El deseo de los imperios es nuestra desgracia o los recursos naturales en América Latina

AMÉRICA LATINA Y LOS RECURSOS NATURALES. ¿ESTA VEZ ES DISTINTO?

Por Noemí Brenta

El argumento de la “maldición de los recursos naturales” sólo sirve para desplazar el debate sobre las relaciones de poder internacionales. Convertir a esos recursos en una bendición es una cuestión de soberanía e integración regional.

La maldición de los recursos naturales como explicación del subdesarrollo es un artificio conceptual de la misma catadura que el fin de la historia o el racismo lombrosiano, basado en datos recortados a conveniencia, que busca justificar y preservar un orden injusto y amenazado por vientos de cambio, mientras desplaza el debate acerca de lo sustancial, como las relaciones desiguales de poder en la arena internacional, y su transformación a partir del ascenso de otros jugadores, que abre opciones para profundizar los caminos alternativos emprendidos en varios países latinoamericanos en la década de 2000.

A partir de estudios sobre el boom de los hidrocarburos en los Países Bajos,  Noruega y otros lugares, en los años 1980 surgió el concepto de la enfermedad holandesa, que pronto se aplicó para diagnosticar el atraso de Africa, América Latina y Medio Oriente. Según esta idea, el descubrimiento de grandes recursos naturales o el alza de los precios de las materias primas exportables –petróleo, gas, metales, agropecuarios- inhibe la industrialización y el desarrollo de los países productores de estos insumos([1]). Aquí está el culpable de los males de la periferia, su riqueza.

El éxito de otras geografías, igual o más dotadas de recursos naturales, como Estados Unidos,  Francia, Alemania y unos treinta etcéteras, es explicado por su buena administración, en contraste con las malas prácticas de los subdesarrollados([2]), algo más de ciento cincuenta estados donde vive el ochenta por ciento de la población mundial, y que han errado durante siglos el camino del progreso.

Restricción externa, una vez más

América Latina exporta alrededor de 1,1 billones([3]) de dólares anuales en mercancías (estimaciones de CEPAL  para 2014), de los cuales más de la mitad consiste en materias primas (según el Banco Mundial), esto califica a la región como enferma del mal holandés. Sus ganancias de crecimiento y bienestar desde la década de los 2000 responderían principalmente, según esta interpretación, al alza de los precios de las materias primas, pero el superciclo de los commodities habría terminado y llegó el tiempo de relajar las pretensiones de autonomía, industrialización y redistribución;   y de adoptar políticas juiciosas para ganar la confianza del capital privado, a fin de aumentar la productividad y mejorar la infraestructura a través de sus inversiones.

Para esto, llena de palabras para endulzar los oídos, como “crecimiento”, “prosperidad”, “empleo”, “educación”, pero más de lo mismo en sus recomendaciones y avaricia de recursos, esta versión remozada del Consenso de Washington impregnó la Conferencia “Desafíos para asegurar el crecimiento y una prosperidad compartida en América Latina”, organizada por el FMI y el Ministerio de Hacienda de Chile, el 5 y 6 de diciembre de 2014. El hecho es significativo porque en 2015 será la primera vez desde 1967, que el FMI celebrará su reunión anual, y la del Banco Mundial, en un país latinoamericano, Perú. Mala señal, porque sugiere que el águila calva y el gran capital reforzarán sus ataques contra los gobiernos progresistas de la región y procurarán ahondar las divisiones entre nuestros países, en su beneficio.

Con escaso respeto por los procesos de integración regional excluyentes del hemisferio norte, la directora gerente del FMI, Christine Lagarde, en su discurso inaugural, llamó “gran plato de spaghetti” a los mecanismos del MERCOSUR, ALBA, UNASUR y SICA, y convocó a rejuvenecerlos integrando las economías latinoamericanas a las cadenas globales de producción. Otra vez sopa. Muy pronto le respondió Ernesto Samper, ex presidente de Colombia y Secretario General de UNASUR: “Esto es como Matusalén dando lecciones de juventud. Si algún impedimento ha existido para el crecimiento de nuestros países a un ritmo deseable han sido las exigencias venenosas del FMI. La señora Lagarde debería preocuparse por la recesión en Europa, por la lasagna que hace que dos países coman el queso y la carne y el resto se quede con la pasta […] no tiene autoridad moral para darnos ninguna recomendación  después de años de condicionamientos” (http://www.unasursg.org/node/125).

Pese a dedicar numerosos estudios en los últimos años a la enfermedad holandesa de América Latina, el Banco Mundial admite en letra chica que no es relevante para dar cuenta de su desempeño económico, pero este concepto ampliamente arraigado y repetido en los ámbitos conservadores es útil para descalificar el papel activo de los gobiernos y de los pueblos en el renacer latinoamericano tras la pesadilla neoliberal, y para insistir en las reformas ofertistas, a pesar de su fracaso evidente en todo el mundo.

De todos modos es cierto que los precios de las materias primas dejaron de subir en 2011, aunque permanecen en niveles muy superiores a las décadas anteriores. Veamos los principales commodities de exportación de América Latina: petróleo, cobre, hierro y soja, apenas un botón del menú variopinto de productos. El petróleo pasó de 10 dólares el barril a principios de 1999 a un máximo de 133 en julio de 2008 (promedio simple del crudo Dated Brent, West Texas Intermediate y Dubai Fateh en el mercado spot), y a fin de 2014 estaba en 60 dólares, con tendencia a la baja. El cobre que a fin de 2001 cotizaba 1.473 dólares la tonelada, en febrero de 2011 llegó a 9.880, casi siete veces más, y a fin de año estaba en 6.446, bastante menos que su pico pero igualmente muy arriba del histórico; lo mismo para el hierro, que pasó de 12 dólares la tonelada a 187, y en diciembre pasado estaba en 69. Los productos agrícolas aumentaron la mitad que los metales y el petróleo, por ejemplo, el aceite de soja pasó de 321 dólares la tonelada (mercado de futuros de Chicago, posición más cercana) a un pico de 1.414 dólares en junio de 2008, y a fin de 2014 promediaba 706 dólares (todos los precios mencionados aquí provienen de la base de datos de commodities del FMI).

Sin entrar en detalle en los fundamentos de cada mercado ni arriesgar pronósticos, el débil crecimiento de la economía mundial, la ralentización de China, el fin de la política monetaria expansiva estadounidense y el consiguiente aumento de las tasas de interés y la apreciación del dólar explicarían la flojedad de las materias primas en los últimos tiempos. El petróleo constituye un caso aparte, donde las razones geopolíticas, como la intención de los países de la OTAN de debilitar a Rusia y de paso disciplinar a la República Bolivariana de Venezuela y a otros estados rebeldes, pesan tanto como la decisión de Arabia Saudita de mantener la producción elevada y los precios bajos para frenar la competencia del shale y de otras fuentes alternativas de energía, sólo viables con petróleo caro.

Dado que América Latina es exportador neto de materias primas, es decir que vende más de lo que compra de estos productos, los menores precios de sus exportaciones pueden reducir sus ingresos de divisas si no se compensan con mayores volúmenes de venta de estos bienes, o de otros. Justamente, desde el pico de precios de 2011 las exportaciones latinoamericanas alcanzaron el billón de dólares, casi el doble de 2005, y en los años siguientes esa cifra se mantuvo, a pesar de la caída de los precios. Pero las importaciones también superaron el billón de dólares en 2011, duplicando las de 2005, y crecieron un poco más que las exportaciones (31% versus 25% entre 2010 y 2013, último año para el que se dispone de datos y no de estimaciones). Así, el saldo del comercio exterior se volvió negativo para la región (calculando, como corresponde, las exportaciones a precio FOB y las importaciones a valor CIF, que incluye el costo de los seguros y fletes). Y esto enciende una luz amarilla a la que es necesario prestar atención, es de la restricción externa al crecimiento, una vez más;  la escasez de medios de pago internacionales para importar, remunerar al capital externo y cancelar deudas en moneda extranjera.

Trampolín para el desarrollo

El remedio para la restricción externa en el largo plazo es bien conocido, se trata de transformar la estructura productiva de los países latinoamericanos para tornar su crecimiento más independiente de las importaciones, y fortalecer su control sobre sus recursos naturales, con el fin  de lograr una mejor inserción en el mercado internacional y precios justos para sus materias primas. Y, por el lado de la demanda, fortalecer los mercados de consumo de la  región, principalmente de los sectores populares, cuya canasta depende menos de las importaciones que la de los más favorecidos, excepto en los países importadores netos de alimentos. La cuestión es cómo afrontar en el corto plazo la escasez de divisas y la caída de ingresos fiscales, y al mismo tiempo realizar las inversiones que requiere la transformación estructural de la producción y del consumo.

No es la primera vez que la restricción externa aparece ni que algunos países latinoamericanos implementan políticas heterodoxas, con diversas variantes, que siempre incluyen estados activos, redistribución de ingresos y diversificación de sus socios externos, en procura de financiación, tecnología y complementación de mercados. Pero la mayoría de los gobiernos que intentaron seguir estas políticas fueron depuestos por golpes de estado u obligados a torcer el rumbo, si éste afectaba los intereses del capital extranjero y/o de las élites nacionales coligadas, que típicamente dominan el comercio exterior, las finanzas y las actividades rentísticas de los países periféricos. En Argentina éste fue el destino de Yrigoyen, Perón, Illia, y el fondo de la violenta interrupción del gobierno en marzo de 1976 omitiendo los mecanismos constitucionales de sucesión presidencial. En Brasil, Vargas fue inducido al suicidio, Quadros debió renunciar y Goulart fue depuesto por un golpe de estado; lo mismo que Haya de la Torre en Perú y Salvador Allende en Chile, por mencionar sólo algunos gobiernos sudamericanos que buscaron otros caminos y fueron arrancados del poder. O los ejemplos más recientes de Zelaya en Honduras, Lugo en Paraguay, y los intentos de deponer a Evo Morales en Bolivia, Correa en Ecuador, Chávez y Maduro en Venezuela, Fernández de Kirchner en Argentina. Los partidarios de la maldición de los recursos naturales afirman que América Latina adolece de inestabilidad política y fragilidad institucional, y la identifican con el péndulo de nacionalizaciones y privatizaciones de los recursos naturales, pero nunca con las luchas para ganar autonomía y bienestar, que son las razones de fondo.

El siglo XXI trajo novedades y esperanzas a la región. Por un lado, la mayoría de los gobiernos progresistas, con distintos matices y también con algunos sapos duros de tragar para el electorado, se mantienen legítimamente en el poder y fueron reelectos para varios años más, por esto no cabe esperar grandes vuelcos de las políticas; los resultados económicos de la década pasada fueron excelentes en términos de crecimiento, empleo, reducción de la desigualdad, educación, ciencia y tecnología, aunque todavía hay mucho por hacer. Los términos del intercambio mejoraron para todos, todavía más para los exportadores de hidrocarburos y minería, y si bien la burbuja de 2008-2011 explotó, los precios se mantendrían en buenos niveles; excepto el petróleo, que en este momento parece más influido por razones geopolíticas que por los fundamentos del mercado. La deuda de la región en moneda extranjera, pública y privada, entre 2005 y 2014 aumentó de 653 mil millones de dólares a 1.211 –Brasil, México, Argentina, Chile y Venezuela suman 85% de este  total-, algo más de un año de exportaciones y cercana a un tercio del producto bruto de la región (datos de CEPAL y FMI, dólares corrientes). Es una posición relativamente holgada, además bien cubierta por reservas internacionales, pero no para tirar manteca al techo.

A su vez, la emergente multipolaridad brinda a la región opciones contrahegemónicas y le permite jugar un poco a “peléense por mí”. Por ejemplo, apenas a un mes de la conferencia del FMI en Chile, los días 8 y 9 de enero se celebró la primera reunión ministerial del Foro China-CELAC (Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños), en Pekín, que definió un programa con tres motores, el comercio, la inversión y la cooperación, y áreas fundamentales de colaboración, que incluyen seguridad, finanzas, infraestructuras, energía, recursos, industria, agricultura, ciencia e intercambios entre pueblos, entre otros. También las negociaciones latinoamericanas con Rusia para sustituir proveedores europeos de alimentos van en el mismo sentido, aunque el oso está un poco golpeado. En síntesis, hacer de los recursos naturales una bendición y un trampolín para el desarrollo es una cuestión de soberanía regional y de la decisión política de ejercerla en beneficio de los pueblos, más profunda que las coyunturas de los precios y de los mercados.

[1] W. Max Corden y J. Peter Neary, Booming sector and de-industrialization in a small open economy, The Economic Journal, vol. 92, No. 368, 1982, pp. 825-848.

[2] Sinnott, Emily, John Nash y Augusto de la Torre, Los recursos naturales en América Latina y el Caribe, ¿más allá de bonanzas y crisis?, Banco Mundial-Mayol, Washington-Colombia, 2010.

[3] 1.090 y 144 billones de dólares en la terminología estadounidense, para ellos un billón son mil millones nuestros.

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2 pensamientos en “El deseo de los imperios es nuestra desgracia o los recursos naturales en América Latina

  1. Hablar de restricción holandesa(en el fondo, exceso de divisas), y de restricción externa(falta de divisas) al mismo tiempo y en el mismo país es contradictorio.
    La que es falsa es la primera, los TC se devaluan o se revaluan al ritmo de los movimientos de capital, no de la balanza comercial.

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