A 40 años del discurso despedida del líder más grande que tuvo la Argentina: Perón

Un 12 de junio después del hecho traumático para la interna peronista del 1° de mayo, Perón retomaba el balcón para dirigirse a la multitud. Perón en su último discurso dejaba claro que, pese a todo, él se seguía poniendo en el centro de equilibrio de la fuerza social que lideraba. El discurso dejó la frase de la maravillosa música que es la palabra del pueblo argentino.

Algunas cuestiones que a veces aparecen oscuras. Los actos del peronismo del 70 y los del 45-55 tenían un cariz similar, por más que cierta militancia los quería convertir en su cabeza en asambleas del pueblo, el peronismo siempre se caracterizó por el verticalismo y la expresión de voluntad de diálogo entre una organización y el líder en un contexto de plaza era por lo menos una imagen idealizada del primer peronismo. Como venimos diciendo en este espacio hace mucho en la historia del peronismo no fueron sólo los jóvenes alineados en Montoneros quienes quisieron disputarle el liderazgo a Perón. Ese fue el último suceso, pero los que se quieren quedar con ese final como la verdadera realidad del peronismo se equivocan de cabo a rabo. Se olvidan, algunos, que fue el líder la CGT, Augusto Vandor, quien en la década del 60 se quiso quedar con el liderazgo del movimiento bajo la idea del peronismo sin Perón. Hubo sindicatos que acompañaron esta movida política y fueron derrotados. 10 o 15 años después se presentaban como la verdadera esencia del peronismo y los portadores de lealtad absoluta. Por eso en la actualidad y a poco que se cumplan 40 años de la partida de uno de los tipos más grandes que dio nuestra patria  muchos van a querer quedarse con la última foto de Perón y querrán esconder la película.

Acá el discurso.

 

Compañeros: 

Retempla mi espíritu estar en presencia de este pueblo que toma en sus manos la responsabilidad de defender la patria. Creo, también, que ha llegado la hora de que pongamos las cosas en claro. Estamos luchando por superar lo que nos han dejado en la República y, en esta lucha, no debe faltar un solo argentino que tenga el corazón bien templado.

Sabemos que tenemos enemigos que han comenzado a mostrar sus uñas. Pero también sabemos que tenemos a nuestro lado al pueblo, y cuando éste se decide a la lucha suele ser invencible.

 

Hoy es visible, en esta circunstancia de lucha, que tenemos a nuestro al pueblo, y nosotros no defendemos ni defenderemos jamás otra causa que no sea la causa del pueblo.

Yo sé que hay muchos que quieren desviarnos en una o en otra dirección; pero nosotros conocemos perfectamente bien nuestros objetivos y marcharemos directamente a ellos, sin dejarnos influir por los que tiran desde la derecha ni por los que tiran desde la izquierda.


El Gobierno del Pueblo es manso y es tolerante, pero nuestros enemigos deben saber que tampoco somos tontos.


Mientras nosotros no descansamos para cumplir la misión que tenemos y responder a esa responsabilidad que el pueblo ha puesto sobre nuestros hombros, hay muchos que pretenden manejarnos con el engaño y con la violencia. Nosotros, frente al engaño y frente a la violencia, impondremos la verdad, que vale mucho más que eso. No queremos que nadie nos tema; queremos, en cambio, que nos comprendan. Cuando el pueblo tiene la persuasión de su destino, no hay nada que temer. Ni la verdad, ni el engaño, ni la violencia, ni ninguna otra circunstancia, podrá influir sobre este pueblo en un sentido negativo, como tampoco podrá influir sobre nosotros para que cambiemos una dirección que, sabemos, es la dirección de la Patria.

 

Sabemos que en esta acción tendremos que enfrentar a los malintencionados y a los aprovechados. Ni los que pretenden desviarnos, ni los especuladores, ni los aprovechados de todo orden, podrán, en estas circunstancias, medrar con la desgracia del pueblo.


Sabemos que en la marcha que hemos emprendido tropezaremos con muchos bandidos que nos querrán detener; pero, fuerte con el concurso organizado del pueblo nadie puede ser detenido por nadie.

 

Por eso deseo aprovechar esta oportunidad para pedirle a cada uno de ustedes que se transforme en un vigilante observador de todos estos hechos que quieran provocarse y que actúe de acuerdo con las circunstancias. 

Cada uno de nosotros debe ser un realizador, pero ha de ser también un predicador y un agente de vigilancia y control para poder realizar la tarea, y neutralizar lo negativo que tienen los sectores que todavía no han comprendido y que tendrán que comprender.

 

Compañeros, esta concentración popular me da el respaldo y la contestación a cuanto dije esta mañana.


Por eso deseo agradecerles la molestia que se han tomado de llegar hasta esta plaza.


Llevaré grabado en mi retina este maravilloso espectáculo, en que el pueblo trabajador de la ciudad y de la provincia de Buenos Aires me trae el mensaje que yo necesito.


Compañeros, con este agradecimiento quiero hacer llegar a todo el pueblo de la República nuestro deseo de seguir trabajando para reconstruir nuestro país y para liberarlo. Esas consignas, que más que mías son del pueblo argentino, las defenderemos hasta el último aliento.

 

Para finalizar, deseo que Dios derrame sobre ustedes todas las venturas y la felicidad que merecen. Les agradezco profundamente el que se hayan llegado hasta esta histórica Plaza de Mayo. Yo llevo en mis oídos la más maravillosa música que, para mí, es la palabra del pueblo argentino.

Los 24 de marzo

Ayer se cumplió un nuevo aniversario de la toma del gobierno por las fuerzas armadas apoyadas por la iglesia, grupos económicos, embajada de Estados Unidos, medios de comunicación hegemónicos, partidos políticos de oposición, y un largo etcétera. Aquel 24 de marzo de 1976 se transformó en una bisagra para la historia del país. Fue ese grupo al mando del Estado argentino quienes empezaron la obra de modificación de un país que, desde 1945, había buscado su lugar en el mundo como un espacio seguidor del principio de autodeterminación. Ese día todo comenzó a cambiar, el país que vino después se transformó en uno muy diferente del que existió hasta ese momento. Un cambio que no había sido detenido por el radicalismo gobernante desde el 83; y que había profundizado en sus rasgos novedosos de país entregado al capital financiero internacional durante la década del 90. El 24 de marzo de 2004, el primer 24 de marzo de Kirchner presidente, ante un pueblo golpeado una y otra vez, eligió pedir perdón desde un estrado al lado de lo que había sido uno de los centros de detención clandestinos más simbólicos de la dictadura del 76. El año pasado había escrito sobre ese día acá http://wp.me/p97C0-98. Pero con el cumplimiento de 10 años esa fecha va tomando otro valor. Es imposible no recordar aquel acto como un evento extraño para la época. Desde 1996 los 24 de marzo se hacían masivas marchas, que con el correr del tiempo cada vez eran más masivas. Casi siempre había dos actos uno más temprano que otro en la Plaza de Mayo. Cada organización de madres ratificaba su separación y hacía su acto, las organizaciones y los sueltos elegían. El acto que se hacía por la tarde siempre era el más masivo ya que congregaba a una mayor cantidad de organizaciones y tenía más visibilidad. Los 24 de marzo en Capital eran eso, una gran marcha qu venía a ratificar la elección de la democracia por parte del pueblo. Recuerdo la marcha de 2002 como una de las que tuvo un fuerte cariz democrático y popular que enlazaba con la pueblada del 19 y 20 de diciembre de 2001. Pero ese 2004 la convocatoria venía desde el Estado. Y la convocatoria era en un lugar de mucho peso.   El acto fue temprano, cerca del mediodía, si mal no recuerdo, y la impresión que me había dado era que no iba a ser un acto que se iba a destacar por la masividad. Ni siquiera recuerdo si cortaron avenida Libertador. Cuando llegamos con un amigo nos cruzamos con varios compañeros, y había una cosa en el aire sobre que sería eso. Íbamos a un lugar a escuchar un tipo que era el presidente de un país, pero en quien casi ninguno de nosotros ponía una expectativa importante. Era una sensación rara. El tipo que no venía del palo de los derechos humanos tomaba el tema y generaba un acto de justicia que hasta ese momento parecía increible. Después de eso recuerdo que la Revista Barcelona jodía con que nunca se iba a hacer el museo de la memoria y todo quedaría en la nada. Pero ahí habló ese presidente que quizás ese día se convirtió en nuestro presidente. Fue raro escucharlo decir cosas en las que todos los que veníamos peleando desde hacía un tiempo comentábamos siempre. Incluso creo que la gente de Hijos que habló debe haber sentido un poco eso, porque su discurso estuvo enfocado en el tema de la deuda externa. Nadie confiaba en Kirchner, ni siquiera sabíamos como se decía el nombre. Él lo sabía y no se hacía el loco, lo que dijo lo hizo. Ese discurso fue la manera en que él quiso decir: yo quiero ser el presidente de estas cosas, su presidente. Nunca habíamos ido a un acto de un presidente propio, no habíamos tenido la posibilidad, se sentía raro y orgulloso. Me acuerdo que pensé que la figura institucional de un presidente estaba más alejada que la que mostró ahí ese flaco al que poco conocíamos. Realmente parecía uno más. Y creo que no porque el buscara eso, sino que se le daba espontáneamente. Cuando terminó el acto teníamos la sensación de que algo importante había pasado. Hoy 10 años después se puede decir que ese día se transformó en una nueva bisagra en nuestra historia, fue el primer día de la recuperación de nuestra identidad como pueblo soberano. Ese día el pueblo argentino volvió a aplaudir con ganas a su presidente.

Recordando a Perón ante el desabastecimiento

“… es menester velar en cada puesto con el fusil al brazo. Es menester que cada ciudadano se convierta en un observador minucioso y permanente porque la lucha es subrepticia. No vamos a tener un enemigo enfrente: colocan la bomba y se van. Aumentan los precios y se hacen los angelitos. Organizan la falta de carne y dicen que ellos no tienen la culpa… Todo esto nos está demostrando que se trata de una guerra psicológica organizada y dirigida desde el exterior, con agentes en lo interno. Hay que buscar a esos agentes, que se pueden encontrar si uno está atento, y donde se los encuentre, colgarlos en un árbol. Con referencia a los especuladores, ellos son elementos coadyuvantes y cooperantes de esta acción. El gobierno está decidido a hacer cumplir los precios aunque tenga que colgarlos a todos. Y ustedes ven que tan pronto se ha comenzado, y el pueblo ha comenzado a cooperar, los precios han bajado un 25 por ciento. Eso quiere decir que, por lo menos, estaban robando un 25 por ciento. Han de bajar al precio oficial calculado, porque eso les da los beneficios que ellos merecen por su trabajo. No queremos ser injustos con nadie. Ellos tienen derecho a ganar, pero no tienen derecho a robar”. 1953

Nuevamente aparece esa figura: hablando de Roca ¿qué estamos discutiendo?

El diario La Nación publicó ayer esta nota http://www.lanacion.com.ar/1652917-militancia-e-ignorancia en la que argumenta en defensa de Roca a raíz de un mapa que se encontró en EEUU en donde la zona sur de la Patagonia no estaba reconocida como territorio nacional. Y que por ende los que quieren tirar abajo la estatua de Roca en Bariloche, auto reconocidos como mapuches, no saben de historia y son víctimas del revisionismo oficialista que ensalza algunos héroes y demoniza a otros. Es real que en ese momento la Patagonia hoy argentina era zona de disputa con Chile, pero no es menos real que se causó un martirio muy grande en pos de cumplimentar la organización territorial. Roca fue el hombre elegido para terminar la tarea que se había encomendado a Alsina anteriormente que había utilizado la técnica del zanjón para separarse de los indígenas. El tema es interesante porque Roca luego de esta situación va a llegar al gobierno en 1880 sin el apoyo de los porteños comandados por el creador del diario La Nación y ex presidente Bartolomé Mitre. Roca es quien federaliza el puerto de Buenos Aires dando fin a una disputa de 70 años, pero es también quien ancla el desarrollo del país al imperialismo de la época que era el inglés. ¿Había otras opciones? El Paraguay destruido de los López había indicado un camino respetado por el federalismo argentino en donde se imponía un desarrollo autónomo negociando en mejores condiciones con los prestamistas y usureros de Inglaterra. Era el intento de negociación a varias bandas que se había propuesto Rosas incluyendo a Estados Unidos y Francia en el menú de opciones. Argentina quedó supeditada a Inglaterra y fue el hijo de Roca quien llegó al punto máximo cuando firmó el tratado Roca-Runciman que más o menos nos ponía como suplicantes para que Inglaterra nos comprara carne. Eso hasta que llegó Perón con eso de que nosotros tenemos la comida y uds el apetito veremos quien aguanta más, pero eso es otra historia.

Volvamos a Roca. Que La Nación lo reivindique pese a haber nacido como un adversario de Bartolomé Mitre no aparece como una falta de lealtad, porque en definitiva Roca puso su astucia al servicio de los capitales ingleses, no de su pueblo. Y eso le permitió aliarse luego de su presidencia con un Mitre en sus últimos años. Por eso es que puede ser reivindicado desde ese diario, pese a que existan mitristas talibanes que financien a los indigenistas porteños para tirar la estatua de acá de capital. Pero el tema es la estatua del centro cívico de Bariloche. El diario La Nación trata a los mapuches como chilenos, sabiendo que esa comunidad estaba a los dos lados de las fronteras, además de acusarlos de asesinos de los tehuelches. Interesante ver como sacan a relucir cuestiones antecedentes de la conquista española para justificar el presente. Lo mismo decían para justificar las matanzas españolas en México o Perú: no se podía juzgar a Hernán Cortés porque los aztecas habían dominado a los tlaxcaltecas. Acá parecen ir por ese mismo camino, pero todas las lecturas históricas hay que contextualizarlas con el presente, y el presente indica que el discurso que discute la figura de Roca no aparece solo como una cuestión de nombres sino dentro de un proceso político amplio donde está en juego la inclusión e integración de los sectores populares de nuestro país. En el caso de nuestro sur y más específicamente de Bariloche la estatua no representa la argentinidad únicamente sino el recuerdo de las matanzas de los abuelos de quienes integran los sectores populares de esa región. La ascendencia indígena mapuche es amplia, y sabemos que lo que generalmente le molesta a nuestra clase dominante es mezclarse con los que tienen la piel oscura. El movimiento alrededor de la estatua en un lugar tan importante como Bariloche por su centralidad representa la posibilidad de discutir una infinidad de temas relacionados con la inclusión y la distribución de los ingresos que genera nuestra patria. La historia juega su centralidad en el aquí y ahora y es nuevamente el diario La Nación que se pone del lado de quienes ningunearon siempre a nuestro pueblo y ahora no sólo quieren seguir en ese camino sino que además los acusa de no conocer la historia y valorar poco el hecho de ser argentinos. Toda una afirmación para quienes se beneficiaron por siempre del saqueo de nuestra patria.

Dejo un post de octubre de 2011 sobre esta cuestión.

La cuestión Roca

Posted on octubre 21, 2011

El 12 de octubre, más la demanda que le están haciendo los Martinez de Hoz a Osvaldo Bayer traen nuevamente la discusión alrededor de una figura como Julio Argentino Roca. En pleno kirchnerismo que nada entre los factores de poder real para intentar salir airoso es un buen momento para darse una discusión que muchas veces se cree saldada por lo políticamente correcto. Si algo nos enseñó esta etapa es que el vínculo con los factores de poder real no es gratuito y para su desmonte no sirve, solamente, salir a gritar que no nos gusta. Es urgente crear las alternativas reales y posibles para el desmantelamiento de los nichos de poder concentrado que se heredaron y se mantuvieron mientras había objetivos más importantes dentro de la estrategia marco. Para dar un ejemplo, hasta 2010 había que dar trabajo y después veíamos la calidad del mismo. Hoy ese trabajo tiene que estar bajo la estricta legislación laboral argentina. Esto quiere decir que antes no? No, lo que quiere decir es que en la urgencia hay que resolver lo importante. Abrir la cantidad de frentes que se pudieran operativizar con la fuerza que se tenía en ese momento. Hoy la situación es otra y es necesario profundizar la construcción de una Argentina para los 40 millones que somos. Con este bagaje acumulado volvemos a discutir la historia, pero entendiendo sus contradicciones y tratandonos de salir del bien y el mal. Para la Argentina del siglo XIX el roquismo significó la derrota del mitrismo. La pregunta es si a nosotros hoy eso nos importa, o ponemos la lupa únicamente en la aberrante campaña del desierto?

Dejo dos textos sobre este tema para abrir el debate.

Extraído del blog pájarosalinas.blogspot.com

Roca y el indigenismo como coartada de los enemigos de la Nación

La Argentina moderna no existiría sin la decisión de Roca
Estigmatizarlo como genocida:  ¿Justicia indígena o venganza porteña?
Por Teodoro Boot / Pájaro Rojo
A Julio Argentino Roca le salió el peor de los defensores posibles: que a un tipo lo defienda Mariano Grondona es casi una admisión de culpabilidad… si es que ese tipo se encuentra en condiciones de aceptar o rechazar esa defensa, lo que no es justamente el caso.  Roca, que es de quien hablamos, murió de viejo hace exactamente 97 años. No es su culpa si ahora le salió un Grondona, así como antes le salieron un Félix Luna o un Jorge Abelardo Ramos, tal vez su mejor y más exaltado panegirista.
Como no es cuestión de escribir un libro, optaremos por la síntesis y la simplificación, lo que conlleva el riesgo de la arbitrariedad, pero en tren de una más fácil lectura debería concederse la posibilidad de que toda afirmación pudiera en su oportunidad fundamentarse.
Roca nació en Tucumán en 1843, en el auge del poder rosista y en una provincia mediterránea tradicionalmente antirrosista, en gran parte por antiporteña, dos datos a tener en cuenta y que deberían sumarse a un tercero: fue educado en el Colegio Nacional de Concepción del Uruguay, institución que no tuvo su Juvenilia, pero en la cual fue moldeada la futura clase intelectual y dirigente de la Confederación Argentina.
La existencia de la Confederación Argentina es otro dato a tener en cuenta: existió, institucionalmente organizada, desde la proclamación de su Constitución en el año 1853 –cuando Roca no llegaba a los 10 años de edad– hasta que su jefe político y militar, Justo José de Urquiza, decidió perder la batalla de Pavón. Roca tenía entonces 18 años y combatió en el bando confederado.
Pavón, una encrucijada. La batalla de Pavón y su extraño desenlace son considerados a veces una pintoresca anécdota menor de la historia argentina, opacada, por ejemplo, por la batalla de Caseros, que acabó con la gobernación de Juan Manuel de Rosas y su manejo de las relaciones exteriores de la Confederación en su etapa aun no institucionalizada. Pero Pavón no fue un hecho menor. Mientras para muchos de los contemporáneos, aunque terminara siendo otra cosa, Caseros podía ser vista como la voluntad de parte del interior argentino impuesta sobre el arbitrario manejo portuario y aduanero que ejercía la provincia de Buenos Aires, Pavón fue la claudicación del proyecto federal de trece provincias ante lo que de ahí en más y por veinte años será la omnímoda voluntad de los comerciantes porteños y los ganaderos bonaerenses, ambos ligados mucho más estrechamente al comercio exterior que a una economía nacional.
Militar de profesión, el joven Roca pasará a revistar en el ejército nacional, eufemismo por el que será conocido el ejército porteño que por directivas de Mitre y Sarmiento aniquilará los levantamientos provinciales de Ángel Vicente Peñaloza, Felipe Varela, Pancho Saá y Simón Luengo, acabará con el Paraguay independiente de Francisco Solano López y extinguirá la última de las montoneras argentinas dirigida por el gobernador entrerriano Ricardo López Jordán.
A diferencia de federales de una generación anterior, como Telmo López, el mismo López Jordán, los hermanos Hernández, Olegario Andrade y Carlos Guido y Spano, Roca combatirá contra el Paraguay y, en el bando contrario a todos ellos, y será quien personalmente ponga fin a las quijotescas andanzas de Ricardo López Jordán. Tenía entonces 28 años y era uno de los más prestigiosos oficiales del ejército.
A los 32 años y ya ministro de Guerra, lleva a cabo lo que la historia oficial recuerda como la mayor de sus hazañas, la “Campaña del Desierto”, que Estanislao Zevallos, en un opúsculo particularmente racista promovió como “La conquista de 15.000 leguas”.
Cinco genocidios. La Campaña del Desierto permitió a la todavía inexistente República Argentina ocupar la Patagonia y fue un auténtico genocidio, uno de los cinco genocidios perpetrados por nuestro país –se podrá decir, “por la clase dirigente de nuestro país”, pero va de suyo que la que dirige es siempre “la clase dirigente”.
Técnicamente hablando –al menos en la acepción que da al término Naciones Unidas–, genocidios también fueron la casi literal desaparición de los afrodescendientes –mayoritarios en el virreinato rioplatense al momento de la Independencia–, la “guerra de policía” contra las provincias del noroeste, la eliminación física de más del 70 por ciento de los hombres paraguayos durante la guerra de la Triple Alianza y la más reciente persecución y eliminación de opositores políticos durante la última dictadura militar.
Cinco años después de la “Campaña del Desierto”, en su condición de jefe del ejército y candidato presidencial de las provincias, es el todavía joven Roca quien acaba con la nueva revolución secesionista porteña, esta vez encabezada por Carlos Tejedor.
Y es en este punto donde conviene detenerse. Si bien “el problema del indio” era un asunto de larguísima data y así como en nuestra vida independiente las distintas naciones aborígenes habían intervenido en las guerras civiles, y ya en 1837 Domingo Faustino Sarmiento había establecido la doctrina básica respecto a “bárbaros” y “salvajes” en su panfleto Facundo. Civilización y barbarie, no había sido la siempre ambigua relación con las naciones aborígenes la principal dificultad en la conformación de la nación argentina. Antes bien, el principal escollo había sido Buenos Aires y los intereses de su clase dirigente, el sector mercantil ligado al comercio británico que con el tiempo –y Roca mediante– derivaría en “oligarquía ganadera”.
La Banda Occidental. Al momento en que Nicolás Avellaneda –que había inaugurado su mandato enfrentando una revolución porteña orientada  por Bartolomé Mitre– terminaba su período, en Buenos Aires se preparaba a una nueva secesión, similar a la que se prolongó desde 1852 hasta 1860, cuyo propósito era la constitución, en la margen opuesta del Plata, de una réplica de la República Oriental del  Uruguay. Es entonces el ejército nacional, ya librado de la influencia porteña y dirigido por Julio A. Roca, el que lo impide y, triunfante sobre la revolución de Carlos Tejedor, impone la federalización de la ciudad de Buenos Aires y la de su puerto. Si alguno quiso ver en este acto la victoria del interior argentino sobre la voluntad hegemónica y en su defecto aislacionista de Buenos Aires, a juzgar por los acontecimientos posteriores, se equivocó. Pero el acto es, sin lugar a dudas, el hecho fundante de la Argentina actual, con lo bueno y malo que esto supone, y siempre según quien mira. Lo que está claro es que de no ser por la decisión de Roca, que pasó por encima de las vacilaciones del presidente Avellaneda, nuestro país no sería uno, sino dos. Y no es ucronía suponerlo: era el objetivo explícito de la clase dirigente porteña, hasta en ese momento autosuficiente con su fértil “pampa húmeda”, su puerto y su aduana, constituirse en otra ROU.
Tal vez visto –muy engañosamente– desde hoy, este acontecimiento no revista gran importancia. Es razonable que así sea: el triunfo de Roca –y por su intermedio, del interior argentino– sobre Buenos Aires no fue definitivo.
Roca no dejó un diario, ni dos, y los dos grandes medios “nacionales” que pervivieron, al menos uno de ellos hasta la actualidad, fueron sus principales opositores y contradictores. Ninguno de ellos, claro, lo acusó  por su responsabilidad en uno de los grandes genocidios perpetrados por la clase dirigente de nuestro país.
A favor. Vale recordar  –como para no aburrir con cosas viejas y antes de precipitarnos tal vez muy apresuradamente hacia el final–, que el llamado roquismo fue acompañado y fundamentado por la flor y nata de la intelectualidad argentina de la época, desde los talentosos e injustamente olvidados Osvaldo Magnasco, Rafael Hernández y Evaristo Carriego, hasta los más consagrados –y edulcorados– Guido y Spano, y Olegario Víctor Andrade, y notables políticos como José Hernández, Roque Sáenz Peña o Hipólito Yrigoyen. Que a esa notable generación y a la siguiente, forjada en los albores el roquismo y languidecida lastimosamente luego de su decadencia, nuestro país le debe, tanto la conformación del Estado nacional y el establecimiento de sus fronteras, como las principales leyes “progresistas” de nuestra legislación, como por ejemplo –y para no abundar– las de registro civil, matrimonio civil y educación laica, universal y gratuita, hasta las primeras leyes de protección de los derechos obreros y tal vez el más importante estudio sobre la situación de los argentinos de a pie: “El estado de las clases obreras argentinas”, redactado por el catalán  Joan Bialet Massé a pedido del propio Roca.
Y puesto que mencionamos a Bialet Massé, constructor del dique San Roque, cabe preguntarse, muy retóricamente, a qué intereses beneficiaba la campaña iniciada por la prensa porteña destinada a difamar toda la obra de gobierno del cordobés Miguel Juárez Celman, que llegó al punto de alarmar a la población de Córdoba anunciando el inminente derrumbe del hasta hoy enhiesto dique… en plena época de sequía.
Negros, chusmas y chinos. Suena razonable que a ciertas gentes, ya sea por distracción o interés, algunos detalles le pasen desapercibidos,  pero preocupa que quienes militan o adscriben a la causa nacional y popular no adviertan que así como la gran prensa hizo escarnio de los “cabecita negras” peronistas y “la chusma” yrigoyenista, también despreció a “los chinos” del roquismo, vale decir, aquellos sobrevivientes de las guerras civiles que llegaron a Buenos Aires a imponer su voluntad nacional, osadía que el establishment cultural porteño jamás les perdonó.
Julio Argentino Roca no es, ni se acerca a ser, algo parecido a una suerte de Padre de la Patria, pero está tan lejos de eso como de ser el gran villano de nuestra historia que cierta moda contemporánea le endilga. Fue el suyo un período histórico lo suficientemente rico y atractivo como para no caer en simplificaciones y consignas políticas que carecen de la menor relación con los dilemas de la época, y conviene no dejarse arrastrar por ciertas consignas supuestamente políticas y lugares comunes “políticamente correctos” que carecen de fundamento histórico y a la vez disponen –si se permite en virtud de nuestra experiencia vital– de una sospechosa cobertura de prensa que vaya uno a saber por qué (y más allá de las opiniones de Mariano Grondona)  pretenden transformar a Julio A. Roca en el gran monstruo de la historia argentina.
No lo es. Bajo ningún punto de vista lo es, y las sorprendentes campañas en su contra tienen mucho de sospechoso, tal vez por cierta paranoica asociación que uno puede establecer con las reacciones “indigenistas” contra las estrategias de conformación de un Estado nacional que deben soportar gobiernos como el de Evo Morales o Rafael Correa.
El Estado, campo de batalla. Es comprensible que para historiadores de ideas libertarias como Osvaldo Bayer –que pasan tanto tiempo en Berlín como en Buenos Aires y para quienes el Estado es sinónimo de opresión–  el genocidio indígena ejecutado –en parte– por Julio A. Roca, sea determinante y suficiente como para reclamar su excomunión y extirpación de la historia argentina, hasta el punto de volverlo análogo a una especie de Petiso Orejudo de la oligarquía. Pero saliendo de Berlín no es difícil advertir que ese Estado que Roca contribuyó más que nadie a crear, es en cierto modo instrumento de opresión y dominación,  sí, pero a la vez es un campo de batalla, y al cabo, instrumento del que se valen  las clases populares para defenderse de la opresión de los poderosos, que en estos hemisferios no requieren ni de nacionalidad  ni de Estado para ejercer su dominio.
Es así que resulta descabellado escuchar hoy que en virtud de su relativa responsabilidad en uno de los cinco genocidios argentinos sea necesario eliminar a Roca de los billetes de la moneda nacional y dinamitar las estatuas que se le han erigido en diversas partes del país ¿Por qué Roca? ¿Por qué derrumbar la estatua de quien, además de derrotar mapuches, impuso la voluntad provinciana sobre Buenos Aires, conformó la Argentina actual y construyó el Estado nacional?
Más que un reclamo imposiblemente indigenista, esta campaña parece nacida de una vieja animadversión porteña. Y sería bueno aclarar este dilema, porque si se trata únicamente del genocidio indígena, sobre el cual con tanta liviandad como ignorancia se afirma que (¡en 1875!) había otras alternativas, convendría agarrárselas con los autores intelectuales del crimen y no tan sólo con sus tardíos ejecutores materiales, que resultan chivos expiatorios ideales en virtud de que carecieron y carecen de diarios y órganos forjadores de prestigio intelectual que los defiendan.
Rosas, el integrador. Cabe recordar que cualquier posibilidad de negociación con las naciones indígenas tendiente a su integración a la entonces embrionaria nacionalidad argentina, había acabado con la caída de Rosas, aunque justo es decir –a juzgar por los tratados de paz firmados entre Calvuncullá y Urquiza en representación de la Confederación  Argentina, y más tardíamente entre Lucio Mansilla y los ranqueles (acuerdo este último desautorizado por el presidente Sarmiento), que esa integración habría sido posible de no ser haber sido derrocado Rosas y de no mediar la sujeción de Urquiza a la política porteña personificada en Bartolomé Mitre.
Lo que puede estar claro, sin mayores esfuerzos intelectuales, es que entre los pueblos o naciones aborígenes y la incipiente oligarquía bonaerense, representada por Mitre mucho más que por Roca, no había ninguna posibilidad de entendimiento. Y esto estaba claro desde 1837, cuando en su obra magna Sarmiento explicó, a sus contemporáneos y a las generaciones posteriores, que en nuestra América, los hombres se dividían en tres clases: salvajes, bárbaros y civilizados. Y así como en esa obra –Facundo– el padre del aula desarrolla su programa político y nos explica que es necesario civilizar a los bárbaros, aunque sea a palos, también nos dice que a los salvajes resulta imprescindible exterminarlos.
El don de la inoportunidad. Facundo fue escrito y publicado en Chile, seis años antes de que a al coronel Segundo Roca se le ocurriera hacerle un hijo a la hermana menor de Marcos Paz. Es así, por decirlo de alguna manera, que resulta curioso que en el momento en que nuestros mestizos –a no olvidarlo, irremisiblemente mestizos– pueblos americanos se abocan a la impostergable conformación de sus estados nacionales, paso previo e indispensable de la necesaria unidad continental, cobren tanto énfasis y tengan tanta difusión discursos supuestamente indigenistas que en pos del necesario respeto y reivindicación de las diversas culturas que conforman nuestra común nacionalidad americana, sean a la vez funcionales a ideologías y políticas que en la práctica atentan contra esa nacionalidad. Y en consecuencia, contra las diferentes identidades étnicas y culturales que la conforman.
La “demonización de Roca” –como dice su inopinado, sorprendente e incongruente defensor– parece ir en esa sintonía. ¿Qué sentido tiene el reclamo de eliminar la imagen y derribar las estatuas del creador del Estado nacional y artífice del triunfo del interior argentino sobre Buenos Aires? ¿Por ser el perpetrador de la fase final del genocidio indígena?
Pues bien,  si ése el motivo, eliminemos su imagen y derribemos sus estatuas, pero sólo si antes eliminamos las imágenes y derribamos las estatuas de Rivadavia, Mitre y especialmente del autor intelectual y cimentador ideológico de la tragedia indígena: Domingo Faustino Sarmiento.
Y si no, no.
Reportaje de NI a Palos a
Javier Trimboli, historiador:
“Es maravilloso que se vuelva a discutir a Roca”

Si es que se puede pensar ya en posibles consecuencias de eso que todos llaman la vuelta de la política, una de las más interesantes es, sin dudas, la de revisar la historia de nuestro país. En este sentido, el 12 de octubre -antes Día de la raza ahora Día del respeto por la diversidad cultural- parece un fecha ideal para volver a discutir el pasado. En este debate se puso de moda pegarle a Julio Argentino Roca verdadera bestia negra de la historia nacional, aunque también –bien vale aclararlo- hombre clave en la fundación del Estado Nacional. Como Ni a palos nunca se conforma y siempre que haya una discusión se da manija, fuimos a buscar a Javier Trímboli, historiador, pura lucidez.

Por Julia Mengolini / Ni a palos

-¿Qué sentido le ves a sacar a Roca del billete de 100 y de toda esta ola antiroquista que propone bajar los monumentos?

– No le veo mucho sentido. Sobre todo porque sigue siendo interesante que personajes de las características de Roca acompañen un proceso político como este, aún cuando uno no pueda decir en lo más mínimo que está plenamente de acuerdo con lo que él hizo, e incluso que hay zonas de su política que le pueden parecer plenamente criticables. Ahora, sabemos de la Campaña del Desierto, pero también Roca es el responsable en buena medida de la federalización de Buenos Aires. Roca fue odiado por las familias patricias porque lo vieron como el último exponente de la barbarie provinciana que venía a terminar con la autonomía de esa ciudad tan soberbia que era Buenos Aires. Una figura como la de Roca permite ver la enorme ambigüedad de los procesos históricos, que además en su caso, lo hacen destacar. Sin embargo, él es un exponente más de una fuerza muchísimo más grande que quería avanzar sobre las poblaciones indígenas y que lo estaba haciendo desde la llegada de los españoles. Por lo tanto Roca es un emergente de un problema social muchísimo más grande.

-Lo que quiere decir que si le caemos a Roca también deberíamos caerle a Mitre, a Sarmiento…

-En un punto yo creo que sí e incluso más que con figuras en particular, con clases sociales, en pensar en problemas que hacen a clases sociales y a procesos sociales determinados. A la vez, hay ciertas maneras de entender la historia, que al colocar todo en situación de proceso, de contexto, de circunstancia, justifican cualquier barbaridad. Ahí creo yo que hay un problema. La época no justifica todo. Ahora, me parece que también es un problema cuando todo se ve en clave “bien o mal”. Entonces ven a Roca como exponente de un mal profundo, de un mal absoluto que produjo la Conquista del Desierto. Me parece que tanto una como otra forma de ver el pasado son problemáticas. Hay una investigadora de La Pampa que se llama Claudia Salomón Tarquini que escribe un libro que se llama Largas noches en la Pampa. Ella dice que la Campaña de Roca de 1879, no produjo un número tan contundente de muertes. Lo más complejo fue la sobrevida de esas poblaciones, que fueron distribuidas, obligadas a cambiar su idioma, obligadas muchas veces a cambiar de nombre, se les adjudicaron las peores tierras, las peores condiciones, con la complicidad de toda una sociedad que avaló esa transformación y que prefirió decir que fueron exterminados: tema terminado, no tenemos más cuestión indígena. Entones, es un tema presente, que sigue estando. Más que el exterminio de un pueblo, lo que se produjo fue una enorme derrota de un pueblo que se vio obligado a tener una sobrevida pautada por las condiciones de los vencedores, condiciones que lo invisivilizaron. Pero esa invisibilización no es efecto de Roca. No es efecto de una persona, ni siquiera de Sarmiento. Sarmiento dice barbaridades, como sabemos que siempre dice, pero algunas de una verdad enorme, en Conflictos y armonías de las razas en América dice: “Ya no hay más reducciones indígenas, pero ahora a los indígenas los tenemos cambiados de nombre, entre nosotros”. Lo que te dice es: se están reciclando en otra cosa, anticipa probablemente al cabecita negra. Siguen estando.

– ¿No es interesante que exista un reclamo indigenista de cualquier modo?
-Es interesantísimo. Este último genocidio que vivimos es el que habilita la visibilización de otros desaparecidos. Para mi uno de los libros más importantes que hay sobre este tema es Indios, ejército y frontera de David Viñas que se publica en los primeros años de los 80. Viñas empieza a escribir el libro con el peso de lo que significa la celebración del centenario de la Conquista en la época de los militares en 1979, celebración que es brutal, a la que Clarín dedicó un suplemento especial notable donde, por ejemplo, hay un saludo de los fabricantes de Coca Cola que dice: “nos quedan muchas campañas en el desierto por realizar”. Es toda una celebración además incolora, indolora, donde no aparecen nunca muertos, no hay fotos de muertos. Viñas empezó a escribir ese libro desde el exilio, con el peso de esa celebración y con la desaparición de sus hijos. Él, rápidamente, en el prólogo se pregunta si no serán los indígenas los desaparecidos del siglo XIX. Para mí es interesantísimo que surja este reclamo. Además, nos desafía a ver cómo hacemos para procesarlo, para abrir esta discusión. Es maravilloso que se vuelva a discutir a Roca.

– ¿De dónde sale ese reverdecer del orgullo indígena?

– Me parece que en esta época, en lo que se llamó el fin de la historia, las identidades y los caracteres colectivos perdieron muchísimo poder, volumen, espesor. Desde ese entones hasta este momento hay una búsqueda enorme de hacerse cargo y tomar como propia alguna identidad. Una identidad disponible y muy interesante para hacer propia es la identidad indígena porque entre otras cosas, tiene un aura muy particular, ligada a los vencidos de manera absolutamente injusta, ligada a otras costumbres diferentes a nuestro sistema capitalista que merece criticas, entonces encuentra en ese legado algo interesante. El tema nos coloca en un problema cultural, de cómo seguir viviendo como comunidad nacional.

-Claro, en Bariloche por ejemplo, hay una comunidad mapuche muy grande y en el Centro cívico, que es un emblema de la ciudad, está el monumento a Roca, casi desafiante, como una provocación. ¿Qué hay que hacer con eso?

– No lo sé, pero a mí me parece interesante que ese monumento esté y que entre otras cosas quede como una marca real y cierta de lo que sucedió. No invisibilizar a Roca, sino intervenirlo, trabajarlo, que sea una presencia que obligue a tomar posiciones, partidos, a producir una contra-estatuaria. Me parece que la invisibilizacion de Roca nos haría creer que el triunfo cultural sobre ese relato, nos estaría liberando de la posibilidad de que haya un nuevo Roca o peor: un Galtieri, un Videla, un Martínez de Hoz. Y eso es absolutamente erróneo, porque las condiciones para que haya un nuevo Roca, o un Martínez de Hoz, son las condiciones del capitalismo. Y no son condiciones meramente culturales. Uno puede producir movimientos culturales muy importantes pero hay algo en el capitalismo que produce eso: como produce en serie productos para el mercado, también produce muertes en serie. No está cerrada esa historia, por más que se borre a Roca.

– ¿Hay alguna relación entre el kirchnerismo y este neorevisionismo que vino de la mano de la divulgación masiva de la historia argentina?

– Me parece que no fue tan nítida y tan estrecha esa relación, como hoy se montó que es. Me parece sí, que a partir del Bicentenario hay una cantidad de exponentes del neorevisionismo que de alguna manera encuentran un lugar que hasta ese entonces no tenían porque hay un enorme apetito popular por conocer la historia. El dato mayúsculo es que la política, que se ha reabierto en la Argentina desde 2001 y con más claridad desde el 2003, también reabrió la cuestión de la historia de la Argentina como no podía ser de otro modo. Y reabrió para que estén todos estos debates puestos en la mesa. Y el gobierno, como buen gobierno peronista, no termina de decir “mi lectura histórica es esta”. La Presidenta ha dicho “yo con Sarmiento tengo muchas diferencias pero también tengo puntos que me encuentran con él”. Es genial que un político pueda marcar el carácter ambiguo de la historia. Quizás hay maneras de entender la historia como una suerte de reprobación de todo lo que es poder, y una fascinación eterna con todo aquel que ha sido derrotado. En los procesos históricos, cuando se tiene poder, es inevitable producir cosas oscuras. Me parece que una construcción política como la actual, que no rechaza el poder sino que intenta darle una utilización  determinada, que tampoco es enteramente emancipatoria y utópica, sabe que el poder tiene ciertas fuerzas demoníacas y hay que saber manejarse con ellas y tener ciertos anticuerpos para evitar correrte de la línea. A veces da la sensación de que preferimos figuras románticas y más puras que antes que el poder prefirieron inmolarse. Hay que entender el drama de los hombres que construyen poder y que además lo hacen en función de que la correlación de fuerzas sociales mejore para las clases populares. Eso es Perón, de alguna manera eso es el kirchnerismo, que no es un proceso puro, es esto. Y es Roca también.

-¿Es Roca también?
-De alguna manera también. Es construir un Estado, es la ley 1420, es esta ambigüedad eterna y el drama de ese hombre. Está claro que la Campaña al Desierto fue una tremenda barbaridad y que no hay manera de justificar.

– ¿Hay quienes en esa época se alzaron en contra de la Campaña al desierto?

-El mitrismo incluso usó el término “crimen de lesa humanidad” pero en rigor era un problema político. Era la manera de ensuciar a Roca quien en 1880 se podía convertir en el heredero de ese poder que el autonomismo estaba forjando, que se había fortalecido con la Presidencia de Avellaneda y que el mitrismo quería terminar. No son argumentos atendibles. Pero los argumentos atendibles son dos: Lucio V. Mansilla, que escribe Una excursión a los indios ranqueles y se pregunta todo el tiempo por qué no encontramos una manera distinta de convivir con estas poblaciones. Y llega a decir: “Una civilización sin clemencia no es civilización”. Y estos hombres son derrotados pero hay que ser clementes con ellos y resituarlos en una estructura productiva de una nueva argentina.

-Lo que habla de que las cosas se podían entender de otro modo…

-En 1870, hay un hombre que ve esto de otra forma. Ahora, ¡Lucio V. Mansilla después es roquista! Es decir, esto que ha dicho en 1870 no le resulta tan grave como para después no adherir a Roca. Para él no era el centro del problema. También está Bialet Masse, este científico catalán que no para de hablar de los indígenas y dice que hay que incluirlos de alguna manera, que tiene que haber una legislación laboral inclusiva para estos hombres. ¿Quién lo manda a hacer el Informe sobre el estado de las clases obreras argentinas a Bialet Massé? Roca. Lo que uno sí puede ver es que lo de Roca es liminar y dificilísimo de responder. Nos deja sin palabras. Me parece que hoy hay una sobrestimación de la batalla cultural o de la nueva hegemonía o del nuevo relato. Y esa sobrestimación es absolutamente equívoca. Insisto: las condiciones para que se produzca un genocidio en occidente siguen existiendo mientras exista el capitalismo y mientras nadie invente una forma social de organizar nuestra economía más eficaz justa y posible que el capitalismo. Esas condiciones están y si sobrenfatizás ese triunfo, pueden pasar al olvido.

-¿A qué le decís ni a palos?
– A la ilusión de que se puede alcanzar un acuerdo mayúsculo respecto del pasado argentino.

Porfidio Calderón soldado de Perón

porfidio

Por Enrique Manson

Se nos fue el sargento Porfidio Calderón, gran compañero y mejor amigo. Tuvimos el privilegio de tratarlo, de conocer su hombría de bien, su generosidad y su emotividad que nos asombraba cuando el rudo tanquista lloraba copiosamente con sólo nombrar al Líder o a sus compañeros de lucha de 1956.

Y tuvimos el gran privilegio de poder homenajearlo en vida, hace un par de años. Por eso se va con su gloria y con el recuerdop del cariño y de la admiración de quienes lo conocimos.

La crónica que sigue fue escrita para el asado (¿Qué otra cosa, si no?) con que lo homenajeamos.

Siempre estará con nosotros.

 

PORFIDIO CALDERÓN

SOLDADO DE PERÓN

En su discurso de inauguración de sesiones del Congreso Nacional, la presidenta criticó a “esta Argentina virtual y mediática que planteó que odiábamos a las fuerzas armadas, … ¿nosotros los peronistas contra los militares?, somos el único partido político vigente en la República Argentina fundado por un general. Nuestro ADN se gestó allí cuando las fuerzas armadas acabaron con el fraude patriótico de la ‘Década Infame’ y Perón fue presidente. … yo creo que han humillado mucho más a las fuerzas armadas los que las redujeron a ser simples encapuchados en lugar de defensores de la soberanía nacional. Esos humillaron a nuestras fuerzas armadas, a nuestras gloriosas fuerzas armadas: las de San Martín y las de Belgrano, y las de aquí más cerca, las de Savio, Mosconi y Baldrich.”

A uno, le quedaba el recuerdo, del Año del Libertador, en que aplaudíamos con entusiasmo a las tropas que desfilaban, porque creíamos que eran los defensores de la Patria. Después, los largos años de la proscripción y la resistencia. Después, la tiranía criminal. Después, los políticos condicionados -algunos felices de estarlo- por la amenaza uniformada y por el poder económico. Que era EL PODER.

No puedo olvidarme de una visita en 1977 al Colegio Militar, con directores de escuelas. Sentía el despojo al ver a la banda que desfilaba cruzándose una y otra vez con nuestra visita guiada, mientras desplegaba la bandera y tocaba las antiguas marchas, como diciendo: “miren desde afuera. Son nuestras. Somos los dueños de la marcha de San Lorenzo y los novios de la bandera”. Pero la bandera y San Lorenzo valen porque son símbolos. Símbolos de una Patria que se identifica con el Pueblo, que es la Patria viva. Y uno veía que se habían adueñado de los símbolos y nos los refregaban por la cara, mientras el Pueblo sufría de torturas y desapariciones físicas y de destrucción económica y social.

 

Hoy vivimos tiempos distintos. No tenemos un jefe de Estado que, para fungir de patriota y popular, se disfrazaba de Facundo, hasta que el FMI le reclamó otro perfil. Tenemos una presidenta que sabe historia, que conoce las luchas de esta Patria y de este Pueblo. Que honra, junto a la generala Juana Azuduy de Padilla y al cruce de los Andes, a la Vuelta de Obligado. Que no es antimilitarista, como no lo era Jauretche, como no lo era Perón, que no en vano se había formado en el Ejército. Es que un Ejército no es mejor ni peor que los hombres que lo componen. No fue lo mismo el Ejército de San Martín que el del asesino de Dorrego. No se puede comparar a Mosconi o a Savio con Aramburu, que dormía la siesta mientras se fusilaba a argentinos, o Suárez Mason, cuyas manos manchadas de sangre no hicieron asco a los buenos negocios.

Hoy vivimos otros tiempos. Nosotros también escuchamos, aguantando las lágrimas de emoción, gritar la marcha de San Lorenzo en los festejos del Bicentenario. Como cuando éramos chicos. Y no las aguantamos cuando asistimos -convenciéndonos de que puede ser posible lo imposible- al homenaje a los héroes de Obligado, el 20 de noviembre.

Cuando se produjo el fenómeno de la guerrilla, los combatientes se definían a sí mismo como soldados de Perón. Luego vinieron los desencuentros que conocemos.

Pero, sin entrar en el análisis de la historia de estos soldados, no olvidamos que en el Ejército, entre tantos enemigos del pueblo y tantos que se cambiaron de camiseta cuando Perón se tuvo que ir, hubo soldados dispuestos a dar la vida por Perón, que era darla por la Patria y por el Pueblo.

Porfirio Calderón nació en Gutemberg, un pueblito cercano a Villa de María del río Seco, la patria chica de Leopoldo Lugones. Su padre tenía unas hectáreas en las que criaba animales. No le iba bien, pero tampoco le iba mal.

Porfirio, era peronista. El 17 de octubre de 1945 había escuchado por la radio de un vecino lo que ocurría en Plaza de Mayo Dice Daniel Brion que “ayudaba en la tarea, con sus 12 años corría asistiendo a su padre y a su madre, desde llevar mensajes hasta a preparar esos asados con cuero y empanadas para los compañeros que, allí, comenzaban a juntarse antes de cada elección o previo a algún otro acontecimiento. Y así, el peronismo fue acompañándolo desde su infancia, aprendió junto a su padre y aquellos inolvidables peones rurales, lo que significaba ser peronista.”

Alguna seca afectó a su padre más de lo común. Porfirio se dio cuenta que no tenía mucho futuro en esos campos, cuando se encontró, en el pueblo, con un cartel convocante. El afiche rezaba aquello de “¡Joven argentino!”, y el joven argentino sintió una clarinada en el pecho. ¡Había nacido para ser milico!

En marzo de 1953 estaba en Campo de Mayo, y durante su intensa instrucción como aspirante, supo que gracias a Perón los suboficiales podían votar y hasta llegar, por ascensos y estudio, a convertirse en oficiales. En diciembre de 1954 egresó como cabo, y se lo destinó al regimiento C-10, como conductor de un tanque Sherman..

Cuando le pregunté si en su condición de militar había tenido a Perón como modelo profesional, me contestó lo que correspondía a un uniformado que, antes que ello, era un hombre del pueblo. La admiración por el General y por Evita pasaba por otros carriles.

“Estando ya en la escuela y con 21 años, soy testigo con bastante dolor, … del bombardeo a Plaza de Mayo y luego de la ‘revolución fusiladora’ como la llamamos nosotros. Muchos de los suboficiales teníamos el deseo de recuperar al gobierno que tanto nos había dado. Nos hablaban de un movimiento que se estaba conformando, pero los mas jóvenes no participábamos de las reuniones.”

Cuando el 9 de junio de 1956, el general Valle se puso al frente del Movimiento de Recuperación Nacional, Porfirio bajo el mando del coronel Ricardo Ibazeta, participó en la toma de la Escuela de Suboficiales Sargento Cabral. Pero la revolución estaba entregada. Aramburu había firmado antes del estallido un Decreto-Ley que establecía la ley marcial. La intención era dar un escarmiento. El comando de Valle no pudo instalar el transmisor que lanzaría la proclama. El general quedó aislado. En Campo de Mayo, Cortínez e Ibazeta debieron rendirse casi sin combatir por la falta de noticias de Valle y por la enorme superioridad enemiga.

Una vez detenidos fueron insultados y maltratados por sus pares y sufrieron amenazas de ejecución. Calderón no fue fusilado, pero pasó 7 meses en una penitenciaría y luego un año y pico en la cárcel de Magdalena. “no nos condenaron porque no podían acusarnos de nada. Cuando yo declaro en Campo de Mayo y el que me tomaba declaración me dice que soy un traidor, yo le contesto que traidores eran ellos, porque yo defendía la constitución y a un gobierno que había sido votado por el pueblo”

Perón se había equivocado en el diagnóstico que hizo en septiembre de 1955. “Estallada la revolución, el día 18 de septiembre la escuadra sublevada amenazaba con el bombardeo de la ciudad de Buenos Aires y de la destilería de Eva Perón (La Plata, EM), después del bombardeo de la ciudad balnearia de Mar del Plata. …; lo segundo, la destrucción de diez años de trabajo y la pérdida de cientos de millones de dólares. … llamé al Ministro de Ejército, General Lucero, y le dije: ‘Estos bárbaros no sentirán escrúpulos en hacerlo, yo no deseo ser causa para un salvajismo semejante.´ Inmediatamente me senté al escritorio y redacté una nota que es de conocimiento público y en la que sugería la necesidad de evitar la masacre de gente indefensa e inocente, y el desastre de la destrucción, ofreciendo, si era necesario, mi retiro del gobierno.”[1]

Cuando Porfirio logró ser admitido en un trabajo, se destacó como conductor de vehículos, lo que le permitió ahorrar y, con sentido comercial, instalar un corralón de materiales que bautizó  “El Líder”. No se guardó las utilidades. Las utilizó para colaborar en la financiación de actividades más o menos subversivas.

Cuando Perón regresó en 1973, eligió a los valientes suboficiales del 9 de junio para su custodia personal. El sargento Calderón fue uno de ellos. El viejo general sabía que a esos hombres podía confiar su vida.

Enrique Manson

febrero de 2011


[1] Declaraciones a la United Press del 5 de octubre de 1955 (En La fuerza es el derecho de las bestias, pag. 6)

¿Quién fue Videla?

Jorge Rafael Videla fue un militar argentino que llegó a general y fue cabeza de la junta militar que derrocó a un gobierno popular elegido en elecciones libres. Ese 24 de marzo de 1976 fue tomado por los sectores dominantes de la Argentina como el inicio de la gran oportunidad de destruir para siempre el país que había creado el peronismo desde 1945.

Videla representó una forma de ser de los militares latinoamericanos que privilegió siempre su cercanía a los factores de poder real y que estuvo siempre dispuesta a dar la espalda a las mayorías populares. Todo lo contrario a San Martín, Mosconi, Savio, Perón. El Estado les daba armas para defender a la patria y esta tendencia siempre creyó que la patria eran los empresarios que les endulzaban el oído buscando su apoyo. Esos empresarios que además eran blancos, occidentales y cristianos como el destino que se imaginaba Videla tenía que correr la Argentina.  Más preocupados por quedar bien con el mundo exterior que con la suerte de su pueblo. En plena guerra fría había que estar con los defensores de esos valores cueste lo que cueste.

Va a pasar a la historia por ser el jefe político-militar del exterminio desatado por su gobierno, fundamentalmente contra los trabajadores organizados, en pos de cambiar la Argentina favoreciendo a los dueños de siempre. También será recordado por promover una palabra como destino trágico de los argentinos, fue quien impuso el concepto por el que nos conocen en el mundo además de Maradona y Messi: hoy desaparecido, como forma de terrorismo de estado, se dice en español gracias a Videla.

Hoy se murió, gracias al kirchnerismo que supo interpretar las demandas de todos los familiares y un conjunto social importante, en la cárcel de Marcos Paz. En pleno conurbano donde viven los trabajadores que fueron excluidos por el modelo de país que Videla lideró junto a Martinez de Hoz.

Videla había sido puesto preso en la década del 80 por el gobierno de Alfonsín y luego liberado por los indultos de Menem en los 90. 10 años después fue el gobierno kirchnerista quien lo volvió a colocar tras las rejas en una cárcel común a quien traicionó su juramento militar de defender a la patria y la entregó al capital extranjero.

Murió sin dar más datos sobre el paradero de cientos de chicos secuestrados, sin dar datos del archivo de los detenidos desaparecidos. Quizás su muerte sea la posibilidad de que otros militares puedan contar lo que su jefe ocultó para siempre.

Videla nos legó para siempre el modelo de lo que no debe hacer un militar.

Peronismo peronista de Perón

En la actualidad se viene produciendo una discusión importante en torno a la herencia del mayor líder popular que tuvo la Argentina en el siglo XX: Juan Perón.

Desde el campo del sindicalismo que hoy llamaríamos tradicional, con Moyano como cabeza de discurso, se viene hablando sobre “la verdadera esencia del peronismo” que estaría cristalizada en la CGT como expresión de la voluntad de los trabajadores. Ese discurso se entronca con otro que viene a definir a los sectores juveniles y de izquierda de los 70 como infiltrados y como los que fueron echados de la plaza por Perón, en aquel famoso acto del 1º de mayo de 1974.

Lo que no entienden los sindicalistas, porque les conviene que así sea, es que esa fue una de las coyunturas importantes que tuvo que atravesar el líder del movimiento nacional popular durante toda su trayectoria. Fue una, pero no la única. ¿Y qué quiero decir con esto?

Durante los primeros gobiernos de Perón, los de las realizaciones y engrandecimiento del pueblo y la Nación, ese que parece que al gobernador de Córdoba no le gusta, Perón tuvo como principal aliado al movimiento obrero que se expresaba a través de los sindicatos. Fue el gremio de los ferroviarios, la UF, quien primero apoyó al, en ese momento coronel. Ese gremio por la forma que había tomado la Argentina agroexportadora era junto con el de la carne de los más importantes previo a la industrialización. Fue el primero que apoyó y también el que forjó en su seno, luego de la estatización de los trenes los principales conflictos gremiales que derivaron en conflictos políticos. La famosa huelga de los ferroviarios, a donde se acercó Evita a decirles que estaban traicionando a Perón. Esa situación se resolvió con represión y encarcelamiento porque se producían en un momento crítico del gobierno. Luego algunos de sus miembros participaron en el intento de golpe de estado del 51 y en el golpe efectivo del 55 lo que dejó en claro que la cuestión gremial no era el camino vertical sin matices que a veces se imaginan algunos.

Ni que hablar de la década del 60 cuando fue el secretario general de la UOM, Augusto Vandor, quien creyó ver superada la etapa del liderazgo de Perón y se quiso catapultar como líder del político del pueblo peronista. Esa situación fue neutralizada a través de las famosas elecciones mendocinas en donde Perón envió a Isabel Martinez para darle un mensaje a los electores sobre quien estaba al frente del movimiento.

Ambos casos no fueron precisamente infiltraciones de jóvenes izquierdistas fanáticos de la revolución cubana y al servicio de la URSS. Ambas situaciones delinearon al peronismo como movimiento nacional en donde las orientaciones y los liderazgos se resolvían puertas adentro. Luego con la crítica a la conducción de Perón que realizaron fundamentalmente desde la organización Montoneros se produjo un tercer momento de crisis en el que también Perón decidió por su liderazgo por sobre quien quería correrlo de escena.

Estas tres situaciones forman parte de la historia argentina toda, y son la prueba de que el peronismo no era estrictamente la expresión de la CGT, sino la expresión del pueblo en su conjunto. Perón lo dejó dicho cuando le preguntaron quien sería su heredero, sería el pueblo, no Lorenzo Miguel.

En la actualidad quienes creen tener el peronómetro de su lado omiten una parte importantísima de la historia de las idas y vueltas de Perón con el movimiento obrero. La omiten para hacer creer que Perón era casi como un delegado de la CGT en el gobierno cuando la historia nos dice que esa situación siempre fue conflictiva y que pese a la irrestricta defensa de los intereses de los trabajadores, el peronismo fue una Revolución Nacional y Popular de todo el pueblo no de un sector.