Un bicentenario para reflexionar

Otra vez vuelven las sirenas que nos dicen que la Argentina del Centenario era mejor que Canadá y Australia y que todos los males vienen por el peronismo que pareciera que nació de un repollo. Ante esos dichos hay que releer las historias de los países como Canadá y Australia y ver el lugar primordial que tuvo la industrialización en sus sociedades. Pero cualquiera puede decir cualquier cosa, en este caso el presidente de la sociedad rural que añora el otrora granero del mundo. Dejamos esta nota de Rapaport para seguir debatiendo el sentido y la dirección que está tomando la Argentina.

Por otro 9 de julio

Por Mario Rapoport *

Recuerdo aquí hechos que hace unos años traté de revivir, en un país cuya memoria parece para algunos más resbaladiza que un palo enjabonado. Pocos antes de la crisis del 2001, participé en un diario matutino en una polémica sobre el día de la independencia que quiero rememorar, mencionando sólo las ideas expresadas en ella, no sus interlocutores porque las creo en plena vigencia y lo que vale son los conceptos que se expusieron. Ante todo, los participantes buscaban comparar el 25 de mayo con el 9 de julio y había quienes afirmaban que el primero había sido un fenómeno revolucionario y el segundo un hecho más conservador. Lo que se discutía era que el 25 de mayo no significaba sólo la caída del rey de España, aunque se obraba bajo su fachada, sino también cubrir un vacío político poniendo en vigencia la soberanía popular como base de poder, ya experimentada en las invasiones inglesas, mientras que el 9 de julio constituía un intento de control por parte de varias fuerzas provinciales centrípetas que planteaban sus propios proyectos, en especial Artigas en la Banda Oriental, el más avanzado de nuestros próceres, que es necesario ubicar definitivamente en nuestra historiografía respetando la uruguaya. Pero este tipo de análisis disminuye el valor de la guerra de la independencia, así como también el hecho de que la exigencia de desvincularnos definitivamente de España vino del propio San Martín y de los temores que suponía la Santa Alianza y los procesos de restauración europeos.

Dicho de otro modo, la proclamación de la autonomía política frente al mundo no tenía que ver con la sangre que entonces se estaba derramando en las guerras de la independencia con ese propósito, sino que provenía de un cálculo político interno.

Por otra parte, se afirmaba que San Martín no tenía un pensamiento progresista y por eso defendía como forma de gobierno la monarquía, cuando lo progresista en él era la idea misma de esa independencia, que no estaba resuelta todavía en los campos de batalla y era boicoteada por muchos en Buenos Aires que le negaban su ayuda. Cuando se comparaban los propósitos de San Martín con los de Alvear, bien llamado por “carrerista de la revolución”, se señaló que la opción de aquellos que en aquel momento planteaban como fundamental no tanto la independencia sino la alianza con Inglaterra –algo que Belgrano llamaba “cambiar amo viejo por amo nuevo”– era progresista. Recordé entonces que el empréstito Baring de 1824 con los ingleses, constituyó el comienzo de una relación subordinada que nació muy temprano en Argentina y llegó para quedarse. Y hubo quien me respondió, hoy parecería una afirmación sorprendente, que era un desarrollo progresista vincularse al mercado financiero internacional. En el caso de aquel empréstito, y de la mayoría de los que vinieron después, eso no resultó cierto, sino que significó, como lo reconocen la casi totalidad de los historiadores argentinos y extranjeros, una verdadera estafa para el país, porque no dejó beneficio alguno y dio comienzo de un largo proceso de endeudamiento externo.

En la polémica se sostuvo también una idea peregrina: que la Argentina se enriqueció a pesar del endeudamiento y las relaciones desiguales. Y yo señalaba, por el contrario, cuánto más hubiéramos progresado si se adoptaba al igual que otros países de desarrollo similar (Canadá, Australia) caminos distintos como el de la industrialización y el de un mejor reparto de las tierras (incluyendo a numerosos inmigrantes) que no se hizo, quedando éstas en manos de una pequeña elite que se apropió del poder político y sostuvo por mucho tiempo un modelo exclusivamente agroexportador.

La polémica terminaba con la misma crisis que ya acechaba al país y allí planteamos una crítica al proceso de privatizaciones, sobre todo de Aerolíneas Argentinas, ya en bancarrota, y de YPF, que representaba un recurso estratégico fundamental como lo notamos hoy. Pero aquellas ideas en torno a la independencia del país que se discutieron entonces, premonitorias de la crisis que unos meses después vivimos, formaban parte de una cultura histórica donde lo que prevaleció fue la subestimación de todo interés nacional o, más directamente, la cultura de vivir dependiendo de otros o sometiéndose a factores o condiciones externas.

Un documento secreto del Foreign Office de los años cuarenta decía sin tapujos que “las clases dirigentes argentinas se creían una parte integral de la economía europea” (F.O. 6-2-1942). Hecho que se reflejaba en aquella época en la famosa frase del vicepresidente Julio A. Roca (h), quien llegó a sostener durante la firma del Pacto Roca–Runciman que “la Argentina desde un punto de vista económico debía considerarse parte del imperio británico”.

Pero fue en la década de 1990 que los planteos de subordinación financiera y monetaria alcanzaron su máxima expresión con la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central y, más tarde, durante la crisis de 2001 con las propuestas de dolarización de la economía y de su manejo por parte de expertos “externos”. En 2002, un historiador argentino desarrolló, en un congreso internacional de historia económica que se hizo en el país, una idea pergeñada por dos economistas del MIT, institución académica estadounidense: la que para salir de la crisis la Argentina debía abandonar su soberanía financiera y económica por unos años. Aquellos economistas afirmaban “que no se renunciaba a la identidad y el orgullo nacional al aceptar que unos cuantos extranjeros” conduzcan la política económica. Para tal fin inventaron la variante de la “credibilidad importada”. Si Argentina quería tener acceso al crédito internacional y a una política monetaria sólida –decían– hay que traer un banquero central internacional reconocido para que conduzca la economía con un juego de normas estrictas. No es extraño esa larga historia que padecimos por una moneda que no emitimos y constituye un elemento de presunto ahorro o fuga de capitales que deteriora nuestra economía.

Debemos recordar que los que impusieron por primera vez el control de cambios en la Argentina, que duró más de diez años, fueron los gobiernos conservadores de los años 30 para hacer frente a la crisis mundial de entonces, aunque con una salvedad. Como decía en mayo de 1939, en una carta al editor del Times de Londres, J.A. Dodero, presidente de la Cámara de Comercio Argentino en Gran Bretaña, “en una época en que se reducen drásticamente los permisos de cambio para importaciones provenientes de muchos países, las mercaderías inglesas entran con un tipo preferencial de cambio”. Lo que estaba justificado –a su juicio– para que las firmas británicas puedan aprovechar en su totalidad las oportunidades excepcionales que por razones tanto “sentimentales como económicas, los espera en el mercado sudamericano más importante para Gran Bretaña, la Argentina”. Creo que ahora entendemos mejor las resistencias que tuvieron en su época, donde estas concepciones ya existían, San Martín y otros próceres para lograr el 9 de julio de 1816 la proclamación de la independencia del país.

* Profesor emérito de la Universidad de Buenos Aires.

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