Curupayti

La batalla de Curupaytí y la Guerra del Paraguay

candido

El 22 de septiembre de 1866 tuvo lugar la batalla de Curupaytí, una de las batallas más sangrientas de la Guerra del Paraguay. La guerra, que enfrentó a la Argentina, Brasil y Uruguay contra Paraguay, se extendió entre 1865 y 1870, y respondió más a los intereses británicos de acabar con el modelo autónomo de desarrollo paraguayo -que podía devenir en un “mal ejemplo” para el resto de América latina- que a los objetivos de unificación nacional y defensa del territorio proclamados por sus promotore

Al estallar la guerra en 1865, Mitre había hecho un pronóstico demasiado optimista sobre la guerra: En 24 horas en los cuarteles, en 15 días en campaña, en tres meses en Asunción”. Pero lo cierto es que la guerra duró casi cinco años.
Alberdi –al igual que José Hernández y Guido Spano- apoyaría decididamente la causa paraguaya y acusaría a Mitre de llevar adelante una “Guerra de la Triple Infamia” contra un pueblo progresista y moderno. Escribirá entonces: “Si es verdad que la civilización de este siglo tiene por emblemas las líneas de navegación por vapor, los telégrafos eléctricos, las fundiciones de metales, los astilleros y arsenales, los ferrocarriles , etc., los nuevos misioneros de civilización salidos de Santiago del Estero, Catamarca, La Rioja, San Juan, etc., etc., no sólo no tienen en su hogar esas piezas de civilización para llevar al Paraguay, sino que irían a conocerlas de vista por primera vez en su vida en el ‘país salvaje’ de su cruzada civilizadora”.
La impopularidad de la Guerra de la Triple Alianza, sumada a los tradicionales conflictos generados por la hegemonía porteña, provocó levantamientos en Mendoza, San Juan, La Rioja y San Luis.
Finalmente, las tropas aliadas triunfarían en 1870, pero la victoria le costaría al país más de 500 millones de pesos y 50.000 muertos. Del millón trescientos mil habitantes que tenía el Paraguay, sólo sobrevivieron 300.000, la mayoría mujeres y niños.
El general Mitre declarará: “En la guerra del Paraguay ha triunfado no sólo la República Argentina sino también los grandes principios del libre cambio (…) Cuando nuestros guerreros vuelvan de su campaña, podrá el comercio ver inscripto en sus banderas victoriosas los grandes principios que los apóstoles del libre cambio han proclamado”.
La Guerra del Paraguay llevaba más de un año de desarrollo cuando tuvo lugar la Batalla de Curupaytí, en el fuerte del mismo nombre, unos kilómetros al sur de la Fortaleza de Humaitá, en el margen izquierdo del Río Paraguay, muy cerca del actual puerto de Las Palmas (Chaco). Las fuerzas de la Triple Alianza (Brasil, Argentina, Uruguay) se reagruparon desde los primeros días de septiembre, para atacar este baluarte defensivo de Paraguay. Por la mañana del 22 de septiembre, abrió fuego la escuadra brasileña. Poco después, chocaron las posiciones de artillería y más tarde, el general Mitre llevó a las tropas bajo su mando a una masiva masacre. Los argentinos tuvieron más de dos mil bajas, entre muertos, heridos y dispersos, cerca del 40% de los efectivos empeñados.
Recordamos este episodio a partir del relato del historiador José María Rosa, gran exponente del “revisionismo histórico” y declarado opositor de la corriente historiográfica inaugurada por el mismo general Bartolomé Mitre.
Fuente: José María Rosa, La Guerra del Paraguay y las montoneras argentinas, Hyspamérica Ediciones, Buenos Aires, 1985, págs 211-212.
Cabe agregar que en esa batalla falleció Dominguito, el hijo del futuro presidente Domingo Sarmiento. Y que la guerra al Paraguay concordó históricamente con una Inglaterra necesitada de algodón luego de que su principal proveedor, el sur de los Estados Unidos, había perdido la guerra civil contra el norte industrializante. Paraguay rápidamente se convirtió en un campo de algodón y pese a haber resistido hasta 1870 la toma de empréstitos usureros por parte de las casa financieras inglesas, luego del fin del conflicto Paraguay tomó su primer préstamo con Inglaterra. La derrota fue total.

Sarmiento y su lado menos conocido

Copiamos este texto de Teodoro Boot publicado en el http://www.desdegambier.blogspot.com referido a una figura argentina que ha sido uno de los artífices y constructores de una lengua y una sociología argentina, así como (junto con Avellaneda) un promotor de la educación ampliada. Pero también tiene su lado oscuro, al estilo Jeckill y Mr. Hyde, debido a haber sido no sólo uno de los ideólogos de la matanza de los gauchos federales, verdadero sujeto político alternativo al poder liberal en el siglo XIX, sino también por ser replicador de las teoría racistas más conservadoras en lo social en contra de la población nativa de nuestro país y de América. Desconociendo a los incas, aztecas, guaraníes y negando su cultura es como Sarmiento justifica “científicamente” que nuestro país, para tener futuro, debe ser poblado por inmigrantes europeos. Esta mirada se contrapone a la idea de educación inclusiva para todos que a veces se le atribuye, porque fue él mismo quien negó la posibilidad de ascenso social de los herederos de la población nativa.
Les dejo el texto.
Racismo y Nación

Teodoro Boot
En el 2014 se cumplen 130 años de la publicación del primer tomo de Conflictos y armonías de las razas en América, último ensayo de Sarmiento y penúltima de sus obras. Le seguirá Vida de Dominguito.
Nacido Faustino Valentín Quiroga en la aldea de San Juan de la Frontera, el 15 de febrero de 1811, murió en Asunción del Paraguay el 11 de septiembre de 1888 convertido en Domingo Faustino Sarmiento, gobernador de San Juan, senador nacional, ministro, diplomático, director general de Escuelas y Presidente de la Nación entre 1868 y 1874.
Autor de una obra fecunda, tan versátil como despareja, entre la que destacan obras maestras como Facundo o las conmovedoras evocaciones de Recuerdos de provincia y Vida de Dominguito, junto a diatribas como Las ciento y una y las tesis racistas de Conflictos y armonías de las razas en América, fue uno de los escritores y políticos más influyentes de la historia argentina.
Dos obras liminares
De todo lo que escribió, dos libros reflejan la coherencia de su pensamiento y su vigencia en la actualidad: el temprano Facundo. Civilización y barbarie, publicado en Chile en 1845, y Conflictos y armonías de las razas en América, de 1884, obra aun en su momentocriticada con acritud, sin que faltara quien la considerase una prueba flagrante de su decadencia mental. No obstante, las ideas ahí  expuestas fundan sólidamente la sociología argentina, y son recogidas por El federalismo argentino de Francisco Ramos Mejía, La ciudad indiana de Juan Agustín García y Rosas y su tiempo de José María Ramos Mejía (1907), entre otros, por no mencionar sus puntos de contacto con el ya más reciente ¿Qué es esto?(1956), de Ezequiel Martínez Estrada.
Si en Facundo había expuesto las tesis que provocarán y explicarán la persecución a los afroporteños luego de Caseros, las guerras de exterminio contra las provincias primero y el Paraguay después, así como las sucesivas compañas contra los pueblos indígenas, enConflictos y armonías desarrolla la justificación histórica y sociológica de esas masacres.
Por si no fuera suficiente con sus libros, artículos y discursos, en una carta a Mitre de 1872 sostiene que “estamos por dudar de que exista el Paraguay. Descendientes de razas guaraníes, indios salvajes y esclavos, que obran por instinto a falta de razón. En ellos se perpetúa la barbarie primitiva y colonial. Son unos perros ignorantes de los cuales ya han muerto ciento cincuenta mil. Su avance, capitaneados por descendientes degenerados de españoles, traería la detención de todo progreso y un retroceso a la barbarie”.
En cierto sentido, podría decirse que tiró el cascote y escondió la mano, pero lo hizo con tal maestría que es simpáticamente recordado como padre del aula y se erige aun en la actualidad como emblema de la docencia argentina.
Salvajes, bárbaros y civilizados
Es con Facundo y a golpes de párrafos, que Sarmiento iniciará su sorprendente carrera política, desde la invención del insólito grado de “boletinero” en el Ejército Grande, para el que diseñó su propio funambulesco uniforme, hasta la Presidencia de la Nación. Y es tambiénFacundo su primera gran obra, novela y biografía, tratado histórico, pintura sociológica, retrato de costumbres y auténtica plataforma política: ahí están desde sus planes de educador hasta la justificación de la violencia como instrumento civilizador. Ahí, ya desde el subtítulo y plenamente desarrolladas en el interior, están las bases de una mitología política que recorrerá toda nuestra historia.
En la idea de que el hombre evoluciona de lo más simple a lo más complejo, para Sarmiento el desarrollo social, partiendo del estado previo del salvajismo (en el que estarían incursos los indios, a quienes no considera integrantes de la nación y que sólo pueden ser exterminados), consta de dos etapas: la “barbarie” y la “civilización”, siendo entonces la “barbarie” el estado intermedio en el camino hacia la “civilización”.
En contraposición a Rosas, destinatario real de su libro, a quien acusa de demagogia por practicar el sufragio universal y autorizar plebiscitos populares, así como por cortejar el apoyo político de los negros y las mujeres y hacer tratos con los indios, la propuesta de Sarmiento restringía la participación política: sólo deberían votar las personas educadas en los valores de la democracia liberal. Era un criterio elitista que excluía sectores mayoritarios de la población y se basaba en la voluntad de acción de las minorías ilustradas, que debían ejercer el liderazgo político en la sociedad futura.
Más conflictos que armonías
Para el historiador Hugo Chumbita, enConflictos y armonías “Sarmiento explicita una concepción antidemocrática para gobernar a las masas de bárbaros e hijos de bárbaros. La ‘civilización’ sólo podía imponerse contra ellos. Y la escuela debía servir para extirpar la herencia cultural hispana e indígena, con la ‘vacuna’ europeísta. Las palabras finales de este penúltimo libro de Sarmiento son: ‘Seamos Estados Unidos’”.
Es sabido que para Sarmiento, los españoles, representan las escoria de Europa; que los indios eran “animales” y que, los negros –siendo también animales eran un “poco” mejores que los indios. La mezcla de todos ellos, el acabóse.
Básicamente, según Sarmiento, este es el problema originario que arrastra la América toda. Su tesis se configura a partir de la existencia de un mal que amenaza desde el fondo de la historia con detener la idea de progreso material: el mestizaje.
Conflictos y armonías resume lo central del pensamiento sarmientito, incorporando el componente racial como eje fundamental de su proyecto de nación. Se trata de una obra significativa, no sólo por su sugestivo título sino, además, porque condensa o sintetiza el pensamiento maduro de Sarmiento y sus obsesiones primeras. “De las ideas en él contenidas –sostiene David Solokdow, doctor en Literatura Latinoamericana de la Universidad de Vanderbilt– han madurado modelos ensayísticos, sociológicos y literarios (Ezequiel Martínez Estrada (1933), José Vasconcelos (1925), José Enrique Rodó (1900), Antonio Salvador Pedreira (1934), Eduardo Mallea (1937), entre otros) que, o bien se han opuesto a las ideas de exterminio planteando caminos alternativos con el mestizaje como posibilidad o que, al retomar su línea de pensamiento, la han modificado parcialmente para arribar a diferentes interpretaciones de la realidad nacional… El tópico que Sarmiento instrumenta en este texto, esto es, el atraso americano debido al mal originario de la mezcla de sangre, es fundamental para reflexionar en torno a las relaciones entre raza y nación”.
Para Sarmiento existe un mal que aqueja no sólo a la Argentina sino a América, un mal que ya no podrá depender únicamente de las relaciones de determinismo natural que, en elFacundo, implicaban los accidentes exterioresdel suelo… El componente esencial que determina el atraso es la mentalidad americana, que sería, a su vez, producto de la mezcla racial.
Con la pluma y la palabra
En Conflictos y armonías pueden encontrarse perlas de este estilo: “Es acaso ésta la vez primera que vamos a preguntarnos quiénes éramos cuando nos llamaron americanos, y quiénes somos cuando argentinos nos llamamos. ¿Somos europeos? ¡Tantas caras cobrizas nos desmienten! ¿Somos indígenas? Sonrisas de desdén de nuestras blondas damas nos dan acaso la única respuesta. ¿Mixtos? Nadie quiere serlo, y hay millares que ni americanos ni argentinos querrían ser llamados. ¿Somos Nación? ¿Nación sin amalgama de materiales acumulados, sin ajuste ni cimiento? ¿Argentinos? Hasta dónde y desde cuándo, bueno es darse cuenta de ello.”
Corolarios de la temprana alerta de Facundo:“Las razas americanas viven en la ociosidad y se muestran incapaces, aún por medio de la compulsión, para dedicarse a un trabajo duro y seguido. Esto sugirió la idea de introducir negros en América, que tan fatales resultados han producido”.
Pero, como siempre, todo racismo es mascarón de proa del odio social. El mismo Sarmiento nos lo revela: “Si los pobres de los hospitales, de los asilos de mendigos y de las casas de huérfanos se han de morir, que se mueran: porque el Estado no tiene caridad, no tiene alma. El mendigo es un insecto, como la hormiga. Recoge los desperdicios. De manera que es útil sin necesidad de que se le dé dinero. ¿Qué importa que el Estado deje morir al que no puede vivir por sus defectos? Los huérfanos son los últimos seres de la sociedad, hijos de padres viciosos, no se les debe dar más que de comer”. (Discurso en el senado de Buenos Aires, 13 de septiembre de 1859)
En el mismo senado halagará los oídos de sus colegas: “Cuando decimos pueblo, entendemos los notables, activos, inteligentes: clase gobernante. Somos gentes decentes. Patricios a cuya clase pertenecemos nosotros, pues, no ha de verse en nuestra Cámara ni gauchos, ni negros, ni pobres. Somos la gente decente, es decir, patriota”, y finalmente iluminará el camino para tanto “demócrata” contemporáneo: “Una Constitución pública no es una regla de conducta para todos los hombres. La Constitución de las masas populares son las leyes ordinarias, los jueces que las aplican y la policía de seguridad. No queremos exigir a la democracia más igualdad que la que consienten la diferencia de raza y posiciones sociales”.
El sanjuanino sentó escuela y dejó en toda América discípulos que se prolongan hasta la actualidad.
Gloria y loor.

Nuevamente aparece esa figura: hablando de Roca ¿qué estamos discutiendo?

El diario La Nación publicó ayer esta nota http://www.lanacion.com.ar/1652917-militancia-e-ignorancia en la que argumenta en defensa de Roca a raíz de un mapa que se encontró en EEUU en donde la zona sur de la Patagonia no estaba reconocida como territorio nacional. Y que por ende los que quieren tirar abajo la estatua de Roca en Bariloche, auto reconocidos como mapuches, no saben de historia y son víctimas del revisionismo oficialista que ensalza algunos héroes y demoniza a otros. Es real que en ese momento la Patagonia hoy argentina era zona de disputa con Chile, pero no es menos real que se causó un martirio muy grande en pos de cumplimentar la organización territorial. Roca fue el hombre elegido para terminar la tarea que se había encomendado a Alsina anteriormente que había utilizado la técnica del zanjón para separarse de los indígenas. El tema es interesante porque Roca luego de esta situación va a llegar al gobierno en 1880 sin el apoyo de los porteños comandados por el creador del diario La Nación y ex presidente Bartolomé Mitre. Roca es quien federaliza el puerto de Buenos Aires dando fin a una disputa de 70 años, pero es también quien ancla el desarrollo del país al imperialismo de la época que era el inglés. ¿Había otras opciones? El Paraguay destruido de los López había indicado un camino respetado por el federalismo argentino en donde se imponía un desarrollo autónomo negociando en mejores condiciones con los prestamistas y usureros de Inglaterra. Era el intento de negociación a varias bandas que se había propuesto Rosas incluyendo a Estados Unidos y Francia en el menú de opciones. Argentina quedó supeditada a Inglaterra y fue el hijo de Roca quien llegó al punto máximo cuando firmó el tratado Roca-Runciman que más o menos nos ponía como suplicantes para que Inglaterra nos comprara carne. Eso hasta que llegó Perón con eso de que nosotros tenemos la comida y uds el apetito veremos quien aguanta más, pero eso es otra historia.

Volvamos a Roca. Que La Nación lo reivindique pese a haber nacido como un adversario de Bartolomé Mitre no aparece como una falta de lealtad, porque en definitiva Roca puso su astucia al servicio de los capitales ingleses, no de su pueblo. Y eso le permitió aliarse luego de su presidencia con un Mitre en sus últimos años. Por eso es que puede ser reivindicado desde ese diario, pese a que existan mitristas talibanes que financien a los indigenistas porteños para tirar la estatua de acá de capital. Pero el tema es la estatua del centro cívico de Bariloche. El diario La Nación trata a los mapuches como chilenos, sabiendo que esa comunidad estaba a los dos lados de las fronteras, además de acusarlos de asesinos de los tehuelches. Interesante ver como sacan a relucir cuestiones antecedentes de la conquista española para justificar el presente. Lo mismo decían para justificar las matanzas españolas en México o Perú: no se podía juzgar a Hernán Cortés porque los aztecas habían dominado a los tlaxcaltecas. Acá parecen ir por ese mismo camino, pero todas las lecturas históricas hay que contextualizarlas con el presente, y el presente indica que el discurso que discute la figura de Roca no aparece solo como una cuestión de nombres sino dentro de un proceso político amplio donde está en juego la inclusión e integración de los sectores populares de nuestro país. En el caso de nuestro sur y más específicamente de Bariloche la estatua no representa la argentinidad únicamente sino el recuerdo de las matanzas de los abuelos de quienes integran los sectores populares de esa región. La ascendencia indígena mapuche es amplia, y sabemos que lo que generalmente le molesta a nuestra clase dominante es mezclarse con los que tienen la piel oscura. El movimiento alrededor de la estatua en un lugar tan importante como Bariloche por su centralidad representa la posibilidad de discutir una infinidad de temas relacionados con la inclusión y la distribución de los ingresos que genera nuestra patria. La historia juega su centralidad en el aquí y ahora y es nuevamente el diario La Nación que se pone del lado de quienes ningunearon siempre a nuestro pueblo y ahora no sólo quieren seguir en ese camino sino que además los acusa de no conocer la historia y valorar poco el hecho de ser argentinos. Toda una afirmación para quienes se beneficiaron por siempre del saqueo de nuestra patria.

Dejo un post de octubre de 2011 sobre esta cuestión.

La cuestión Roca

Posted on octubre 21, 2011

El 12 de octubre, más la demanda que le están haciendo los Martinez de Hoz a Osvaldo Bayer traen nuevamente la discusión alrededor de una figura como Julio Argentino Roca. En pleno kirchnerismo que nada entre los factores de poder real para intentar salir airoso es un buen momento para darse una discusión que muchas veces se cree saldada por lo políticamente correcto. Si algo nos enseñó esta etapa es que el vínculo con los factores de poder real no es gratuito y para su desmonte no sirve, solamente, salir a gritar que no nos gusta. Es urgente crear las alternativas reales y posibles para el desmantelamiento de los nichos de poder concentrado que se heredaron y se mantuvieron mientras había objetivos más importantes dentro de la estrategia marco. Para dar un ejemplo, hasta 2010 había que dar trabajo y después veíamos la calidad del mismo. Hoy ese trabajo tiene que estar bajo la estricta legislación laboral argentina. Esto quiere decir que antes no? No, lo que quiere decir es que en la urgencia hay que resolver lo importante. Abrir la cantidad de frentes que se pudieran operativizar con la fuerza que se tenía en ese momento. Hoy la situación es otra y es necesario profundizar la construcción de una Argentina para los 40 millones que somos. Con este bagaje acumulado volvemos a discutir la historia, pero entendiendo sus contradicciones y tratandonos de salir del bien y el mal. Para la Argentina del siglo XIX el roquismo significó la derrota del mitrismo. La pregunta es si a nosotros hoy eso nos importa, o ponemos la lupa únicamente en la aberrante campaña del desierto?

Dejo dos textos sobre este tema para abrir el debate.

Extraído del blog pájarosalinas.blogspot.com

Roca y el indigenismo como coartada de los enemigos de la Nación

La Argentina moderna no existiría sin la decisión de Roca
Estigmatizarlo como genocida:  ¿Justicia indígena o venganza porteña?
Por Teodoro Boot / Pájaro Rojo
A Julio Argentino Roca le salió el peor de los defensores posibles: que a un tipo lo defienda Mariano Grondona es casi una admisión de culpabilidad… si es que ese tipo se encuentra en condiciones de aceptar o rechazar esa defensa, lo que no es justamente el caso.  Roca, que es de quien hablamos, murió de viejo hace exactamente 97 años. No es su culpa si ahora le salió un Grondona, así como antes le salieron un Félix Luna o un Jorge Abelardo Ramos, tal vez su mejor y más exaltado panegirista.
Como no es cuestión de escribir un libro, optaremos por la síntesis y la simplificación, lo que conlleva el riesgo de la arbitrariedad, pero en tren de una más fácil lectura debería concederse la posibilidad de que toda afirmación pudiera en su oportunidad fundamentarse.
Roca nació en Tucumán en 1843, en el auge del poder rosista y en una provincia mediterránea tradicionalmente antirrosista, en gran parte por antiporteña, dos datos a tener en cuenta y que deberían sumarse a un tercero: fue educado en el Colegio Nacional de Concepción del Uruguay, institución que no tuvo su Juvenilia, pero en la cual fue moldeada la futura clase intelectual y dirigente de la Confederación Argentina.
La existencia de la Confederación Argentina es otro dato a tener en cuenta: existió, institucionalmente organizada, desde la proclamación de su Constitución en el año 1853 –cuando Roca no llegaba a los 10 años de edad– hasta que su jefe político y militar, Justo José de Urquiza, decidió perder la batalla de Pavón. Roca tenía entonces 18 años y combatió en el bando confederado.
Pavón, una encrucijada. La batalla de Pavón y su extraño desenlace son considerados a veces una pintoresca anécdota menor de la historia argentina, opacada, por ejemplo, por la batalla de Caseros, que acabó con la gobernación de Juan Manuel de Rosas y su manejo de las relaciones exteriores de la Confederación en su etapa aun no institucionalizada. Pero Pavón no fue un hecho menor. Mientras para muchos de los contemporáneos, aunque terminara siendo otra cosa, Caseros podía ser vista como la voluntad de parte del interior argentino impuesta sobre el arbitrario manejo portuario y aduanero que ejercía la provincia de Buenos Aires, Pavón fue la claudicación del proyecto federal de trece provincias ante lo que de ahí en más y por veinte años será la omnímoda voluntad de los comerciantes porteños y los ganaderos bonaerenses, ambos ligados mucho más estrechamente al comercio exterior que a una economía nacional.
Militar de profesión, el joven Roca pasará a revistar en el ejército nacional, eufemismo por el que será conocido el ejército porteño que por directivas de Mitre y Sarmiento aniquilará los levantamientos provinciales de Ángel Vicente Peñaloza, Felipe Varela, Pancho Saá y Simón Luengo, acabará con el Paraguay independiente de Francisco Solano López y extinguirá la última de las montoneras argentinas dirigida por el gobernador entrerriano Ricardo López Jordán.
A diferencia de federales de una generación anterior, como Telmo López, el mismo López Jordán, los hermanos Hernández, Olegario Andrade y Carlos Guido y Spano, Roca combatirá contra el Paraguay y, en el bando contrario a todos ellos, y será quien personalmente ponga fin a las quijotescas andanzas de Ricardo López Jordán. Tenía entonces 28 años y era uno de los más prestigiosos oficiales del ejército.
A los 32 años y ya ministro de Guerra, lleva a cabo lo que la historia oficial recuerda como la mayor de sus hazañas, la “Campaña del Desierto”, que Estanislao Zevallos, en un opúsculo particularmente racista promovió como “La conquista de 15.000 leguas”.
Cinco genocidios. La Campaña del Desierto permitió a la todavía inexistente República Argentina ocupar la Patagonia y fue un auténtico genocidio, uno de los cinco genocidios perpetrados por nuestro país –se podrá decir, “por la clase dirigente de nuestro país”, pero va de suyo que la que dirige es siempre “la clase dirigente”.
Técnicamente hablando –al menos en la acepción que da al término Naciones Unidas–, genocidios también fueron la casi literal desaparición de los afrodescendientes –mayoritarios en el virreinato rioplatense al momento de la Independencia–, la “guerra de policía” contra las provincias del noroeste, la eliminación física de más del 70 por ciento de los hombres paraguayos durante la guerra de la Triple Alianza y la más reciente persecución y eliminación de opositores políticos durante la última dictadura militar.
Cinco años después de la “Campaña del Desierto”, en su condición de jefe del ejército y candidato presidencial de las provincias, es el todavía joven Roca quien acaba con la nueva revolución secesionista porteña, esta vez encabezada por Carlos Tejedor.
Y es en este punto donde conviene detenerse. Si bien “el problema del indio” era un asunto de larguísima data y así como en nuestra vida independiente las distintas naciones aborígenes habían intervenido en las guerras civiles, y ya en 1837 Domingo Faustino Sarmiento había establecido la doctrina básica respecto a “bárbaros” y “salvajes” en su panfleto Facundo. Civilización y barbarie, no había sido la siempre ambigua relación con las naciones aborígenes la principal dificultad en la conformación de la nación argentina. Antes bien, el principal escollo había sido Buenos Aires y los intereses de su clase dirigente, el sector mercantil ligado al comercio británico que con el tiempo –y Roca mediante– derivaría en “oligarquía ganadera”.
La Banda Occidental. Al momento en que Nicolás Avellaneda –que había inaugurado su mandato enfrentando una revolución porteña orientada  por Bartolomé Mitre– terminaba su período, en Buenos Aires se preparaba a una nueva secesión, similar a la que se prolongó desde 1852 hasta 1860, cuyo propósito era la constitución, en la margen opuesta del Plata, de una réplica de la República Oriental del  Uruguay. Es entonces el ejército nacional, ya librado de la influencia porteña y dirigido por Julio A. Roca, el que lo impide y, triunfante sobre la revolución de Carlos Tejedor, impone la federalización de la ciudad de Buenos Aires y la de su puerto. Si alguno quiso ver en este acto la victoria del interior argentino sobre la voluntad hegemónica y en su defecto aislacionista de Buenos Aires, a juzgar por los acontecimientos posteriores, se equivocó. Pero el acto es, sin lugar a dudas, el hecho fundante de la Argentina actual, con lo bueno y malo que esto supone, y siempre según quien mira. Lo que está claro es que de no ser por la decisión de Roca, que pasó por encima de las vacilaciones del presidente Avellaneda, nuestro país no sería uno, sino dos. Y no es ucronía suponerlo: era el objetivo explícito de la clase dirigente porteña, hasta en ese momento autosuficiente con su fértil “pampa húmeda”, su puerto y su aduana, constituirse en otra ROU.
Tal vez visto –muy engañosamente– desde hoy, este acontecimiento no revista gran importancia. Es razonable que así sea: el triunfo de Roca –y por su intermedio, del interior argentino– sobre Buenos Aires no fue definitivo.
Roca no dejó un diario, ni dos, y los dos grandes medios “nacionales” que pervivieron, al menos uno de ellos hasta la actualidad, fueron sus principales opositores y contradictores. Ninguno de ellos, claro, lo acusó  por su responsabilidad en uno de los grandes genocidios perpetrados por la clase dirigente de nuestro país.
A favor. Vale recordar  –como para no aburrir con cosas viejas y antes de precipitarnos tal vez muy apresuradamente hacia el final–, que el llamado roquismo fue acompañado y fundamentado por la flor y nata de la intelectualidad argentina de la época, desde los talentosos e injustamente olvidados Osvaldo Magnasco, Rafael Hernández y Evaristo Carriego, hasta los más consagrados –y edulcorados– Guido y Spano, y Olegario Víctor Andrade, y notables políticos como José Hernández, Roque Sáenz Peña o Hipólito Yrigoyen. Que a esa notable generación y a la siguiente, forjada en los albores el roquismo y languidecida lastimosamente luego de su decadencia, nuestro país le debe, tanto la conformación del Estado nacional y el establecimiento de sus fronteras, como las principales leyes “progresistas” de nuestra legislación, como por ejemplo –y para no abundar– las de registro civil, matrimonio civil y educación laica, universal y gratuita, hasta las primeras leyes de protección de los derechos obreros y tal vez el más importante estudio sobre la situación de los argentinos de a pie: “El estado de las clases obreras argentinas”, redactado por el catalán  Joan Bialet Massé a pedido del propio Roca.
Y puesto que mencionamos a Bialet Massé, constructor del dique San Roque, cabe preguntarse, muy retóricamente, a qué intereses beneficiaba la campaña iniciada por la prensa porteña destinada a difamar toda la obra de gobierno del cordobés Miguel Juárez Celman, que llegó al punto de alarmar a la población de Córdoba anunciando el inminente derrumbe del hasta hoy enhiesto dique… en plena época de sequía.
Negros, chusmas y chinos. Suena razonable que a ciertas gentes, ya sea por distracción o interés, algunos detalles le pasen desapercibidos,  pero preocupa que quienes militan o adscriben a la causa nacional y popular no adviertan que así como la gran prensa hizo escarnio de los “cabecita negras” peronistas y “la chusma” yrigoyenista, también despreció a “los chinos” del roquismo, vale decir, aquellos sobrevivientes de las guerras civiles que llegaron a Buenos Aires a imponer su voluntad nacional, osadía que el establishment cultural porteño jamás les perdonó.
Julio Argentino Roca no es, ni se acerca a ser, algo parecido a una suerte de Padre de la Patria, pero está tan lejos de eso como de ser el gran villano de nuestra historia que cierta moda contemporánea le endilga. Fue el suyo un período histórico lo suficientemente rico y atractivo como para no caer en simplificaciones y consignas políticas que carecen de la menor relación con los dilemas de la época, y conviene no dejarse arrastrar por ciertas consignas supuestamente políticas y lugares comunes “políticamente correctos” que carecen de fundamento histórico y a la vez disponen –si se permite en virtud de nuestra experiencia vital– de una sospechosa cobertura de prensa que vaya uno a saber por qué (y más allá de las opiniones de Mariano Grondona)  pretenden transformar a Julio A. Roca en el gran monstruo de la historia argentina.
No lo es. Bajo ningún punto de vista lo es, y las sorprendentes campañas en su contra tienen mucho de sospechoso, tal vez por cierta paranoica asociación que uno puede establecer con las reacciones “indigenistas” contra las estrategias de conformación de un Estado nacional que deben soportar gobiernos como el de Evo Morales o Rafael Correa.
El Estado, campo de batalla. Es comprensible que para historiadores de ideas libertarias como Osvaldo Bayer –que pasan tanto tiempo en Berlín como en Buenos Aires y para quienes el Estado es sinónimo de opresión–  el genocidio indígena ejecutado –en parte– por Julio A. Roca, sea determinante y suficiente como para reclamar su excomunión y extirpación de la historia argentina, hasta el punto de volverlo análogo a una especie de Petiso Orejudo de la oligarquía. Pero saliendo de Berlín no es difícil advertir que ese Estado que Roca contribuyó más que nadie a crear, es en cierto modo instrumento de opresión y dominación,  sí, pero a la vez es un campo de batalla, y al cabo, instrumento del que se valen  las clases populares para defenderse de la opresión de los poderosos, que en estos hemisferios no requieren ni de nacionalidad  ni de Estado para ejercer su dominio.
Es así que resulta descabellado escuchar hoy que en virtud de su relativa responsabilidad en uno de los cinco genocidios argentinos sea necesario eliminar a Roca de los billetes de la moneda nacional y dinamitar las estatuas que se le han erigido en diversas partes del país ¿Por qué Roca? ¿Por qué derrumbar la estatua de quien, además de derrotar mapuches, impuso la voluntad provinciana sobre Buenos Aires, conformó la Argentina actual y construyó el Estado nacional?
Más que un reclamo imposiblemente indigenista, esta campaña parece nacida de una vieja animadversión porteña. Y sería bueno aclarar este dilema, porque si se trata únicamente del genocidio indígena, sobre el cual con tanta liviandad como ignorancia se afirma que (¡en 1875!) había otras alternativas, convendría agarrárselas con los autores intelectuales del crimen y no tan sólo con sus tardíos ejecutores materiales, que resultan chivos expiatorios ideales en virtud de que carecieron y carecen de diarios y órganos forjadores de prestigio intelectual que los defiendan.
Rosas, el integrador. Cabe recordar que cualquier posibilidad de negociación con las naciones indígenas tendiente a su integración a la entonces embrionaria nacionalidad argentina, había acabado con la caída de Rosas, aunque justo es decir –a juzgar por los tratados de paz firmados entre Calvuncullá y Urquiza en representación de la Confederación  Argentina, y más tardíamente entre Lucio Mansilla y los ranqueles (acuerdo este último desautorizado por el presidente Sarmiento), que esa integración habría sido posible de no ser haber sido derrocado Rosas y de no mediar la sujeción de Urquiza a la política porteña personificada en Bartolomé Mitre.
Lo que puede estar claro, sin mayores esfuerzos intelectuales, es que entre los pueblos o naciones aborígenes y la incipiente oligarquía bonaerense, representada por Mitre mucho más que por Roca, no había ninguna posibilidad de entendimiento. Y esto estaba claro desde 1837, cuando en su obra magna Sarmiento explicó, a sus contemporáneos y a las generaciones posteriores, que en nuestra América, los hombres se dividían en tres clases: salvajes, bárbaros y civilizados. Y así como en esa obra –Facundo– el padre del aula desarrolla su programa político y nos explica que es necesario civilizar a los bárbaros, aunque sea a palos, también nos dice que a los salvajes resulta imprescindible exterminarlos.
El don de la inoportunidad. Facundo fue escrito y publicado en Chile, seis años antes de que a al coronel Segundo Roca se le ocurriera hacerle un hijo a la hermana menor de Marcos Paz. Es así, por decirlo de alguna manera, que resulta curioso que en el momento en que nuestros mestizos –a no olvidarlo, irremisiblemente mestizos– pueblos americanos se abocan a la impostergable conformación de sus estados nacionales, paso previo e indispensable de la necesaria unidad continental, cobren tanto énfasis y tengan tanta difusión discursos supuestamente indigenistas que en pos del necesario respeto y reivindicación de las diversas culturas que conforman nuestra común nacionalidad americana, sean a la vez funcionales a ideologías y políticas que en la práctica atentan contra esa nacionalidad. Y en consecuencia, contra las diferentes identidades étnicas y culturales que la conforman.
La “demonización de Roca” –como dice su inopinado, sorprendente e incongruente defensor– parece ir en esa sintonía. ¿Qué sentido tiene el reclamo de eliminar la imagen y derribar las estatuas del creador del Estado nacional y artífice del triunfo del interior argentino sobre Buenos Aires? ¿Por ser el perpetrador de la fase final del genocidio indígena?
Pues bien,  si ése el motivo, eliminemos su imagen y derribemos sus estatuas, pero sólo si antes eliminamos las imágenes y derribamos las estatuas de Rivadavia, Mitre y especialmente del autor intelectual y cimentador ideológico de la tragedia indígena: Domingo Faustino Sarmiento.
Y si no, no.
Reportaje de NI a Palos a
Javier Trimboli, historiador:
“Es maravilloso que se vuelva a discutir a Roca”

Si es que se puede pensar ya en posibles consecuencias de eso que todos llaman la vuelta de la política, una de las más interesantes es, sin dudas, la de revisar la historia de nuestro país. En este sentido, el 12 de octubre -antes Día de la raza ahora Día del respeto por la diversidad cultural- parece un fecha ideal para volver a discutir el pasado. En este debate se puso de moda pegarle a Julio Argentino Roca verdadera bestia negra de la historia nacional, aunque también –bien vale aclararlo- hombre clave en la fundación del Estado Nacional. Como Ni a palos nunca se conforma y siempre que haya una discusión se da manija, fuimos a buscar a Javier Trímboli, historiador, pura lucidez.

Por Julia Mengolini / Ni a palos

-¿Qué sentido le ves a sacar a Roca del billete de 100 y de toda esta ola antiroquista que propone bajar los monumentos?

– No le veo mucho sentido. Sobre todo porque sigue siendo interesante que personajes de las características de Roca acompañen un proceso político como este, aún cuando uno no pueda decir en lo más mínimo que está plenamente de acuerdo con lo que él hizo, e incluso que hay zonas de su política que le pueden parecer plenamente criticables. Ahora, sabemos de la Campaña del Desierto, pero también Roca es el responsable en buena medida de la federalización de Buenos Aires. Roca fue odiado por las familias patricias porque lo vieron como el último exponente de la barbarie provinciana que venía a terminar con la autonomía de esa ciudad tan soberbia que era Buenos Aires. Una figura como la de Roca permite ver la enorme ambigüedad de los procesos históricos, que además en su caso, lo hacen destacar. Sin embargo, él es un exponente más de una fuerza muchísimo más grande que quería avanzar sobre las poblaciones indígenas y que lo estaba haciendo desde la llegada de los españoles. Por lo tanto Roca es un emergente de un problema social muchísimo más grande.

-Lo que quiere decir que si le caemos a Roca también deberíamos caerle a Mitre, a Sarmiento…

-En un punto yo creo que sí e incluso más que con figuras en particular, con clases sociales, en pensar en problemas que hacen a clases sociales y a procesos sociales determinados. A la vez, hay ciertas maneras de entender la historia, que al colocar todo en situación de proceso, de contexto, de circunstancia, justifican cualquier barbaridad. Ahí creo yo que hay un problema. La época no justifica todo. Ahora, me parece que también es un problema cuando todo se ve en clave “bien o mal”. Entonces ven a Roca como exponente de un mal profundo, de un mal absoluto que produjo la Conquista del Desierto. Me parece que tanto una como otra forma de ver el pasado son problemáticas. Hay una investigadora de La Pampa que se llama Claudia Salomón Tarquini que escribe un libro que se llama Largas noches en la Pampa. Ella dice que la Campaña de Roca de 1879, no produjo un número tan contundente de muertes. Lo más complejo fue la sobrevida de esas poblaciones, que fueron distribuidas, obligadas a cambiar su idioma, obligadas muchas veces a cambiar de nombre, se les adjudicaron las peores tierras, las peores condiciones, con la complicidad de toda una sociedad que avaló esa transformación y que prefirió decir que fueron exterminados: tema terminado, no tenemos más cuestión indígena. Entones, es un tema presente, que sigue estando. Más que el exterminio de un pueblo, lo que se produjo fue una enorme derrota de un pueblo que se vio obligado a tener una sobrevida pautada por las condiciones de los vencedores, condiciones que lo invisivilizaron. Pero esa invisibilización no es efecto de Roca. No es efecto de una persona, ni siquiera de Sarmiento. Sarmiento dice barbaridades, como sabemos que siempre dice, pero algunas de una verdad enorme, en Conflictos y armonías de las razas en América dice: “Ya no hay más reducciones indígenas, pero ahora a los indígenas los tenemos cambiados de nombre, entre nosotros”. Lo que te dice es: se están reciclando en otra cosa, anticipa probablemente al cabecita negra. Siguen estando.

– ¿No es interesante que exista un reclamo indigenista de cualquier modo?
-Es interesantísimo. Este último genocidio que vivimos es el que habilita la visibilización de otros desaparecidos. Para mi uno de los libros más importantes que hay sobre este tema es Indios, ejército y frontera de David Viñas que se publica en los primeros años de los 80. Viñas empieza a escribir el libro con el peso de lo que significa la celebración del centenario de la Conquista en la época de los militares en 1979, celebración que es brutal, a la que Clarín dedicó un suplemento especial notable donde, por ejemplo, hay un saludo de los fabricantes de Coca Cola que dice: “nos quedan muchas campañas en el desierto por realizar”. Es toda una celebración además incolora, indolora, donde no aparecen nunca muertos, no hay fotos de muertos. Viñas empezó a escribir ese libro desde el exilio, con el peso de esa celebración y con la desaparición de sus hijos. Él, rápidamente, en el prólogo se pregunta si no serán los indígenas los desaparecidos del siglo XIX. Para mí es interesantísimo que surja este reclamo. Además, nos desafía a ver cómo hacemos para procesarlo, para abrir esta discusión. Es maravilloso que se vuelva a discutir a Roca.

– ¿De dónde sale ese reverdecer del orgullo indígena?

– Me parece que en esta época, en lo que se llamó el fin de la historia, las identidades y los caracteres colectivos perdieron muchísimo poder, volumen, espesor. Desde ese entones hasta este momento hay una búsqueda enorme de hacerse cargo y tomar como propia alguna identidad. Una identidad disponible y muy interesante para hacer propia es la identidad indígena porque entre otras cosas, tiene un aura muy particular, ligada a los vencidos de manera absolutamente injusta, ligada a otras costumbres diferentes a nuestro sistema capitalista que merece criticas, entonces encuentra en ese legado algo interesante. El tema nos coloca en un problema cultural, de cómo seguir viviendo como comunidad nacional.

-Claro, en Bariloche por ejemplo, hay una comunidad mapuche muy grande y en el Centro cívico, que es un emblema de la ciudad, está el monumento a Roca, casi desafiante, como una provocación. ¿Qué hay que hacer con eso?

– No lo sé, pero a mí me parece interesante que ese monumento esté y que entre otras cosas quede como una marca real y cierta de lo que sucedió. No invisibilizar a Roca, sino intervenirlo, trabajarlo, que sea una presencia que obligue a tomar posiciones, partidos, a producir una contra-estatuaria. Me parece que la invisibilizacion de Roca nos haría creer que el triunfo cultural sobre ese relato, nos estaría liberando de la posibilidad de que haya un nuevo Roca o peor: un Galtieri, un Videla, un Martínez de Hoz. Y eso es absolutamente erróneo, porque las condiciones para que haya un nuevo Roca, o un Martínez de Hoz, son las condiciones del capitalismo. Y no son condiciones meramente culturales. Uno puede producir movimientos culturales muy importantes pero hay algo en el capitalismo que produce eso: como produce en serie productos para el mercado, también produce muertes en serie. No está cerrada esa historia, por más que se borre a Roca.

– ¿Hay alguna relación entre el kirchnerismo y este neorevisionismo que vino de la mano de la divulgación masiva de la historia argentina?

– Me parece que no fue tan nítida y tan estrecha esa relación, como hoy se montó que es. Me parece sí, que a partir del Bicentenario hay una cantidad de exponentes del neorevisionismo que de alguna manera encuentran un lugar que hasta ese entonces no tenían porque hay un enorme apetito popular por conocer la historia. El dato mayúsculo es que la política, que se ha reabierto en la Argentina desde 2001 y con más claridad desde el 2003, también reabrió la cuestión de la historia de la Argentina como no podía ser de otro modo. Y reabrió para que estén todos estos debates puestos en la mesa. Y el gobierno, como buen gobierno peronista, no termina de decir “mi lectura histórica es esta”. La Presidenta ha dicho “yo con Sarmiento tengo muchas diferencias pero también tengo puntos que me encuentran con él”. Es genial que un político pueda marcar el carácter ambiguo de la historia. Quizás hay maneras de entender la historia como una suerte de reprobación de todo lo que es poder, y una fascinación eterna con todo aquel que ha sido derrotado. En los procesos históricos, cuando se tiene poder, es inevitable producir cosas oscuras. Me parece que una construcción política como la actual, que no rechaza el poder sino que intenta darle una utilización  determinada, que tampoco es enteramente emancipatoria y utópica, sabe que el poder tiene ciertas fuerzas demoníacas y hay que saber manejarse con ellas y tener ciertos anticuerpos para evitar correrte de la línea. A veces da la sensación de que preferimos figuras románticas y más puras que antes que el poder prefirieron inmolarse. Hay que entender el drama de los hombres que construyen poder y que además lo hacen en función de que la correlación de fuerzas sociales mejore para las clases populares. Eso es Perón, de alguna manera eso es el kirchnerismo, que no es un proceso puro, es esto. Y es Roca también.

-¿Es Roca también?
-De alguna manera también. Es construir un Estado, es la ley 1420, es esta ambigüedad eterna y el drama de ese hombre. Está claro que la Campaña al Desierto fue una tremenda barbaridad y que no hay manera de justificar.

– ¿Hay quienes en esa época se alzaron en contra de la Campaña al desierto?

-El mitrismo incluso usó el término “crimen de lesa humanidad” pero en rigor era un problema político. Era la manera de ensuciar a Roca quien en 1880 se podía convertir en el heredero de ese poder que el autonomismo estaba forjando, que se había fortalecido con la Presidencia de Avellaneda y que el mitrismo quería terminar. No son argumentos atendibles. Pero los argumentos atendibles son dos: Lucio V. Mansilla, que escribe Una excursión a los indios ranqueles y se pregunta todo el tiempo por qué no encontramos una manera distinta de convivir con estas poblaciones. Y llega a decir: “Una civilización sin clemencia no es civilización”. Y estos hombres son derrotados pero hay que ser clementes con ellos y resituarlos en una estructura productiva de una nueva argentina.

-Lo que habla de que las cosas se podían entender de otro modo…

-En 1870, hay un hombre que ve esto de otra forma. Ahora, ¡Lucio V. Mansilla después es roquista! Es decir, esto que ha dicho en 1870 no le resulta tan grave como para después no adherir a Roca. Para él no era el centro del problema. También está Bialet Masse, este científico catalán que no para de hablar de los indígenas y dice que hay que incluirlos de alguna manera, que tiene que haber una legislación laboral inclusiva para estos hombres. ¿Quién lo manda a hacer el Informe sobre el estado de las clases obreras argentinas a Bialet Massé? Roca. Lo que uno sí puede ver es que lo de Roca es liminar y dificilísimo de responder. Nos deja sin palabras. Me parece que hoy hay una sobrestimación de la batalla cultural o de la nueva hegemonía o del nuevo relato. Y esa sobrestimación es absolutamente equívoca. Insisto: las condiciones para que se produzca un genocidio en occidente siguen existiendo mientras exista el capitalismo y mientras nadie invente una forma social de organizar nuestra economía más eficaz justa y posible que el capitalismo. Esas condiciones están y si sobrenfatizás ese triunfo, pueden pasar al olvido.

-¿A qué le decís ni a palos?
– A la ilusión de que se puede alcanzar un acuerdo mayúsculo respecto del pasado argentino.

Acuerdo de YPF con Repsol: un editorial español que sirve para saber como somos mirados

El diario El País de España, antikirchnerista, y anti todo movimiento latinoamericano que exprese algún tipo de voluntad soberana nacional, publica hoy en un editorial el verdadero pensamiento de la política exterior de España. Para ellos la política exterior es la defensa de los intereses de sus empresas en el exterior en primera medida, como lo hemos visto nosotros acá cuando el presidente otrora socialista Felipe Gonzalez, se aparecía en 2001 en nuestro país (mientras todo se derrumbaba) para asegurarse que las empresas españolas (Repsol-YPF, Aerolíneas y Telefónica fundamentalmente) no serían molestadas por los cambios que se irían a producir. Nuestro pueblo en la miseria, y los españoles gastaban plata en mandar a un embajador del cariz de Felipe Gonzalez para asegurarse que las empresas mantuvieran sus tasas de ganancia. Vale recordar que Perón, cuando esa Nación sufría las vicisitudes del posconflicto bélico y de haberse quedado afuera del plan Marshall, fue quien decidió por muchos motivos enviar barcos repletos de alimentos. Claro que buscaba además un rédito político, pero la ayuda humanitaria era un fin en si mismo. Era verdad que Argentina no tenía empresas para defender en ese país, pero los gestos no se pueden olvidar. La Argentina que había aceptado recibir a infinidades de españoles a fines del siglo XIX y principios del XX, lo había hecho por muchas razones, pero había una lógica que históricamente buscaba ser un vínculo recíproco. Y en la década del 90 cuando España a través de sus empresas primero estatales y después privadas se introduce en el negocio de las privatizaciones lo que vimos fue que el único objetivo era apoderarse y destruir los bienes que habíamos producido los argentinos. Por supuesto que el problema es nuestro por confiar en ellos, por eso son para celebrar las medidas que nos los quitan de encima, primero Aerolíneas, después YPF, y en algún momento serán las comunicaciones. Porque lo que siempre los guió, pese a considerarse “amigos” y toda la cháchara es una voluntad colonia que el Reino de España nunca pudo esconder en sus prácticas.

Va pegado el artículo que mencionábamos del diario dando a entender que esto del acuerdo es algo así como la 2 rebelión de las colonias.

La metrópoli colonizada por sus colonias

Quien sale fortalecida es la empresa pública mexicana Pemex porque el acuerdo reduce sus riesgos en la petrolera

El aparente final de la guerra Repsol-Argentina augura beneficios para todos, aunque ya se irá viendo en la ejecución de la letra pequeña del acuerdo.

Quien sale estratégicamente fortalecida es la empresa pública mexicana Pemex (que ostenta el 9,34% de Repsol). No tanto porque se le abra la veda en el yacimiento de Vaca Muerta. Para ponerlo en rendimiento tendría que invertir con largueza, y no va suelta, pues revierte a papá Estado la parte del león de sus beneficios, que suponen un 40% de los ingresos presupuestarios mexicanos.

Es ganadora, más bien, porque como a los demás accionistas, el acuerdo le reduce sus riesgos en la petrolera española. Y sobre todo porque es ella quien ordeñó el pacto (tras rebelarse por segunda vez contra el presidente de Repsol), como evidenció la visita ad limina del ministro de Industria, José Manuel Soria, en funciones de gran recadero, a México.

Este episodio simboliza un fenómeno de mayor enjundia: la creciente toma de posiciones, ya de orden político, ya económico, ya financiero, de empresas latinoamericanas en corporaciones españolas clave. Rizando el rizo, la exmetrópoli está siendo semicolonizada por sus excolonias. Justo el reverso del segundo Descubrimiento de América por bancos y empresas de servicios públicos españoles en trance de privatización, iniciado en los años noventa bajo los Gobiernos de Felipe González. E incrementado después, al socaire de la venta de las empresas públicas latinoamericanas al sector privado.

La emergencia del subcontinente y la recesión española se han conjugado en el último lustro para articular el envés pendular de aquel movimiento.

Por un lado, bancos, compañías de telecos y otras logran salvar sus cuentas de resultados gracias a su capilaridad en Centroamérica y el Cono Sur. Por otro, sociedades y capitales latinos, reforzados tras años de crecimiento sostenido, lanzan nuevas, y bienvenidas, inversiones en España. Menudean, al amparo de la debilidad del mercado peninsular, o del alto endeudamiento empresarial, o de las cargadas autocarteras, o de las urgencias expansivas, o de la precariedad de sus núcleos de accionistas de referencia, tantas veces sobreapalancados.

Así, el grupo mexicano Sigma lanza una opa sobre el 100% de Campofrío; la primera fortuna mexicana y mundial, Carlos Slim, entra en Caixabank y otras firmas como Gas Natural; el colombiano Jaime Gillinsky y el mexicano David Martínez se convierten en primeros accionistas del Sabadell. Y Pemex se hace con la mayoría del astillero gallego Hijos de J. Barreras. La secuencia continuará. Y se complementa con la más discreta irrupción en las 35 del Ibex de los grandes fondos mundiales.

Bien, y a todo esto, para Repsol, ¿qué? La petrolera logra ahora un respiro financiero, si bien pendiente de ciertos detalles del mercado. Pero para alcanzar un mejor saneamiento deberá vender su importante participación en Gas Natural: los últimos vaivenes (que si chinos de Sinopec, que si singapurenses de Temasek) pespuntean cierta confusión.

Además, deberá reconciliar las frondas de algunos de sus accionistas. Mediante, entre otros mecanismos, la mejora de los beneficios. Estos, aupados en el corto plazo por la venta de sus activos de gas natural licuado (GNL) a Shell, por 6.653 millones, se resentirán a medio plazo por esa misma enajenación, que le detraerá los correspondientes resultados gasísticos. Además, la nueva normativa española impide a Repsol consolidar el 100% de los beneficios de Gas Natural, reduciéndose a su cuota, el 30,01%.

Estos desafíos tendrán que enmarcarse en una redefinición, pendiente desde hace tiempo, del perfil de Repsol en el mercado.

Es una incógnita con, al menos, tres variantes. Puede optar por ser una petrolera pura y dura (upstream: con contratos de pozos, con reservas) para lo que la expulsión de Argentina la perjudicó y para lo que quizá le falte tamaño y músculo financiero en relación con sus rivales internacionales. O por ser una refinera orientada por la mercadotecnia doméstica, lo que la circunscribiría al mercado español, de dimensión limitada. O por recuperar su vocación gasista, vía menos practicable tras la venta de GNL. Debe, en cualquier caso, decidir qué pretende ser cuando sea mayor.

A propósito del artiguismo como movimiento argentino

La presidenta Cristina Fernández de Kirchner decía hace unos días que José Gervasio Artigas hubiera querido ser argentino. Eso trajo polémica en Uruguay y en Argentina por la interpretación que se hizo sobre lo que fueron las provincias unidas del Río de la Plata que devinieron en el país que hoy conocemos como Argentina. Un aporte a esa discusión para entender porque decir Artigas argentino no es algo errado.

José Gervasio Artigas un argentino de la Banda Oriental

Cuando José Gervasio Artigas pasó a la eternidad en 1850 dejó un testamento en donde aclaraba: Yo, José Gervasio Artigas, argentino de la Banda Oriental”.

Pero, ¿cómo el padre de la patria de los uruguayos podía decir en 1850 después de 30 años de creada la república Oriental de Uruguay, qué él era argentino?

Hagamos un poquito de historia. Artigas comenzó a ser protagonista de la independencia americana como caudillo federal de la región llamada Banda Oriental, que indicado por su nombre se encontraba al este del Río Uruguay que la separaba/unía con el resto de las provincias. Esta provincia era parte del Virreinato del Río de la Plata cuya capital era Buenos Aires. Y cuando se produjo la Revolución de Mayo surgió la confrontación entre la élite política y comercial de Montevideo, centro político de la banda Oriental, con el cabildo de Buenos Aires ya que no aceptaban la insubordinación al Consejo de Regencia  (entelequia creada en España para resguardar el poder de los monarcas españoles mientras estuvieran detenidos por Napoleón). Desde Buenos Aires con Mariano Moreno a la cabeza se contestaba que el poder del rey era otorgado por el pueblo, y si el rey ya no estaba el poder volvía al pueblo.

José Artigas comenzó a organizar la zona de la campaña para hacer valer en la Banda oriental lo que estaba ocurriendo en Buenos Aires, incluso es nombrado por Mariano Moreno en el Plan de Operaciones como un personaje de la Banda Oriental a quien había que prestarle atención y confiarle la suerte de la Revolución de ese lado del río.

Con la caída del gobierno y la desaparición de la escena de Mariano Moreno la suerte del sector liderado por Artigas comenzó a enrarecerse. Los sectores más acomodados de buenos Aires no querían saber nada con un actor político que tenía su raigambre en los sectores más bajos de la sociedad y se lo hicieron saber quitándole el apoyo contra los absolutistas atrincherados en Montevideo. Artigas condujo a la mayoría de la población que vivía en la campaña a un éxodo hacia el norte por el Río Uruguay. Recompuso su fuerza y logró volver y batir a españoles y porteños en 1815. Fue cuando desarrolló el Reglamento provisorio de tierras donde declaraba que la tierra sería para los más infelices contando entre estos a las viudas pobres, zambos e indios. Era una verdadera reforma agraria durante la Revolución. La constitución de su fuerza política y social quiso hacerse presente en 1813 en la Asamblea que tenía que ser constituyente desarrollada en Buenos Aires, pero sus diputados fueron rechazados por la forma asamblearia de elección que habían tenido.

Sin embargo Artigas iría recibiendo el apoyo de varias provincias entre las que se contaban Santa Fe, Entre Rios, Corrientes, Santiago del Estero y por momentos Córdoba. Esa fuerza del litoral llegó a conformar la Liga de los Pueblos Libres cuyo protector fue Artigas. Las propuestas de esta fuerza giraban en torno a la unidad a través de federalismo, la salida de la capital de Buenos Aires y la declaración de la independencia (algo que se lograría en 1816 sin la presencia la Liga de los Pueblos Libres). Esta fuerza se desmembró debido a derrotas militares contra los portugueses que invadieron la Banda Oriental tanto como por la traición de los caudillos de Santa Fe y Entre Rios que aceptaron el gobierno de Buenos Aires como  eje articulador de la futuro país que se comenzaba a vislumbrar. 1820 fue el año en donde cayó el artiguismo como fuerza aglutinadora derrotado por portugueses y porteños que negaron a combatir contra el invasor dejando a la buena de Artigas que ocurriera con un territorio que correspondía la nueva conformación confederada.

Artigas nunca creyó en otra cosa que en la unidad del territorio que se estaba declarando independiente de España y por eso fue contrario a la separación de la República Oriental del Uruguay como fruto de las luchas entre nuestro territorio y el brasilero utilizadas por la inteligencia inglesa para garantizar que la salida al océano Atlántico no estuviera dominada sólo por dos países que en ese momento estaban en conflicto, pero que en el futuro se podrían unir.

Artigas, como Bolivar y San Martín tuvo que exiliarse, en su caso el destino fue el Paraguay donde los campesinos lo llamaron el padre de los pobres y no volvió nunca a la Banda oriental transformada en un país. Con su partida dejó claro el mensaje de la unidad que debió ser, pese a los constructores de historia oficialmente desfigurada uruguayos y argentinos. Yo artigas, argentino de la Banda Oriental era una declaración de principios, esta tierra tenía que estar unida.

Pelear en Salta

La Batalla de Salta

Un paso decisivo para la revolución y la independencia

Contexto:

La Batalla de Salta debe ubicarse dentro de esa variedad de hechos que se abren a partir de las jornadas de Mayo de 1810, situaciones que no muestran un camino lineal sino que representan las marchas y contramarchas que un proceso revolucionario supone, con actores en pugna que se presentan con proyectos antagónicos.

La Revolución de Mayo generó un movimiento democrático y popular que se reveló contra el poder absolutista español. De hecho, en un primer momento, los revolucionarios americanos se sentían parte de la lucha democrática que también se estaba gestando en España por aquellos mismos años, en un clima de época que se había abierto con la revolución francesa de 1789. La libertad, la igualdad, la fraternidad, eran nuevos conceptos que las sociedades europeas y las criollas en América que venían a derribar los muros de los poderes absolutistas de las viejas monarquías.

Es por ello que, en esta primera etapa, la revolución no tuvo un carácter abiertamente separatista respecto a la “madre patria”. La discusión, más bien, estaba centrada en la apertura de las instancias de poder (como el Cabildo) a nuevos actores sociales locales, algo que hasta ese momento estaba vedado por la férrea estructura colonial.

Esto último desmorona el argumento (muchas veces usado desde las tribunas liberales) que sostiene que los días de Mayo tuvieron una impronta puramente especulativa, donde el eje está en los intereses comerciantes porteños que buscaban terminar con el monopolio impuesto por la corona española y abrazar el libre cambio que proponía Gran Bretaña.

Muy por el contrario, el grupo que le dará un contenido programático y político a los primeros días de la revolución será el de la pequeña burguesía formada por intelectuales, militares y pequeños productores, entre ellos Moreno, Castelli, Belgrano, French y Monteagudo; el Plan de Operaciones de Mariano Moreno fue el programa político que expresará los intereses de estos actores.

Los primeros días de la Revolución van marcando el conflicto entre dos proyectos diferentes. Uno de tendencia nacional y latinoamericana, de contenido democrático y con una impronta proto industrialista contenido en el Plan de Operaciones, y el otro grupo, asentado en el puerto de Buenos Aires, reactivo a mantener las fronteras del Virreinato que se extendían hasta Perú y cada vez más, con la pretensión de construir una Argentina apéndice de los designios británicos.

Esta tensión se reproduce durante las sesiones de la Asamblea del año XIII y coinciden también con los sucesos de la Batalla de Salta. En los meses previos a la Batalla de Salta encontramos dentro del proceso revolucionario una avanzada del ala morenista que logra imponerse sobre el primer Triunvirato hegemonizado por la tendencia reaccionaria. La presencia de Belgrano, Monteagudo y San Martin le otorga a la causa revolucionaria una impronta progresiva, de esto deriva el triunfo en la Batalla de Tucumán, el llamado a la Asamblea, la victoria de San Martín en San Lorenzo, la recuperación de Montevideo, etc.

La importancia estratégica del Norte

Pese a que la capital del virreinato del Río de la Plata se había puesto en Buenos Aires, para evitar una posible invasión portuguesa por el sur, todo el movimiento económico se encontraba en el Norte ya que la ruta que traía el metal de las minas del Alto Perú (hoy Bolivia) atravesaba Jujuy, Salta y Córdoba hasta llegar al puerto de Buenos Aires. Salta era, entonces, un punto vital en la guerra por la independencia.

Las minas de la ciudad de Potosí eran el recurso estratégico de la época y por eso Mariano Moreno proyectó en el Plan de Operaciones enviar un ejército hacia esa zona para garantizar el abastecimiento económico de la Revolución y poder lograr un desarrollo regional.  Esto es importante porque después en 1825, cuando los intereses del puerto de Buenos Aires y de la llanura pampeana se impusieron durante la presidencia de Bernardino Rivadavia, se produjo un hecho único en la historia, en donde desde Buenos Aires se rechazó el pedido de incorporación a ese territorio del Alto Perú que había sido liberado por el hombre de confianza de Simón Bolívar, el mariscal Antonio Sucre.

Este hecho marcó un límite para la historia de nuestro país, ya que se dejó afuera del mismo un sector importantísimo en lo económico y, definitivamente,  el centro económico y productivo  pasaría por quienes fueran los dueños de la tierra en la pampa y el litoral argentino.

Salta, una batalla decisiva

La victoria de Manuel Belgrano y el ejército del Norte el 20 de febrero de 1812 en Salta fue un golpe definitivo para la presencia española en el sur del Virreinato y permitió extender la revolución a nivel territorial, empujando a los realistas más allá de Jujuy. Fue, en ese momento, el mayor triunfo militar frente a las tropas realistas: el ejército patriota apresó los 17 jefes y altos oficiales y se rindieron 2776 soldados. Había sido también un triunfo de Belgrano frente a los centralistas porteños. Aún después de ganar en Tucumán Belgrano no contó con el apoyo desde Buenos Aires para seguir hacia el norte. Sin embargo, con la legitimidad del anterior triunfo a cuestas, insistió en la importancia de avanzar sobre el Alto Perú, último bastión realista de poder real en el Virreinato y, como ya señalamos, el centro de la actividad económica de ese momento.

El mismo 20 de febrero a la madrugada, los soldados del ejército patriota juraron la bandera celeste y blanca antes de comenzar la batalla. Belgrano mostró sus dotes de conductor y estratega aceptando las recomendaciones del coronel Apolinario Saravia, afrodescendiente de origen salteño, que le proporcionó un camino alternativo permitiendo que la sorpresa jugara del lado patriota.

La astucia desplegada por Belgrano demuestra su talento militar en este periodo de la revolución. Utilizando la táctica de la distracción, engañó al enemigo y lo obligó a tomar un camino equivocado para luego llevarlo a un terreno favorable y vencerlo en el cuerpo a cuerpo.

En esta batalla también fue fundamental la entrega en combate de gauchos e incluso mujeres como Martina Silva de Gurruchaga, lo que hizo que la victoria se viviera como un hecho de todo el pueblo. Como en tantas otras oportunidades a lo largo de la historia, serán los sectores populares quienes mejor defiendan la soberanía y la afirmación nacional. La Batalla de Salta forma parte de esta saga en donde el pueblo expresó la defensa de la cuestión nacional y Belgrano fue su intérprete. Esta situación marca la diferencia con los intereses promovidos por los sectores vinculados al puerto quienes preferían perder territorio con tal de mantener sus privilegios comerciales.

La Batalla de Salta generó a lo largo del tiempo algunas críticas a su conductor, especialmente desde Buenos Aires, que deseaba centralizar la dirección política de la revolución en favor de sus intereses. Mientras que Buenos Aires exigía la rendición que implicaba en términos militares la humillación del derrotado, Belgrano aceptó la derrota del ejército realista bajo la condición de capitulación, situación diferente a la rendición total. Belgrano tomó esta medida a partir de una lectura política en la que contemplaba la necesidad de ampliar el frente latinoamericano, lo que queda expuesto como intención en una frase que Belgrano pronunció por aquel entonces, “No busco gloria sino la unión de los americanos”.

La capitulación, a diferencia de la rendición, evitó un mayor derramamiento de sangre, situación que será reprochada desde Buenos Aires, al igual que la decisión de no pasar bajo degüello la cabeza de los prisioneros de guerra, así como la de no dejar en el campo de batalla un sembradío de muertos, sino sepultarlos. Estas conductas destacan un perfil humanista –aún en tiempos de guerra- que lo diferencian del ala centralista porteña que poco tiempo después, cuando estalle la guerra entre unitarios y federales, haría un uso extremo de la violencia contra su propio pueblo.

La Batalla de Salta significa también un punto máximo en la línea ascendente de victorias revolucionarias conseguidas hasta ese momento. Luego de Salta llegarán las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma que ponen límite a la avanzada patriota en el Norte.  Surgirá entonces la necesidad de modificar la táctica militar desplegada por Belgrano hasta ese momento. A partir de ese momento la figura de San Martín emerge para apuntalar al Ejército Norte, quien terminará remplazando a Belgrano en la conducción militar.

Sin embargo, como muchas veces se hizo creer, nada separó a San Martin de Belgrano: ambos expresaban el ideario morenista de mayo como también la concepción americana de revolución, la noción de una lucha continental.

El cambio de táctica desplegado a partir del nuevo escenario tendrá que ver con la aplicación del esquema guerra de guerrillas, es decir, evitar los enfrentamientos tradicionales entre dos ejércitos regulares, aprovechar el factor sorpresa y el conocimiento de los baqueanos del lugar. En dicha metodología, surge la figura del caudillo salteño Martin de Güemes. Finalmente, es importante entender que este cambio en la estrategia militar tiene que ver con la decisión de Buenos Aires de no solventar los gastos necesarios para continuar la guerra en el Norte. Así, Belgrano primero y luego San Martín, deberán racionalizar los escasos recursos enviados desde Buenos Aires y finalmente obliga a este último a formar su ejército en Cuyo lejos de la rosca porteña que, cada vez de forma más clara, pretendía utilizar el ejército más como un destacamento policial para asegurarse el control político del interior, que como herramienta para asegurar la libertad de los territorios americanos.

Más allá de este derrotero posterior, reivindicar la batalla de Salta es fundamental para entender un momento decisivo en la historia de nuestra independencia. Lo que luego se terminaría denominando “interior” fue en aquel tiempo el centro de la disputa territorial con España, así lo entendieron los grandes líderes de la independencia como Belgrano y San Martín. Al mismo tiempo, en estas regiones donde la crudeza de la guerra fue una realidad cotidiana durante años, la pelea contra la dominación colonial superó el terreno de las ideas abstractas y los intereses particulares, para convertirse en un objetivo social de las mayorías. Salta, Tucumán y Jujuy fueron territorios donde los pueblos hicieron una jugada histórica y defendieron la causa que entendían que era también la de su libertad.

 

Producido por los compañeros de la Comisión de Historia del CEP de La Cámpora

20 de noviembre: Rosas y la defensa de la soberanía.

Interpretación histórico-política del gran hecho heroico que protagonizó nuestro pueblo contextualizando los gobiernos del Brigadier General Juan Manuel de Rosas.

 

“.. Señor. No podemos dejar el juicio a Rosas a la historia, porque si no decimos desde ahora que fue un traidor, y enseñamos en la escuela a odiarlo, Rosas no será considerado como un tirano, y quizás lo sería como el mas grande de los argentinos.”[1]

 

La Confederación comandada por Juan Manuel de Rosas, gobernador de la Provincia de Buenos Aires (1829-1832 y1835-1852), soportó sucesivos bloqueos por parte de Francia e Inglaterra, principales potencias del siglo XIX. Sin embargo no lograron su principal objetivo, obtener la libre navegación de los ríos interiores. Medio para imponer su “librecomercio” e inundar las naciones con sus productos industrializados. Por esto, ambas potencias respondieron con la intervención directa, pero la flota anglo-francesa superior en hombres y armas, no pudo quebrantar la resistencia popular.

Las aguas del río Paraná fueron testigo de la batalla librada el 20 de noviembre de 1845 en la Vuelta de Obligado (San Pedro- Provincia de Buenos Aires), allí se defendió más que la soberanía de los ríos, se defendió la Soberanía Nacional. Es decir, esta batalla fue la manifestación de mantener la ardua construcción de la independencia política y económica en detrimento de las directrices foráneas.

Por su parte, ambos países europeos se encontraban ante la necesidad de expandir sus mercados y esto los hacía disputarse la hegemonía mundial, sin embargo el proyecto era similar: conformar Estados independientes con gobiernos títeres para facilitar sus políticas. Ejemplo de ello será la ocupación francesa de Argelia (1830 a 1962), país del norte de África, invadida durante 132 años. Así es que el ensayo ya se había realizado y mostraba lo efectivo del proyecto.

Los franceses desocuparon ese país mediante una guerra desigual y destructiva contra el pueblo argelino. Allí se practicaron las “políticas” de interrogatorio con tortura que luego los discípulos latinoamericanos desarrollaron en las dictaduras cívico-militares en la región. Además vemos que resistir a ese embate significaba mantener la soberanía que se había ganado con la independencia.

El modo francés.

El primer Bloqueo francés fue realizado en 1838. En la Asamblea francesa se oían estás palabras que delinean el objetivo: “cuando se trata de nuestro comercio (…) es necesario que seamos como los ingleses, que por un marinero herido han emprendido grandes guerras”. El objetivo era el desarrollo económico interno mediante la protección del mercado nacional. El camino, la conquista de nuevos mercados exteriores transformando esos países en sus colonias (americanas, asiáticas y africanas) para satisfacer las necesidades de la metrópoli. Tenían lo necesario para realizarlo.

De este modo, la excusa para la intervención fue la defensa de los derechos de los ciudadanos franceses presos en la Confederación. Cabe aclarar que para la corona francesa los Ciudadanos eran considerados elementos de penetración política y comercial.

La eficacia Inglesa.

Por su parte, Inglaterra en este contexto desarrolló una política combinada de intervención militar directa y penetración económica -alternativa a la primera que desplegará a lo largo del siglo XX- dando forma al famoso “estilo ingles”. Así cambia su táctica ante la posición del gobierno rosista. Pasa de una política de intervención armada a una política de “paz”.

Repasemos las intervenciones directas: las llamadas invasiones inglesas (1806 y 1807); ataque militar a Malvinas (1833); bloqueo que estamos considerando en 1845; amenaza de intervención armada en 1891 y 1893. Excepto la ocupación de las Islas Malvinas, esta poderosa isla no pudo triunfar militarmente en nuestro territorio. Sin embargo, triunfó en el terreno económico. Para fines del siglo XX casi todos los países del continente estaban endeudados financieramente a través de sus empréstitos, impidiendo el desarrollo industrial de las recientes naciones. Además, estaba en el podio de superficie territorialmente colonizada. En síntesis, despliegue territorial en puntos clave del planeta, reina de los mares, dominio comercial y financiero, la libra esterlina fue lo que hasta hoy es el dólar, moneda de pago universalmente aceptada.

El bloqueo había paralizado el comercio en la metrópoli. Los comerciantes y banqueros ingleses de las principales ciudades industriales- Manchester, Liverpool, Leeds, etc.-  presionaban para que el conflicto se solucione de cualquier forma. Era necesario abrir el comercio con Paraguay, incentivar la independencia de las provincias de Corrientes y Entre Ríos. Nuevamente nos encontramos con los principios del modelo librecambista: libertad de comercio y Estados independientes. De esta manera, Inglaterra podría evitarse el insistir sobre la navegación de los ríos interiores, ya que se negociaría de forma independiente con cada uno de esos estados sin tener que enfrentarse al poder de la Confederación.

Aquí aparece la importancia de la ciudad de  Montevideo. Debía convertirse en un enclave comercial de ambas potencias y, a su vez, representaba un territorio estratégico, ya que desde allí se podía dominar la cuenca del Plata.

Durante el gobierno de Rosas los opositores de la Confederación emigraron a esa ciudad, además de ellos se concentraban más de veinte mil extranjeros – franceses, ingleses e italianos- superando la población autóctona. En esta ciudad, los enemigos de la Confederación crearon la Comisión Argentina y firmaron una alianza en contra del gobierno rosista que beneficiaba plenamente a Francia, veamos el artículo tres que no deja lugar a las dudas: “(…) considerando la conveniencia de no dejar escapar esta ocasión favorable sea de llevar a Rosas a pactar con nosotros o de ocasionar su caída, y por consiguiente de establecer la influencia de Francia  a la vez en Buenos Aires y Montevideo y de preparar aquí a nuestros compatriotas y nuestro comercio un porvenir tranquilo y próspero”. Nos es inevitable una comparación con la actualidad políticapara establecer un paralelo con el sector opositor al gobierno nacional. Observamos su actitud defenestradora en el exterior sobre el intento soberano de reconstrucción nacional. Cualquier semejanza con la actualidad no es pura coincidencia, sino que es producto de la continuidad en el tiempo de la defensa de los intereses de los distintos sectores para implementar el modelo de país que les sea más conveniente.

Política interna de la Confederación.

Rosas llegó a la gobernación (1829-1832) en medio de una crisis política y social que parecía no tener resolución sin nuevos desmembramientos del territorio. Las provincias mediterráneas, junto con el Litoral no lograban imponerse a los porteños de Buenos Aires. Estos porteños que habían mandado a matar a Manuel Dorrego que era la mejor expresión del federalismo porteño para negociar con las provincias. Muerto Dorrego emerge Rosas, estanciero, que buscará acordar con las provincias. Lo opuesto eran los rivadavianos que mandaban constituciones hechas en Buenos Aires para que las acataran en los “13 ranchos” como llamaban a lo que no era Buenos Aires.

Rosas respetará a los caudillos provinciales como autoridades gubernativas, y frenará una y otra vez las intervenciones porteñas en esos territorios. Además,  encarnará el intento de construir la soberanía económica. Para esto pondrá en marcha la creación de saladeros (producción de carne, tasajo, etc.) que se vendía a Estados Unidos, países de Europa y Brasil, para alimentar a los esclavos. Este intento de independencia económica se reforzaba sumado al control de la moneda, creando la Caja de la Moneda que reemplazaba al rivadaviano Banco Nacional (con directorio controlado por ingleses). Emerge la posibilidad de control de la emisión y así una posible acumulación que fortalecería el proceso de industrialización saladeril. Claro que seguimos hablando de un proyecto vinculado a las tierras bonaerenses y litoraleñas, un proyecto ganadero, pero haciendo eje en el control de los recursos.

La importancia radica en que los saladeros crearon la necesidad de desarrollar la industria naval, es decir producir barcos en astilleros de Corrientes o de Santa Fe para enviar los productos a los países compradores -recordemos rol de Inglaterra en esta materia. También logró implantar la ley de Aduana, que beneficiaba a la producción local contra las exportaciones inglesas, es decir que los ingleses que fabricaban ponchos con el cuero que nosotros les vendíamos ahora tendrían que ver quien más podría usar sus lindos ponchos porque nosotros íbamos a usar los que produjeran los telares catamarqueños, tucumanos, cordobeses o correntinos. Es decir Rosas establecía una negociación con las provincias para hacerlas entrar en el proyecto productivo que llevaba a Buenos Aires a la cabeza.

Dicho de otro modo, este proyecto era una alternativa a la dependencia con el imperio Británico. Recordemos sus políticas de endeudamiento producida en 1824 con el empréstito de Baring Brothers, que terminó de pagar el primer gobierno peronista en su 1º gobierno (1946- 1952). Bien clarito lo expresaba el Lord Cliattam: “Cuando América fabrique un solo clavo morirá Inglaterra”. La minima expresión de un desarrollo industrial era lo que debían evitar.

Fin del Bloqueo.

La victoria fue diplomática. El gobierno de la Confederación obligó a firmar a los franceses un tratado de paz fijando los términos (Mackau-Arana 1840), mas tarde lo harían los ingleses (Southern-Arana 1850) también aceptando las condiciones impuestas por el gobierno de Rosas. No obstante el plenipotenciario inglés Henry Southern tuvo que esperar a ser atendido dos años y un mes (si leyó bien) y pudo desembarcar no como ministro ingles sino como un ciudadano dejando en su barco las pompas de la Corona. Como lo expresó Lord Aberdeen en la cámara de Los Lores (1850): “(…) esta insolencia de Rosas es lo más inaudito que le ha sucedido hasta ahora a un ministro ingles. ¿Hasta cuándo hay que estar sentado en la sala de ese jefe gaucho?”

Internamente, finalizado el bloqueo, cuando los europeos saludaron a nuestra bandera, Urquiza jefe entrerriano, se unió para derrocar al Gobernador a lo peor del porteñismo y a otros caudillos que interpretaban que había un futuro posible sin Rosas y así imponer un nuevo gobierno. No sería fácil. Una de las cuestiones que se le critica a Rosas es la no federalización de la Aduana porteña. Esta federalización la intentaron los federales urquicistas y Buenos Aires se separó de la Confederación durante 9 años (1853-1862) es decir se creó el país Buenos Aires.

Rosas murió lejos de su país y la historia oficial fue efectiva en generar miradas dicotómicas típicas del ideologismo liberal y ocultar a los movimientos populares que bregaron por tener una patria libre, justa y soberana. No olvidemos que después de la Batalla de Caseros[2] (1852) no vino el gobierno de los caudillos haciendo eje en nuestro interior sino que fue la preparación de las matanzas de gauchos que propugnó Bartolomé Mitre y Domingo Sarmiento. Fue el aniquilamiento de la potencialidad de una nación independiente que se coronó con el genocidio al pueblo paraguayo a través de la Guerra de la Triple Alianza (1965-1970).

En 1857 la Legislatura de la Provincia de Buenos Aires somete a juicio a Rosas y lo  declara “traidor a la Patria”. El Diario de Sesiones registra los argumentos del diputado Nicolás Albarellos diciendo: “¿Que se dirá en la Historia, y esto es triste decirlo, cuando se sepa que el valiente Almirante Brown, el héroe de la marina de guerra de la Independencia, fue el Almirante que defendió la tiranía de Rosas?; ¿Que el general San Martín, el vencedor de los Andes, el padre de las glorias argentinas, le hizo el homenaje más grandioso que puede hacerse a un militar entregándole su espada?”


[1] Declaración del diputado Nicolás Albarellos en el juicio a Rosas una vez derrotado en la legislatura de la provincia de Buenos Aires (1857).

[2] Rosas es derrotado por el  Ejército Grande comandado por Urquiza- alianza entre los sectores oligárquicos de Brasil, colorados de Uruguay, los caudillos de Entre Ríos y Corrientes.

Por Diana Avila