemas no podía provenir de respaldarse en su propia moneda como el tipo del Norte. Dependía de las divisas que les proveía aquél, a tasas de interés o costos cada vez más altos. La única solución que tenían cuando estaban ahogados por las deudas era comer menos y así los tipos de cambio enflaquecían rápidamente y se los veía escuálidos salir a mendigar por las calles de dios.

Es claro que muchos pícaros ricos en los mismos países pobres, a quienes el desorden y la falta de controles les habían permitido acumular, en parte en secreto, el dinero verde que el tipo de cambio necesitaba para robustecerse, lo escondían en oscuras cuevas y lo vendían a un valor mayor para obligarlo a aquél a caer de rodillas.

Un día, en uno de esos países con problemas, un economista algo tocado dijo que el tipo de cambio no se movería más, lo ató fuertemente a una ley y afirmó que ahora valía igual que su hermano del Norte. Una mentira que mantuvo por un tiempo contra viento y marea y muchos incrédulos creyeron.

El país siguió endeudándose y el tipo de cambio debió finalmente sincerarse cuando se terminó por reconocer que nunca existieron en verdad los billetes verdes para sostenerlo y todos se dieron cuenta de que sólo se había tratado de un simple acto de magia. Eso produjo un gran pánico que atrapó el dinero de la gente en una trampa llamada corralito y la zarandeada economía de aquel lugar entró en una crisis casi terminal o con pronóstico reservado.

Los que vinieron después comprendieron bien que el problema consistía en desprenderse de las cuantiosas deudas asumidas irresponsablemente, cuando muchos suponían que el tipo de cambio era tan robusto que nunca podía ser derribado. Ahora consideraban que la única solución realista en adelante debía pasar por acostumbrar a la gente a vivir de sus propios recursos y trabajo. Mientras tanto, el tipo debía caminar por las calles con cuidado evitando los pies que le ponían aquellos que querían que se cayera y no pudiera levantarse pronto, en tanto recibían de afuera el dinero verde que ocultaban rápidamente o enviaban de nuevo al exterior para disfrutar los paraísos fiscales. Además, revoloteaban buitres importados del Norte que habían comido la carroña de la deuda y ahora pretendían terminar la fiesta. Mandaron a preparar especialmente, a un viejo juez a quien sostenían con sus picos para que sus manos temblorosas pudieran confeccionarla, una gran torta de billetes, decorada por una vela que pretendían soplar para festejar su triunfo frente a ese país molesto.

Pero el tipo de cambio resistió. Las autoridades locales eran conscientes del daño que las bruscas inundaciones de agua o de pesos traían a la población y tomaron las medidas necesarias para defenderlo. Era proteger los bolsillos de la mayoría y alejar al malhadado tipo de la influencia de compañías nefastas. No había que dejarlo emborrachar nuevamente con el festival de deudas, cuyo sabor a champagne ocultaba el acre gusto del cianuro. Y ahí llegamos, esperando de una buena vez que el tipo de cambio deje de jugar definitivamente a favor de los prestamistas y los especuladores. En otras palabras, poder manejarlo nuevamente con criterio propio, en beneficio de los intereses del país, como siempre debió haber sido.

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