El dólar como un problema más allá de lo económico

El debate económico de nuestro tiempo de desarrollo como país se encuentra en un momento bisagra: nos debatimos como usamos la energía acumulada en varios años. Le damos un uso social y de desarrollo del país, o cada uno hace lo que quiere y se permite dentro de la libertad existente, ser insolidarios con el resto. Esto quiere decir, que se permite extraer los pesos de la economía, transformarlos en dólares y sacarlos del sistema financiero argentino. Para los grandes poderes económicos esa ha sido una forma de presión a los gobiernos, para los chicos tiene que ver con otra situación, una supuesta defensa contra la depreciación de la moneda. Si racionalmente en estos últimos años no era cierto que comprando dólares se ganaba más que un plazo fijo o comprando acciones entonces ya no es una cuestión de racionalidad del mercado, sino que hay otros temas.

Para desdolarizar no hace falta sólo voluntad. La desdolarización como tantas cosas será un proceso de confianza, no sólo en la moneda nacional, sino fundamentalmente en  lo que pueda hacer el país, dando amparo a quienes vieron durante generaciones que de vez en cuando todo lo que tenían podía perderse. Se instituyó que no había que confiar en el país, mientras se decía que todo andaba mal, y que los argentinos eramos un desastre. En esa situación que otra quedaba, sino intentar salvarse individualmente en el mundo que se había convertido en una selva donde había que sobrevivir. Y algunos hablan de relato acerca de los cambios en estos últimos 12 años. Es porque el gran relato neoliberal acerca des salvarse solos está vivo, pero crujiendo. Está siendo puesto en cuestión desde la teoría y desde la práctica. Ese es el gran relato. Que hoy todavía es un sentido común muy vivo. Y ahí se juega todo, en ese debate entre la solidaridad y el egoísmo que se fue construyendo con los años como el imaginario aceptado por las mayorías. El egoísmo que fue construido como una característica intrínseca a la naturaleza de los hombres. “No sabías qué eras egoísta” rezaba una publicidad callejera  del chocolate Nugatón. El no te metás como institución, los problemas de los otros, son problemas de los otros. Qué crisis vivir una vida así y de repente desde el gobierno de tu país empiezan a decir que “la patria es el otro”. Qué inmiscuirse en los problemas de los otros y ayudar a solucionarlos es lo mejor que puede hacer la juventud. Y a que eso lo denominamos política. Diferentes formas de concebir el mundo chocan en nuestro país. La gran pregunta es ¿cómo hacer una revolución cultural en Argentina desde la democracia?

Dejamos un artículo que nos gustó acerca de qué se esconde atrás del papelito verde.

Economía y cultura en las interpretaciones sobre los usos del dólar en la Argentina Mariana LUZZI

DOCTORA EN SOCIOLOGÍA DE LA ÉCOLE DES HAUTES ÉTUDES EN SCIENCES SOCIALES. INVESTIGADORA DOCENTE EN EL ÁREA DE SOCIOLOGÍA DEL INSTITUTO DE CIENCIAS, UNIVERSIDAD NACIONAL DE GENERAL SARMIENTO. SOCIALES en DEBATE05

Para la teoría económica, la moneda es un instrumento neutral destinado a facilitar los intercambios entre distintos individuos o unidades económicas. Si todo va bien, ese instrumento debe desempeñar cuatro funciones diferentes: ser unidad de cuenta, medio de pago, medio de cambio y reserva de valor. La identi‚cación de esas funciones es la base para la de‚nición conceptual de la moneda, y también para la evaluación de las monedas realmente existentes: aquellas que cumplan con todas las funciones serán consideradas fuertes o sanas, aquellas incapaces de desempeñarlas todas, serán débiles o incluso enfermas. La sociología y la antropología conciben al dinero –y por extensión a las monedas–, de un modo distinto: se trata, ante todo, de hechos sociales. Esto signi‚ca que, más allá de su existencia objetiva (como monedas, billetes, asientos bancarios u otros), el dinero es siempre la expresión de relaciones sociales. Y lo es al menos en dos sentidos: son lazos sociales los que dan existencia a ese objeto con capacidad para operar como equivalente general y son también lazos sociales los que a través de su uso se crean, recrean y transforman constantemente. En consecuencia, cómo, cuándo y para qué se use el dinero o se elija una moneda u otra no es una cuestión puramente instrumental, sino que responde a los modos en que diferentes relaciones sociales se tejen en distintos momentos y lugares, dando lugar a prácticas plurales y con‚guraciones sociales distintas. Es desde esta perspectiva que proponemos abordar la cuestión del persistente uso del dólar en la economía argentina. ¿Economía vs cultura? Desde ‚nales de 2011, cuando comenzaron las restricciones a la compra de moneda extranjera, el lugar del dólar en la economía argentina ha vuelto a ser tema privilegiado de debate en diferentes Mariana Luzzi. Economía y cultura… 13 escenarios, y muy particularmente en los medios de comunicación. Periodistas especializados en economía, funcionarios públicos, economistas, politólogos y otros profesionales convocados en calidad de expertos son las voces de una discusión que rápidamente se estructuró en torno de una constatación: la preferencia de los argentinos por el dólar no es sólo una cuestión económica, sino también —y, para algunos, sobre todo— un “problema cultural”. Aunque en realidad nadie aventura una de‚nición precisa del problema, éste parece tener más bien las características de una patología: “trastorno obsesivo compulsivo (TOC) con el dólar”, “psicosis verde”, “elemento folklórico nacional y obsesivo”, “‚ebre del dólar” son algunas de las expresiones más utilizadas para designarlo. La persistencia del fenómeno a lo largo del tiempo, su carácter recurrente y sobre todo su irracionalidad son los elementos que justi‚can aquella designación: después de varias décadas, una parte importante de la sociedad argentina ahorra en dólares, tanto dentro como fuera de los bancos. Inicialmente lo había hecho como forma de proteger el valor de sus ingresos frente a elevados índices de in”ación, pero no dejó de hacerlo durante períodos de estabilidad. Más aún, esa práctica se prolonga hoy, cuando —crisis internacional mediante— el dólar ya no representa la más rentable de las alternativas de inversión posibles. En síntesis, para quienes de‚enden esta tesis, la preferencia por el dólar ya no es un comportamiento racional. Y si no es racional, entonces, no es económico. Es cultural. Karl Polanyi consideraba que el esfuerzo –relativamente exitoso– del liberalismo por desencastrar a la economía de las relaciones sociales que la producían y contenían había sido la gran transformación de la modernidad. Pero al mismo tiempo señalaba que ese esfuerzo estaba, en última instancia, destinado al fracaso: no sólo porque desde el inicio de ese proceso la sociedad había ofrecido resistencia frente al dominio creciente del mercado autorregulado, sino, fundamentalmente, porque la economía nunca podría autonomizarse por completo de la sociedad (Polanyi, 2001). La visión de una economía desanclada de las relaciones sociales ha sido, sin embargo, una ilusión poderosa y persistente. Ella se expresa, por ejemplo, en alternativas como la que presentan hoy los debates sobre el dólar: ¿son factores económicos o culturales los que explican la dolarización? Contra lo que la ciencia económica suele pensar, las relaciones sociales –y las representaciones que ellas producen– son constitutivas de la acción económica. No se trata entonces de plantear una disyuntiva (¿economía o cultura?) sino, más bien, una conjunción: ¿qué tipo de cultura de la economía produce determinadas prácticas y dónde tiene su origen histórico y social? 14 CULTURA SOCIAL DEL DÓLAR Cálculos y racionalidades Para quienes entienden la dolarización de las prácticas económicas como un problema cultural, la persistencia de la preferencia de los argentinos por el dólar es irracional. ¿Cuál es el criterio en que se funda esa caracterización? Esencialmente, la existencia de alternativas de inversión más rentables que el dólar. Ahora bien, ¿cómo se evalúan esas alternativas? ¿Para quiénes? ¿En qué marco temporal? Los actores sociales que participan de la demanda de dólares en la Argentina son múltiples. Empresas multinacionales que giran utilidades a sus casas matrices, importadores de diverso tipo, empresarios locales que fugan ganancias al exterior evadiendo obligaciones ‚scales, redes de contrabando y otros negocios ilegales, profesionales y asalariados de niveles medios y altos que compran dólares para atesorar en sus casas o en las cajas de seguridad de los bancos, personas que viajan al exterior o que quieren comprar una vivienda (cuyo mercado está dolarizado desde hace casi 40 años) e inmigrantes que envían remesas a sus países de origen son algunos de los más visibles. No todos pesan de igual modo en el volumen general de la demanda y, sobre todo, no todos buscan los dólares para los mismos ‚nes, ni en los mismos circuitos, ni con la misma frecuencia, ni con igual información ni tampoco haciendo los mismos cálculos. Si se acepta la existencia de estas diferencias entre actores es preciso reconocer también que las alternativas al dólar no son siempre las mismas, ni están igualmente disponibles para todos. Aun si pensamos en el universo de quienes recurren al dólar como forma de inversión, las diferencias son notables. En 2012, un estudio realizado por dos economistas de la UBA (Malic y Asiain, 2012) concluyó que, si se consideraba el período iniciado en 2003, la compra de dólares había sido la peor alternativa de inversión para los pequeños ahorristas argentinos. La conclusión era el resultado de comparar los rendimientos nominales en 2012 de tres inversiones hipotéticas realizadas en 2003: en dólares, en plazo ‚jo y en acciones líderes. ¿Cuáles son las premisas que se encuentran detrás de un ejercicio de este tipo? En primer lugar, que se trata de alternativas de inversión igualmente disponibles para todos los agentes (en este caso, los pequeños ahorristas); en segundo, que la evaluación de la rentabilidad potencial comparada es el elemento central en la decisión de inversión de estos actores; en tercero, que el horizonte temporal sobre el que se proyecta una inversión se conoce de antemano. Mariana Luzzi. Economía y cultura… 15 Sin embargo, estas premisas no se veri‚can necesariamente. En primer lugar, colocar dinero en un plazo ‚jo o comprar acciones son operaciones necesariamente mediadas por el sistema ‚nanciero; comprar dólares para su atesoramiento debajo del colchón, no. Al mismo tiempo, la inversión en los mercados de acciones exige un mínimo de conocimientos sobre el funcionamiento de las ‚nanzas que no todas las personas con capacidad de ahorro poseen o pueden fácilmente adquirir. En segundo lugar, entre los múltiples criterios que inciden en las decisiones de inversión no sólo se encuentra la evaluación de la rentabilidad, sino también (y entre otros) la de los riesgos. En un país con una historia reciente marcada por distintos episodios de congelamiento de depósitos, para muchos ahorristas la intermediación de los bancos puede ser algo que se tiende a evitar, más que a elegir. Finalmente, las evaluaciones que comparan el rendimiento pasado de diferentes inversiones parten de una información que los ahorristas no conocían en el momento de invertir (la evolución en el tiempo de la cotización del dólar, o de las acciones en cuestión). Más aún, asumen como cerrado un horizonte temporal que en aquel momento se encontraba abierto y por lo tanto era difícilmente comparable. Pero además ignoran que, en el caso de los pequeños ahorristas, esa apertura temporal es un rasgo constitutivo de lo que el ahorro representa para muchos de ellos: una forma de resguardo frente a un futuro incierto. Para Pierre Bourdieu, el homo economicus es una suerte de “monstruo antropológico”, un práctico con cabeza de teórico producido por eruditos que ponen en la cabeza de los agentes que estudian sus propias representaciones sobre las prácticas de aquellos (Bourdieu, 2005). Su alternativa frente a la noción de razón económica contenida en aquel modelo es la idea de que los agentes sociales tienen conductas razonables más que racionales, es decir, pueden llevar adelante prácticas de las que es posible dar cuenta a partir de la hipótesis de la racionalidad, sin que esas prácticas estén fundadas en el cálculo racional (Bourdieu, 1997). Esa distancia entre razonabilidad y racionalidad (en el sentido en que la entiende la teoría económica) es fundamental para comprender el problema del que nos ocupamos aquí. Ella permite dar cuenta de las formas plurales que asumen las prácticas económicas y de las distintas representaciones a que dan lugar, al tiempo que señala las diferencias entre estas y los modos eruditos de comprensión de la vida económica. ¿Cómo se transforman las prácticas? Según un estudio realizado en 2006 por la Reserva Federal de Estados Unidos la Argentina se encuentra entre los países con mayor circulación de dólares en billetes, con 1.300 dólares por habitante (Zaiat, 2012: 82-83). 16 CULTURA SOCIAL DEL DÓLAR La estadística es contundente en tanto permite aproximarse a la magnitud de activos que, sin salir del país, son mantenidos por fuera del sistema ‚nanciero –en cajas de seguridad o en el “colchón”. Si a esto se le suma la existencia de una fuga de capitales elevada y persistente, el resultado es un importante nivel de recursos nacionales que no logra ser canalizado hacia el ‚nanciamiento de la inversión. Por estos motivos, la desdolarización de las prácticas económicas constituye un objetivo mayor de la política pública. Ahora bien, ¿cómo es posible producir una transformación semejante? En los últimos dos años, las medidas implementadas por las autoridades apuntaron exclusivamente a cerrar las vías de acceso libre al dólar, eliminando la compra de divisas con ‚nes de atesoramiento y aumentando los controles para la compra para otros propósitos. Sin embargo, tal como lo muestran Alejandro Bercovich y Alejandro Rebossio en un trabajo reciente, el aumento de aquellas restricciones no necesariamente ha forzado una desdolarización de las prácticas económicas (Bercovich y Rebossio, 2013). Al contrario, como en muchos otros casos, el principal resultado de la imposición de una nueva legalidad ha sido la creación de nuevas ilegalidades –incluyendo el estímulo de un mercado de cambio paralelo. El ahorro en dólares forma parte del repertorio ‚nanciero de una parte de la sociedad argentina desde hace cuatro décadas. Es una práctica en la que se han socializado al menos dos generaciones y que, aunque en su origen estuvo indisociablemente ligada al crecimiento de la in”ación, con el tiempo fue mostrando cierta autonomía respecto de ella. En ese sentido, su persistencia hoy se explica tanto por la búsqueda de un refugio frente al deterioro del poder de compra del peso, como por su carácter inercial: es una práctica aprendida, que forma parte del repertorio de experiencia de los agentes. Por estos motivos, para revertirla o desalentarla es necesario algo más que un cambio de normativa. Es preciso, en primer lugar, formular alternativas viables frente a ella. Y para eso resulta indispensable reconocer que no todos los agentes que ahorran en dólares son iguales, ni ahorran con los mismos objetivos, ni tienen idénticas representaciones sobre el ahorro y el dólar. Y si los actores son diferentes, las políticas dirigidas hacia ellos también deberían serlo. Mariana Luzzi. Economía y cultura… 17 Una de las principales limitaciones para plantear alternativas frente al ahorro en dólares está en el sistema bancario. Si bien los niveles de bancarización aumentaron notoriamente en los últimos 15 años, producto sobre todo de la imposición del pago de haberes a través de cuentas bancarias, el vínculo de una parte importante de los clientes bancarios con las instituciones ‚nancieras es muy limitado. A la falta de familiaridad con la inversión ‚nanciera se suma también el peso de experiencias pasadas de congelamiento y reprogramación forzada de depósitos, lo cual no necesariamente mantiene a los ahorristas alejados de los bancos pero sí disminuye su disposición para buscar su asesoramiento experto y realizar colocaciones por plazos largos. En este sentido, la construcción de alternativas al ahorro en dólares no puede ser independiente de una re”exión sobre el sistema ‚nanciero y el rol que se le quiere asignar en el desarrollo económico y social. Para todos los casos, pero fundamentalmente para el de los pequeños ahorristas, la construcción de alternativas aceptables al ahorro en divisas depende en buena medida de una reformulación progresiva del funcionamiento del sistema bancario, en la que se garanticen tanto el acceso universal a los servicios ‚nancieros como la protección de los usuarios. Otra de las di‚cultades para la disminución del peso del dólar en las prácticas económicas está en la dolarización del mercado inmobiliario. Como se ha señalado en repetidas oportunidades, ese rasgo —excepcional en la región— es uno de los principales obstáculos para la desdolarización, en la medida en que el acceso a la vivienda es una de las ‚nalidades primordiales del ahorro de amplios sectores de la población. Tanto la reformulación del sistema ‚nanciero como la desdolarización del mercado inmobiliario son cambios que no pueden producirse de un día para el otro; al contrario, son transformaciones lentas, que el Estado debe encarar como objetivos de largo plazo. Para ello, es preciso que las políticas públicas asuman que el recurso al dólar no es un fenómeno homogéneo, sino el resultado de un conjunto heterogéneo de prácticas económicas realizadas por diferentes actores, en las que se ponen en juego distintas racionalidades y representaciones. Seguramente, el reconocimiento de esa pluralidad no garantice por sí solo el éxito buscado; pero sin él, todo intento de desdolarización parece condenado al fracaso.

Bibliografìa

Bercovich, A. y Rebossio, A. (2013). Estoy verde. Historia de una pasión argentina. Buenos Aires, Aguilar. Bourdieu, P. (1997). Razones prácticas. Barcelona, Anagrama. Bourdieu, P. (2005). Las estructuras sociales de la economía. Buenos Aires, Manantial. Malic, E. y Asiain, A. (2012) El dólar, ¿la mejor opción para el ahorrista? Cátedra Nacional de Economía. Arturo Jauretche. , visitado el 19 de julio de 2013. Polanyi, K. (2001). La gran transformación. México, FCE. Zaiat, A. (2012). Economía a contramano. Cómo entender la economía política. Buenos Aires, Planeta.

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