El lugar de Juan Manuel de Rosas en la historia

En el debate historiográfico sobre la figura de Juan Manuel de Rosas subo un texto publicado por la Biblioteca José María Rosa del Instituto Dorrego que trae un primer momento de conexión en la Argentina entre el nacionalismo popular y el socialismo. Era el cruce entre José María Rosa y Jorge Abelardo Ramos. Nosotros somos hijos de esa esquina de la historia.

Los rojos, Rosas y Rosa

Los rojos, Rosas y Rosa

José María Rosa realiza un análisis sobre la obra “America Latina: un país”, de Jorge Abelardo Ramos.

Durante los años treinta, las relaciones entre los nacionalistas y los socialistas y comunistas estaban lejos de ser pacíficas. En lo referente a la visión de nuestro pasado, la izquierda marxista adhería en general a la versión mitrista instalada en la enseñanza oficial.

Pepe Rosa nunca había sido un anticomunista dogmático, como sí lo eran muchos de sus amigos nacionalistas y rosistas. Había militado en el Instituto en tiempos en que hombres como Vicente Sierra habían demostrado mejor interpretación del pensamiento de Marx en el análisis de la realidad argentina que los seguidores de Codovilla y Rodolfo Ghioldi, y su retirada involuntaria de los claustros santafecinos por la presión de los jóvenes de la Tercera Internacional no había cambiado su manera de pensar.

En 1950, Rosa comentó en la Revista del Instituto Rosas el libro de Jorge Abelardo Ramos América Latina: Un país. A los ojos del autor de Defensa y pérdida de nuestra independencia económica, representaba una verdadera revelación: ¡un comunista que se acercara a la comprensión del revisionismo histórico!

El comentario tiene, desde luego, abundantes críticas. Tal vez la mayor, el olvido que atribuye a Ramos de la obra de los historiadores revisionistas. Pero, fundamentalmente, Rosa reconocía que el autor, y sus seguidores han dado con el revisionismo. Es decir, tienen los ojos abiertos y saben dónde asientan el pie.

Se publica en la revista del Instituto Juan Manuel de Rosas Nº 14, pag. 180.

AMÉRICA LATINA: UN PAÍS

Una de las paradojas de nuestros comunistas es que jamás afrontaron el estudio de la. historia argentina con criterio marxista. Herederos de aquel socialismo internacional de 1919, y a su través de los “intelectuales de izquierda” de principios de siglo, la concepción histórica de los comunistas nunca fue más allá de José Ingenieros. Está filiación liberal los hizo continuadores de las preocupaciones de las minorías cultas contra los caudillos populares. No vieron en nuestra historia nada más que la iconografía barata de las antologías escolares: se emocionaron ante Rivadavia y ante Sarmiento, los hombres del progreso y de las luces. Todo lo otro era reacción y atraso, y aquello de “civilización y barbarie” fue su lema y su guía. Como comulgaban en los mismos cálices de la historia seria alguno de ellos llegó – previo un Jordán levemente purificador – a meterse en la Academia del doctor Levene.

Ingenieros intentó hacer una interpretación económica del pasado argentino manejando con mayor novelería que comprensión los postulados de la lucha de clases y la infraestructura económica. Pero no atinó a darse cuenta de que con tales instrumentos necesariamente se quebraba el molde clásico de la historia oficial, que después de pasar por sus manos siguió como estaba en el siglo XIX. O peor tal vez porque Sarmiento hablaba con plena conciencia de civilización y barbarie, e Ingenieros no supo comprender el sentido clasista que había en la antinomia. Como tenía que encontrar en la historia una “lucha, .de clases” supuso que Rosas, patrón de estancias y dueño de saladeros, “debería” encontrarse en constante pugna con el proletariado de sus peones y obreros. Sobre esta suposición construyó todo el andamiaje: Rosas debió ser un tirano porque necesariamente su prepotencia patronal tenía que mantenerse por el terror. Sus enemigos debieron ser las masas proletarias a quienes dio como auténticos representantes los europeizantes rivadavianos de 1826, o los jóvenes dandys que redactaban “La Moda” en 1837. No se detuvo mucho para pensar en la posibilidad de estas suposiciones: tenía que ser así, y eso le bastaba.

Los comunistas bebieron en tal fuente y las elucubraciones de Ingenieros pasaron a ser la guía marxista de la historia argentina. No era Ingenieros un marxista, pero de cualquier manera era un pensador, un intelectual de izquierda. ¿Qué era el comunismo sino la “izquierda”? La mentalidad de Rodolfo Ghioldi no daba para más.

Orientación, La Hora, Argumentos, fueron los defensores más constantes de la historia oficial. Sarmiento y Rosas: era civilización y barbarie: proletariado y capitalismo. El catecismo” de Grosso con sus angelitos y sus réprobos servía paradojalmente a la derecha conservadora y a la izquierda comunista. Cuando el revisionismo llegó a. la liza, los marxistas se unieron a la batida general que nos decretó la oligarquía; nos persiguieron con santo horror convencidos de que éramos devotos de un culto diabólico, y, de que bajo la apariencia de tenidas históricas celebrábamos verdaderas misas negras donde se despotricaba contra la libertad y se rendía culto a la violencia y a la sangre, con el retrato de Sarmiento puesto cabeza para abajo,

Pero esta posición comunista llevaba en sí, aparte de su ingenuidad, una enorme contradicción que alguna vez haría crisis. No se podía descansar eternamente en la fidelidad de Ingenieros para interpretar marxísticamente la historia argentina. Alguien llegaría alguna vez que aplicara la. teoría económica, sin dejarse impresionar por los mitos escolares. Rodolfo Puígross pudo hacerlo, pero dócil a la disciplina partidaria debió atacar al rosismo por táctica política; sus libros sobre Rosas no están a la altura de sus otros estudios, los de Moreno por ejemplo. Es fácil señalar en ellos – como lo hemos hecho en esta Revista – equilibrios, vacilaciones y sofismas que muestran bien a las claras la discordancia entre la pluma y el pensamiento. Hoy que se ha alejado del partido esperamos trabajos más acordes a su versación histórica y su indudable talento.

No aceptamos la interpretación marxista de la historia, está de más decirlo. Somos de la vereda de enfrente, y nos separan de los discípulos de Marx muchas cosas. Pero oposición no quiere decir incomprensión; sería ridículo negar en 1950 el valor sociológico de Marx y la trascendencia política del marxismo.

Marx tuvo un gran acierto con la interpretación económica de la historia: que analizando los acontecimientos históricos encontramos en ellos causas materiales, es una verdad que ampliamente compartimos, pero para nosotros hay también motivos espirituales que obran en el devenir histórico. Los marxistas ven individuos movidos por sus apetitos, nosotros comunidades sociales guiadas por impulsos espirituales: las ideas de Patria, de Dios, de Rey, etc. ¿Qué importa si analizando profundamente estos ideales encontramos motivos económicos, una infraestructura material como dirían los marxistas? Es posible. Como es posible que analizando el amor a la madre encuentren los freudíanos un impulso sexual subconsciente. Pero ni el amor a la madre se manifiesta sexualmente, ni los hechos históricos se exteriorizan en forma de impulsos materiales.

Desconocer esos móviles materiales ocultos en la infraestructura social fue el gran defecto de los historiadores, anteriores a Marx. No comprender que eses móviles dejan de ser materiales cuando sé exteriorizan en movimientos sociales fue a su vez el gran error de Marx., O mejor dicho de los marxistas, porque su maestro algo habló del “entusiasmo caballeresco”, del “éxtasis religioso” en el Manifiesto Comunista.

“Jorge Abelardo Ramos es un comunista de la IV Internacional. Es decir, pertenece al grupo reducido pero batallador de los marxistas puros, que ven en el actual jefe de la U.R.S.S un traidor a la revolución comunista. Es la corriente trotskista que tiene sobre la stalinista la apreciable ventaja de no precisar “posturas, tácticas” ni gastarse en difíciles defensas de la actualidad soviética. Se consideran los auténticos depo¬sitarios del Evangelio de Marx y herederos de Lenin, y esperan hacer la verdadera revolución marxista traicionada por “la burocracia de Moscú”. No les obsta su escaso número ni la formidable inquina de sus poderosos e inescrupulosos adversarios. Se preparan con fe y con entusiasmo para cuando les llegue la hora. Y mientras tanto estudian y meditan. Como no tienen problemas de táctica ni obedecen a consignas del “partido”, estudian y meditan con libertad.

Y así Jorge Abelardo Ramos puede llegar a descubrir la gran verdad del revisionismo. Que “en América Latina los intelectuales y militares sorprendentemente democráticos – aristócratas criollos en su mayoría – introdujeron el estupefaciente del liberalismo – progresivo en Europa y reaccionario en América – y aherrojaron a las masas esclavas, gauchos, campesinos e indios”. Es nuestra misma idea expresada en estilo comunista. Y escribe un libro estudiando el proceso formativo de América Latina, especialmente de la Argentina. De ese libro, que juzgamos acertado en muchas de sus conclusiones históricas, comentaremos las que nos interesan por la índole de nuestro Instituto: el capítulo que dedica a “Rosas: una política nacional en el Río de la Plata”.

Todo él problema argentino – dice Ramos – gira alrededor de la antinomia librecambio-proteccionismo. Buenos Aires era librecambista porque esta política interesaba a sus comerciantes y hacendados; el interior proteccionista en defensa de sus manufacturas artesanales, crecidas gracias al monopolio español. En 1809 Buenos Aires da fin al monopolio y abre su puerto al libre comercio; en 1810 hace la Revolución, y se afirma en el gobierno una “intelectualidad crecida al lado de la burguesía comercial pero que también aportaba su propio utopismo: una mezcla de ceguera y fantasía”. Librecambismo en política significó unitarismo, como defensa de las manufacturas fue federalismo; las guerras civiles entre el interior contra Buenos Aires, no tuvieron otra causa. Por un lado estas guerras, y por otro la ceguera y fantasía del equipo gobernante y el país acabó en una terrible crisis en la cual amenazó fragmentarse en catorce republiquetas independientes.

Entonces aparece el “poder fuerte” de Rosas, a quien califica de “enigma”, pues es estanciero poderoso y al mismo tiempo caudillo .de las clases populares. Pero además de estanciero y caudillo popular, Rosas tienen condiciones para elevarse “hasta abarcar el conjunto del problema nacional en el Río de la Plata”. Considera que éste es su valor histórico ya que “de tal visión fueron incapaces los cultos representantes porteños de la burguesía mercantil, esos semidioses de nuestra historia escrita”.

Rosas logra la unidad nacional por pactos con los otros caudillos. Termina con el líbre cambio, por la ley de aduana de1835 que inaugura una era de gran prosperidad económica; y se defiende tenazmente contra la coalición de los intereses imperialistas extranjeros, mientras “los discípulos criollos de la Enciclopedia compadecían desde Montevideo – esa eterna Ginebra de renegados, tan distinta de la Ginebra de los revolucionarios” a los caudillos que dictaban sus decretos sin ortografía sentados en un cráneo de vaca. Irritados con el destino no comprendieron a Rosas; tampoco se comprendieron a ellos mismos. Rosas, al frente de sus orilleros, negros y gauchos, representó incomparablemente más que los unitarios afrancesados, que Echeverría y sus intelectuales de Mayo, que el anti-gaucho, antipopular e impopular Sarmiento: una política democrática, y fue en todo caso más progresivo que sus enemigos. Fueron los triunfadores de Caseros los que acuñaron las formas jurídicas que nos rigen y escribieron la historia que se cree. Todos ellos organizaron, no el país que ya estaba constituido por el sistema de los pactos interprovinciales, sino la oligarquía moderna. Esta oligarquía montó una de las mejores máquinas administrativas de las posesiones mundiales que disfrutaría el imperialismo. La victoria extranjera sobre Rosas abre el período del coloniaje contemporáneo y la pérdida del proceso histórico nacional en desarrollo, Una subordinación qué dura un siglo”.

Dejemos de lado las causas económicas como sola explicación del proceso histórico argentino. Dejemos de lado algunos lunares que el autor cree necesario colocarle a Rosas, tal vez como alarde de imparcialidad. Pasemos por alto que Ramos no nos cita ni una sola vez como fuente de sus conocimientos, pese a haber tomado de las publicaciones de los autores revisionistas y de la Revista de este Instituto casi todo el bagaje histórico de que hace gala. No nos fijemos en que su información sobre la traición unitaria, su exégesis sobre la política de Rosas, su interpretación del monopolio español, los efectos del librecambio de 1809 y la ley de aduana de 1835, está íntegramente tomada de escritores del Instituto, a los que sin embargo agravia, como “admiradores oligárquicos que envanecidos porque un británico (Hudson) se ocupara de una colonia en sus escritos, lo han exaltado (a Rosas) basta las nubes”. Perdonémosle que después de haberse apoderado de nuestras investigaciones afirme con soltura que no le incomoda nuestra coincidencia. No hagamos caso de que en la solapa de su libro se pretenda nada menos que el descubridor del revisionismo: “Este libro sorprendentemente nuevo…” No insistamos en puntillos de amor propio ni recojamos alusiones que no nos alcanzan. Anotémonos simplemente el clásico poroto del triunfo.

Lo que importa es que nuestra prédica haya germinado, aunque sea en campo tan distante del nuestro. La verdad tiene que abrirse, camino y nadie la podrá detener. ¡Que vengan muchas de esas coincidencias aunque nos paguen con el mismo agradecimiento del señor Ramos!

Cuando Ramos no “coincide” con nosotros y se pone a hacer historia por su cuenta, cae en los necesarios errores de quien no conoce el terreno que pisa. No nos referimos a la interpretación de los hechos, sino a los hechos mismos. Amablemente le señalaremos dos o tres errores graves que haría bien en corregir para su próxima edición, aunque descontamos desde ya su falta de agradecimiento:

1º) Artigas no fue “vencido por la oligarquía terrateniente y ganadera uruguaya después de Ituzaingó” (pág, 83 y 189). Lo fue por Ramírez en 1820 a poco de Tacuarembó. 2º) Los Colorados del Monte no “sostuvieron el gobierno unitario de Martín Rodríguez-Rivadavia, jaqueado por las montoneras provincianas”. (p. 89). Cuando los colorados luchan contra la montonera santafesina en julio y agosto de 1820 el gobernador era Manuel Dorrego; cuándo apoyan a Martín Rodríguez a principio de octubre, lo hacen contra el levantamiento porteño de Pagóla y los tercios cívicos. En ninguno de los dos casos era ministro Rivadavia, que todavía andaba por Europa. 3º) No fue “en su calidad de Gobernador de Buenos Aires, que Mitre rompió con el acuerdo de San Nicolás, forjado por Urquiza”. (p, 106). El gobernador del Acuerdo era don Vicente López, Mitre; era entonces un diputado que hacía sus primeras armas políticas en las famosas jornadas de junio. El leader de la oposición a Urquiza fue Valentín Alsina.

No le criticamos estos errores que Ramos despectivamente llamaría minucias eruditas. No tienen mayor trascendencia en la tesis general de su libro, pero una corrección pondría más a tono las páginas consagradas a Artigas, a las montoneras y a la oligarquía, con aquéllas en que trata la unidad nacional, la política rosista o la situación económica de Rosas, en los cuales “coincide” con nosotros. Y, además, no se equivoca ni en el detalle.

¿Es posible una interpretación puramente marxista del hecho Rosas? En algún trabajo nuestro decíamos que “la apreciación de los actos públicos de Rosas ha de constituir un eterno, quebradero de cabeza para quienes interpretan la historia con criterio materialista. ¿En virtud de qué ley económica Rosas, hacendado y exportador de carnes, realizará una acción de gobierno que beneficia sobre todo a los industriales y agricultores? ¿Que política de clase lo llevó a no doblegarse en 1838 ni en 1845 ante las pretensiones extranjeras, no obstante paralizar los bloqueos sus negocios de estanciero?” 1. No había otra explicación posible que el patriotismo del Restaurador, el haber comprendido que los intereses nacionales estaban por encima de sus negocios particulares y hasta de las conveniencias de su provincia. Ramos, siguiendo (por coincidencia) nuestras huellas, encuentra que la política de Rosas lejos de favorecer a los estancieros tuvo exclusivamente en cuenta los intereses generales y nacionales. Entonces, ¿qué es Rosas marxísticamente? – Un enigma, para Ramos: “Expandir sus empresas saladeras y convertirse en el principal exportador habría sido la gran finalidad de Rosas. Pero si éste fue uno de sus propósitos iniciales, en todo caso el detalle no agota el enigma”. Anotemos al pasar que eso de los propósitos iniciales es una suposición que va por cuenta y riesgo del autor, pues Rosas finiquitó todas sus actividades comerciales e industriales el día antes de subir al gobierno.

jorge-abelardo-ramos-america-latina-un-pais-1696-MLU29680763 8843-FPero lo cierto es – como dice Ramos – que “cuando Rosas llega al poder hasta cierto punto se eleva por encima de su clase de origen para abarcar el conjunto del problema nacional en el Río de la Plata. Este es su valor histórico”. El autor no da base alguna para el dubitativo hasta cierto punto, pero de cualquier manera entiende que se eleva por encima de su clase de origen, anteponiendo los ideales nacionales y generales a sus intereses domésticos. Es decir, se va más allá del marxismo, como si fuera un dialéctico consciente, un político revolucionario, que es como los marxistas llaman al jefe comunista que sofoca sus propias aspiraciones materiales en beneficio de la causa. Pero como Rosas no es evidentemente un dialéctico consciente, Ramos se queda sin saber lo que es, y sin agotar el enigma sigue adelante. . . ¿No sería mucho más fácil suponerle patriotismo?

El enigma de don Juan Manuel no lo extiende a los otros caudillos del interior. Porque éstos – aquí también el autor marcha por su cuenta – eran representantes de las provincias, y las provincias eran entidades económicas artesanales y de pequeña industria doméstica. De allí a suponer que los montoneros y sus caudillos eran artesanos que defendían sus talleres, no media para Ramos distancia alguna. “De tal realidad ‘(el artesanado) se forja el irreductible coraje de las montoneras”, dice, agregando más adelante: “al frente de las mismas los caudillos defendieron con uñas y dientes la industria territorial. ¡Perdón! Si Ramos nos hubiera leído más detenidamente habría “coincidido” con nosotros en que no todas las provincias vivían de las industrias. Que ni en la Banda Oriental ni en Entre Ríos, ni en Santa Fe hubo talleres artesanales de consideración, y como las montoneras fueron orientales, entrerrianas o santafesinas, no las debe suponer formadas por artesanos. Tampoco Artigas, ni Ramírez, ni López, fueron industriales, sino estancieros o militares. En cambio habría encontrado industrias en Corrientes y sabría que Ferré era carpintero de ribera: pero justamente Corrientes fue la única provincia del litoral que no tuvo montoneras, y Ferré su gobernador no era un caudillo, sino el primus inter pares de una oligarquía. Tampoco hubo montoneras en las provincias artesanales del interior en 1820. Las habrá después: pero ni en Catamarca ni en Tucumán ni en Salta, provincia de artesanales, sino en los llanos de La Rioja (Facundo, el Chacho, Felipe Varela, etc.), precisamente el único lugar del interior desprovisto de industria territorial. No, La explicación económica que Ramos da de la montonera y los caudillos se resiente de falta de información. Tendrá que recurrir a otra cosa. ¿El enigma tal vez, o aceptará la “conciencia dialéctica” de Estanislao López o de Francisco Ramírez?

Este libro nos ha producido sentimientos encontrados. Por una parte saludamos alborozados la conversión al rosismo de los trotskistas, pero por la otra confesamos cierto recelo.

Nunca creímos en un peligro comunista para la Argentina. Era bien claro que mientras los “intelectuales de izquierda” abrevaran en la historia oficial no tendrían una conciencia verdadera del país. Andarían a los tropezones tomando a contramano en cada vuelta del camino. Es muy comprensible que si para ellos Rivadavia era en 1826 el “pueblo argentino”, en 1945 se equivocaran con Tamborini. Semejantes topos no podían significar nada serio para nuestra política.

Ahora es distinto. Estos comunistas de la IV Internacional no sabemos cuántos son ni quiénes son. Pero han dado con el revisionismo. Es decir, tienen los ojos abiertos y saben dónde asientan el pie.

J.M.R.

(1) Defensa y pérdida de nuestra independencia económica, pág. 202

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Nuevamente aparece esa figura: hablando de Roca ¿qué estamos discutiendo?

El diario La Nación publicó ayer esta nota http://www.lanacion.com.ar/1652917-militancia-e-ignorancia en la que argumenta en defensa de Roca a raíz de un mapa que se encontró en EEUU en donde la zona sur de la Patagonia no estaba reconocida como territorio nacional. Y que por ende los que quieren tirar abajo la estatua de Roca en Bariloche, auto reconocidos como mapuches, no saben de historia y son víctimas del revisionismo oficialista que ensalza algunos héroes y demoniza a otros. Es real que en ese momento la Patagonia hoy argentina era zona de disputa con Chile, pero no es menos real que se causó un martirio muy grande en pos de cumplimentar la organización territorial. Roca fue el hombre elegido para terminar la tarea que se había encomendado a Alsina anteriormente que había utilizado la técnica del zanjón para separarse de los indígenas. El tema es interesante porque Roca luego de esta situación va a llegar al gobierno en 1880 sin el apoyo de los porteños comandados por el creador del diario La Nación y ex presidente Bartolomé Mitre. Roca es quien federaliza el puerto de Buenos Aires dando fin a una disputa de 70 años, pero es también quien ancla el desarrollo del país al imperialismo de la época que era el inglés. ¿Había otras opciones? El Paraguay destruido de los López había indicado un camino respetado por el federalismo argentino en donde se imponía un desarrollo autónomo negociando en mejores condiciones con los prestamistas y usureros de Inglaterra. Era el intento de negociación a varias bandas que se había propuesto Rosas incluyendo a Estados Unidos y Francia en el menú de opciones. Argentina quedó supeditada a Inglaterra y fue el hijo de Roca quien llegó al punto máximo cuando firmó el tratado Roca-Runciman que más o menos nos ponía como suplicantes para que Inglaterra nos comprara carne. Eso hasta que llegó Perón con eso de que nosotros tenemos la comida y uds el apetito veremos quien aguanta más, pero eso es otra historia.

Volvamos a Roca. Que La Nación lo reivindique pese a haber nacido como un adversario de Bartolomé Mitre no aparece como una falta de lealtad, porque en definitiva Roca puso su astucia al servicio de los capitales ingleses, no de su pueblo. Y eso le permitió aliarse luego de su presidencia con un Mitre en sus últimos años. Por eso es que puede ser reivindicado desde ese diario, pese a que existan mitristas talibanes que financien a los indigenistas porteños para tirar la estatua de acá de capital. Pero el tema es la estatua del centro cívico de Bariloche. El diario La Nación trata a los mapuches como chilenos, sabiendo que esa comunidad estaba a los dos lados de las fronteras, además de acusarlos de asesinos de los tehuelches. Interesante ver como sacan a relucir cuestiones antecedentes de la conquista española para justificar el presente. Lo mismo decían para justificar las matanzas españolas en México o Perú: no se podía juzgar a Hernán Cortés porque los aztecas habían dominado a los tlaxcaltecas. Acá parecen ir por ese mismo camino, pero todas las lecturas históricas hay que contextualizarlas con el presente, y el presente indica que el discurso que discute la figura de Roca no aparece solo como una cuestión de nombres sino dentro de un proceso político amplio donde está en juego la inclusión e integración de los sectores populares de nuestro país. En el caso de nuestro sur y más específicamente de Bariloche la estatua no representa la argentinidad únicamente sino el recuerdo de las matanzas de los abuelos de quienes integran los sectores populares de esa región. La ascendencia indígena mapuche es amplia, y sabemos que lo que generalmente le molesta a nuestra clase dominante es mezclarse con los que tienen la piel oscura. El movimiento alrededor de la estatua en un lugar tan importante como Bariloche por su centralidad representa la posibilidad de discutir una infinidad de temas relacionados con la inclusión y la distribución de los ingresos que genera nuestra patria. La historia juega su centralidad en el aquí y ahora y es nuevamente el diario La Nación que se pone del lado de quienes ningunearon siempre a nuestro pueblo y ahora no sólo quieren seguir en ese camino sino que además los acusa de no conocer la historia y valorar poco el hecho de ser argentinos. Toda una afirmación para quienes se beneficiaron por siempre del saqueo de nuestra patria.

Dejo un post de octubre de 2011 sobre esta cuestión.

La cuestión Roca

Posted on octubre 21, 2011

El 12 de octubre, más la demanda que le están haciendo los Martinez de Hoz a Osvaldo Bayer traen nuevamente la discusión alrededor de una figura como Julio Argentino Roca. En pleno kirchnerismo que nada entre los factores de poder real para intentar salir airoso es un buen momento para darse una discusión que muchas veces se cree saldada por lo políticamente correcto. Si algo nos enseñó esta etapa es que el vínculo con los factores de poder real no es gratuito y para su desmonte no sirve, solamente, salir a gritar que no nos gusta. Es urgente crear las alternativas reales y posibles para el desmantelamiento de los nichos de poder concentrado que se heredaron y se mantuvieron mientras había objetivos más importantes dentro de la estrategia marco. Para dar un ejemplo, hasta 2010 había que dar trabajo y después veíamos la calidad del mismo. Hoy ese trabajo tiene que estar bajo la estricta legislación laboral argentina. Esto quiere decir que antes no? No, lo que quiere decir es que en la urgencia hay que resolver lo importante. Abrir la cantidad de frentes que se pudieran operativizar con la fuerza que se tenía en ese momento. Hoy la situación es otra y es necesario profundizar la construcción de una Argentina para los 40 millones que somos. Con este bagaje acumulado volvemos a discutir la historia, pero entendiendo sus contradicciones y tratandonos de salir del bien y el mal. Para la Argentina del siglo XIX el roquismo significó la derrota del mitrismo. La pregunta es si a nosotros hoy eso nos importa, o ponemos la lupa únicamente en la aberrante campaña del desierto?

Dejo dos textos sobre este tema para abrir el debate.

Extraído del blog pájarosalinas.blogspot.com

Roca y el indigenismo como coartada de los enemigos de la Nación

La Argentina moderna no existiría sin la decisión de Roca
Estigmatizarlo como genocida:  ¿Justicia indígena o venganza porteña?
Por Teodoro Boot / Pájaro Rojo
A Julio Argentino Roca le salió el peor de los defensores posibles: que a un tipo lo defienda Mariano Grondona es casi una admisión de culpabilidad… si es que ese tipo se encuentra en condiciones de aceptar o rechazar esa defensa, lo que no es justamente el caso.  Roca, que es de quien hablamos, murió de viejo hace exactamente 97 años. No es su culpa si ahora le salió un Grondona, así como antes le salieron un Félix Luna o un Jorge Abelardo Ramos, tal vez su mejor y más exaltado panegirista.
Como no es cuestión de escribir un libro, optaremos por la síntesis y la simplificación, lo que conlleva el riesgo de la arbitrariedad, pero en tren de una más fácil lectura debería concederse la posibilidad de que toda afirmación pudiera en su oportunidad fundamentarse.
Roca nació en Tucumán en 1843, en el auge del poder rosista y en una provincia mediterránea tradicionalmente antirrosista, en gran parte por antiporteña, dos datos a tener en cuenta y que deberían sumarse a un tercero: fue educado en el Colegio Nacional de Concepción del Uruguay, institución que no tuvo su Juvenilia, pero en la cual fue moldeada la futura clase intelectual y dirigente de la Confederación Argentina.
La existencia de la Confederación Argentina es otro dato a tener en cuenta: existió, institucionalmente organizada, desde la proclamación de su Constitución en el año 1853 –cuando Roca no llegaba a los 10 años de edad– hasta que su jefe político y militar, Justo José de Urquiza, decidió perder la batalla de Pavón. Roca tenía entonces 18 años y combatió en el bando confederado.
Pavón, una encrucijada. La batalla de Pavón y su extraño desenlace son considerados a veces una pintoresca anécdota menor de la historia argentina, opacada, por ejemplo, por la batalla de Caseros, que acabó con la gobernación de Juan Manuel de Rosas y su manejo de las relaciones exteriores de la Confederación en su etapa aun no institucionalizada. Pero Pavón no fue un hecho menor. Mientras para muchos de los contemporáneos, aunque terminara siendo otra cosa, Caseros podía ser vista como la voluntad de parte del interior argentino impuesta sobre el arbitrario manejo portuario y aduanero que ejercía la provincia de Buenos Aires, Pavón fue la claudicación del proyecto federal de trece provincias ante lo que de ahí en más y por veinte años será la omnímoda voluntad de los comerciantes porteños y los ganaderos bonaerenses, ambos ligados mucho más estrechamente al comercio exterior que a una economía nacional.
Militar de profesión, el joven Roca pasará a revistar en el ejército nacional, eufemismo por el que será conocido el ejército porteño que por directivas de Mitre y Sarmiento aniquilará los levantamientos provinciales de Ángel Vicente Peñaloza, Felipe Varela, Pancho Saá y Simón Luengo, acabará con el Paraguay independiente de Francisco Solano López y extinguirá la última de las montoneras argentinas dirigida por el gobernador entrerriano Ricardo López Jordán.
A diferencia de federales de una generación anterior, como Telmo López, el mismo López Jordán, los hermanos Hernández, Olegario Andrade y Carlos Guido y Spano, Roca combatirá contra el Paraguay y, en el bando contrario a todos ellos, y será quien personalmente ponga fin a las quijotescas andanzas de Ricardo López Jordán. Tenía entonces 28 años y era uno de los más prestigiosos oficiales del ejército.
A los 32 años y ya ministro de Guerra, lleva a cabo lo que la historia oficial recuerda como la mayor de sus hazañas, la “Campaña del Desierto”, que Estanislao Zevallos, en un opúsculo particularmente racista promovió como “La conquista de 15.000 leguas”.
Cinco genocidios. La Campaña del Desierto permitió a la todavía inexistente República Argentina ocupar la Patagonia y fue un auténtico genocidio, uno de los cinco genocidios perpetrados por nuestro país –se podrá decir, “por la clase dirigente de nuestro país”, pero va de suyo que la que dirige es siempre “la clase dirigente”.
Técnicamente hablando –al menos en la acepción que da al término Naciones Unidas–, genocidios también fueron la casi literal desaparición de los afrodescendientes –mayoritarios en el virreinato rioplatense al momento de la Independencia–, la “guerra de policía” contra las provincias del noroeste, la eliminación física de más del 70 por ciento de los hombres paraguayos durante la guerra de la Triple Alianza y la más reciente persecución y eliminación de opositores políticos durante la última dictadura militar.
Cinco años después de la “Campaña del Desierto”, en su condición de jefe del ejército y candidato presidencial de las provincias, es el todavía joven Roca quien acaba con la nueva revolución secesionista porteña, esta vez encabezada por Carlos Tejedor.
Y es en este punto donde conviene detenerse. Si bien “el problema del indio” era un asunto de larguísima data y así como en nuestra vida independiente las distintas naciones aborígenes habían intervenido en las guerras civiles, y ya en 1837 Domingo Faustino Sarmiento había establecido la doctrina básica respecto a “bárbaros” y “salvajes” en su panfleto Facundo. Civilización y barbarie, no había sido la siempre ambigua relación con las naciones aborígenes la principal dificultad en la conformación de la nación argentina. Antes bien, el principal escollo había sido Buenos Aires y los intereses de su clase dirigente, el sector mercantil ligado al comercio británico que con el tiempo –y Roca mediante– derivaría en “oligarquía ganadera”.
La Banda Occidental. Al momento en que Nicolás Avellaneda –que había inaugurado su mandato enfrentando una revolución porteña orientada  por Bartolomé Mitre– terminaba su período, en Buenos Aires se preparaba a una nueva secesión, similar a la que se prolongó desde 1852 hasta 1860, cuyo propósito era la constitución, en la margen opuesta del Plata, de una réplica de la República Oriental del  Uruguay. Es entonces el ejército nacional, ya librado de la influencia porteña y dirigido por Julio A. Roca, el que lo impide y, triunfante sobre la revolución de Carlos Tejedor, impone la federalización de la ciudad de Buenos Aires y la de su puerto. Si alguno quiso ver en este acto la victoria del interior argentino sobre la voluntad hegemónica y en su defecto aislacionista de Buenos Aires, a juzgar por los acontecimientos posteriores, se equivocó. Pero el acto es, sin lugar a dudas, el hecho fundante de la Argentina actual, con lo bueno y malo que esto supone, y siempre según quien mira. Lo que está claro es que de no ser por la decisión de Roca, que pasó por encima de las vacilaciones del presidente Avellaneda, nuestro país no sería uno, sino dos. Y no es ucronía suponerlo: era el objetivo explícito de la clase dirigente porteña, hasta en ese momento autosuficiente con su fértil “pampa húmeda”, su puerto y su aduana, constituirse en otra ROU.
Tal vez visto –muy engañosamente– desde hoy, este acontecimiento no revista gran importancia. Es razonable que así sea: el triunfo de Roca –y por su intermedio, del interior argentino– sobre Buenos Aires no fue definitivo.
Roca no dejó un diario, ni dos, y los dos grandes medios “nacionales” que pervivieron, al menos uno de ellos hasta la actualidad, fueron sus principales opositores y contradictores. Ninguno de ellos, claro, lo acusó  por su responsabilidad en uno de los grandes genocidios perpetrados por la clase dirigente de nuestro país.
A favor. Vale recordar  –como para no aburrir con cosas viejas y antes de precipitarnos tal vez muy apresuradamente hacia el final–, que el llamado roquismo fue acompañado y fundamentado por la flor y nata de la intelectualidad argentina de la época, desde los talentosos e injustamente olvidados Osvaldo Magnasco, Rafael Hernández y Evaristo Carriego, hasta los más consagrados –y edulcorados– Guido y Spano, y Olegario Víctor Andrade, y notables políticos como José Hernández, Roque Sáenz Peña o Hipólito Yrigoyen. Que a esa notable generación y a la siguiente, forjada en los albores el roquismo y languidecida lastimosamente luego de su decadencia, nuestro país le debe, tanto la conformación del Estado nacional y el establecimiento de sus fronteras, como las principales leyes “progresistas” de nuestra legislación, como por ejemplo –y para no abundar– las de registro civil, matrimonio civil y educación laica, universal y gratuita, hasta las primeras leyes de protección de los derechos obreros y tal vez el más importante estudio sobre la situación de los argentinos de a pie: “El estado de las clases obreras argentinas”, redactado por el catalán  Joan Bialet Massé a pedido del propio Roca.
Y puesto que mencionamos a Bialet Massé, constructor del dique San Roque, cabe preguntarse, muy retóricamente, a qué intereses beneficiaba la campaña iniciada por la prensa porteña destinada a difamar toda la obra de gobierno del cordobés Miguel Juárez Celman, que llegó al punto de alarmar a la población de Córdoba anunciando el inminente derrumbe del hasta hoy enhiesto dique… en plena época de sequía.
Negros, chusmas y chinos. Suena razonable que a ciertas gentes, ya sea por distracción o interés, algunos detalles le pasen desapercibidos,  pero preocupa que quienes militan o adscriben a la causa nacional y popular no adviertan que así como la gran prensa hizo escarnio de los “cabecita negras” peronistas y “la chusma” yrigoyenista, también despreció a “los chinos” del roquismo, vale decir, aquellos sobrevivientes de las guerras civiles que llegaron a Buenos Aires a imponer su voluntad nacional, osadía que el establishment cultural porteño jamás les perdonó.
Julio Argentino Roca no es, ni se acerca a ser, algo parecido a una suerte de Padre de la Patria, pero está tan lejos de eso como de ser el gran villano de nuestra historia que cierta moda contemporánea le endilga. Fue el suyo un período histórico lo suficientemente rico y atractivo como para no caer en simplificaciones y consignas políticas que carecen de la menor relación con los dilemas de la época, y conviene no dejarse arrastrar por ciertas consignas supuestamente políticas y lugares comunes “políticamente correctos” que carecen de fundamento histórico y a la vez disponen –si se permite en virtud de nuestra experiencia vital– de una sospechosa cobertura de prensa que vaya uno a saber por qué (y más allá de las opiniones de Mariano Grondona)  pretenden transformar a Julio A. Roca en el gran monstruo de la historia argentina.
No lo es. Bajo ningún punto de vista lo es, y las sorprendentes campañas en su contra tienen mucho de sospechoso, tal vez por cierta paranoica asociación que uno puede establecer con las reacciones “indigenistas” contra las estrategias de conformación de un Estado nacional que deben soportar gobiernos como el de Evo Morales o Rafael Correa.
El Estado, campo de batalla. Es comprensible que para historiadores de ideas libertarias como Osvaldo Bayer –que pasan tanto tiempo en Berlín como en Buenos Aires y para quienes el Estado es sinónimo de opresión–  el genocidio indígena ejecutado –en parte– por Julio A. Roca, sea determinante y suficiente como para reclamar su excomunión y extirpación de la historia argentina, hasta el punto de volverlo análogo a una especie de Petiso Orejudo de la oligarquía. Pero saliendo de Berlín no es difícil advertir que ese Estado que Roca contribuyó más que nadie a crear, es en cierto modo instrumento de opresión y dominación,  sí, pero a la vez es un campo de batalla, y al cabo, instrumento del que se valen  las clases populares para defenderse de la opresión de los poderosos, que en estos hemisferios no requieren ni de nacionalidad  ni de Estado para ejercer su dominio.
Es así que resulta descabellado escuchar hoy que en virtud de su relativa responsabilidad en uno de los cinco genocidios argentinos sea necesario eliminar a Roca de los billetes de la moneda nacional y dinamitar las estatuas que se le han erigido en diversas partes del país ¿Por qué Roca? ¿Por qué derrumbar la estatua de quien, además de derrotar mapuches, impuso la voluntad provinciana sobre Buenos Aires, conformó la Argentina actual y construyó el Estado nacional?
Más que un reclamo imposiblemente indigenista, esta campaña parece nacida de una vieja animadversión porteña. Y sería bueno aclarar este dilema, porque si se trata únicamente del genocidio indígena, sobre el cual con tanta liviandad como ignorancia se afirma que (¡en 1875!) había otras alternativas, convendría agarrárselas con los autores intelectuales del crimen y no tan sólo con sus tardíos ejecutores materiales, que resultan chivos expiatorios ideales en virtud de que carecieron y carecen de diarios y órganos forjadores de prestigio intelectual que los defiendan.
Rosas, el integrador. Cabe recordar que cualquier posibilidad de negociación con las naciones indígenas tendiente a su integración a la entonces embrionaria nacionalidad argentina, había acabado con la caída de Rosas, aunque justo es decir –a juzgar por los tratados de paz firmados entre Calvuncullá y Urquiza en representación de la Confederación  Argentina, y más tardíamente entre Lucio Mansilla y los ranqueles (acuerdo este último desautorizado por el presidente Sarmiento), que esa integración habría sido posible de no ser haber sido derrocado Rosas y de no mediar la sujeción de Urquiza a la política porteña personificada en Bartolomé Mitre.
Lo que puede estar claro, sin mayores esfuerzos intelectuales, es que entre los pueblos o naciones aborígenes y la incipiente oligarquía bonaerense, representada por Mitre mucho más que por Roca, no había ninguna posibilidad de entendimiento. Y esto estaba claro desde 1837, cuando en su obra magna Sarmiento explicó, a sus contemporáneos y a las generaciones posteriores, que en nuestra América, los hombres se dividían en tres clases: salvajes, bárbaros y civilizados. Y así como en esa obra –Facundo– el padre del aula desarrolla su programa político y nos explica que es necesario civilizar a los bárbaros, aunque sea a palos, también nos dice que a los salvajes resulta imprescindible exterminarlos.
El don de la inoportunidad. Facundo fue escrito y publicado en Chile, seis años antes de que a al coronel Segundo Roca se le ocurriera hacerle un hijo a la hermana menor de Marcos Paz. Es así, por decirlo de alguna manera, que resulta curioso que en el momento en que nuestros mestizos –a no olvidarlo, irremisiblemente mestizos– pueblos americanos se abocan a la impostergable conformación de sus estados nacionales, paso previo e indispensable de la necesaria unidad continental, cobren tanto énfasis y tengan tanta difusión discursos supuestamente indigenistas que en pos del necesario respeto y reivindicación de las diversas culturas que conforman nuestra común nacionalidad americana, sean a la vez funcionales a ideologías y políticas que en la práctica atentan contra esa nacionalidad. Y en consecuencia, contra las diferentes identidades étnicas y culturales que la conforman.
La “demonización de Roca” –como dice su inopinado, sorprendente e incongruente defensor– parece ir en esa sintonía. ¿Qué sentido tiene el reclamo de eliminar la imagen y derribar las estatuas del creador del Estado nacional y artífice del triunfo del interior argentino sobre Buenos Aires? ¿Por ser el perpetrador de la fase final del genocidio indígena?
Pues bien,  si ése el motivo, eliminemos su imagen y derribemos sus estatuas, pero sólo si antes eliminamos las imágenes y derribamos las estatuas de Rivadavia, Mitre y especialmente del autor intelectual y cimentador ideológico de la tragedia indígena: Domingo Faustino Sarmiento.
Y si no, no.
Reportaje de NI a Palos a
Javier Trimboli, historiador:
“Es maravilloso que se vuelva a discutir a Roca”

Si es que se puede pensar ya en posibles consecuencias de eso que todos llaman la vuelta de la política, una de las más interesantes es, sin dudas, la de revisar la historia de nuestro país. En este sentido, el 12 de octubre -antes Día de la raza ahora Día del respeto por la diversidad cultural- parece un fecha ideal para volver a discutir el pasado. En este debate se puso de moda pegarle a Julio Argentino Roca verdadera bestia negra de la historia nacional, aunque también –bien vale aclararlo- hombre clave en la fundación del Estado Nacional. Como Ni a palos nunca se conforma y siempre que haya una discusión se da manija, fuimos a buscar a Javier Trímboli, historiador, pura lucidez.

Por Julia Mengolini / Ni a palos

-¿Qué sentido le ves a sacar a Roca del billete de 100 y de toda esta ola antiroquista que propone bajar los monumentos?

– No le veo mucho sentido. Sobre todo porque sigue siendo interesante que personajes de las características de Roca acompañen un proceso político como este, aún cuando uno no pueda decir en lo más mínimo que está plenamente de acuerdo con lo que él hizo, e incluso que hay zonas de su política que le pueden parecer plenamente criticables. Ahora, sabemos de la Campaña del Desierto, pero también Roca es el responsable en buena medida de la federalización de Buenos Aires. Roca fue odiado por las familias patricias porque lo vieron como el último exponente de la barbarie provinciana que venía a terminar con la autonomía de esa ciudad tan soberbia que era Buenos Aires. Una figura como la de Roca permite ver la enorme ambigüedad de los procesos históricos, que además en su caso, lo hacen destacar. Sin embargo, él es un exponente más de una fuerza muchísimo más grande que quería avanzar sobre las poblaciones indígenas y que lo estaba haciendo desde la llegada de los españoles. Por lo tanto Roca es un emergente de un problema social muchísimo más grande.

-Lo que quiere decir que si le caemos a Roca también deberíamos caerle a Mitre, a Sarmiento…

-En un punto yo creo que sí e incluso más que con figuras en particular, con clases sociales, en pensar en problemas que hacen a clases sociales y a procesos sociales determinados. A la vez, hay ciertas maneras de entender la historia, que al colocar todo en situación de proceso, de contexto, de circunstancia, justifican cualquier barbaridad. Ahí creo yo que hay un problema. La época no justifica todo. Ahora, me parece que también es un problema cuando todo se ve en clave “bien o mal”. Entonces ven a Roca como exponente de un mal profundo, de un mal absoluto que produjo la Conquista del Desierto. Me parece que tanto una como otra forma de ver el pasado son problemáticas. Hay una investigadora de La Pampa que se llama Claudia Salomón Tarquini que escribe un libro que se llama Largas noches en la Pampa. Ella dice que la Campaña de Roca de 1879, no produjo un número tan contundente de muertes. Lo más complejo fue la sobrevida de esas poblaciones, que fueron distribuidas, obligadas a cambiar su idioma, obligadas muchas veces a cambiar de nombre, se les adjudicaron las peores tierras, las peores condiciones, con la complicidad de toda una sociedad que avaló esa transformación y que prefirió decir que fueron exterminados: tema terminado, no tenemos más cuestión indígena. Entones, es un tema presente, que sigue estando. Más que el exterminio de un pueblo, lo que se produjo fue una enorme derrota de un pueblo que se vio obligado a tener una sobrevida pautada por las condiciones de los vencedores, condiciones que lo invisivilizaron. Pero esa invisibilización no es efecto de Roca. No es efecto de una persona, ni siquiera de Sarmiento. Sarmiento dice barbaridades, como sabemos que siempre dice, pero algunas de una verdad enorme, en Conflictos y armonías de las razas en América dice: “Ya no hay más reducciones indígenas, pero ahora a los indígenas los tenemos cambiados de nombre, entre nosotros”. Lo que te dice es: se están reciclando en otra cosa, anticipa probablemente al cabecita negra. Siguen estando.

– ¿No es interesante que exista un reclamo indigenista de cualquier modo?
-Es interesantísimo. Este último genocidio que vivimos es el que habilita la visibilización de otros desaparecidos. Para mi uno de los libros más importantes que hay sobre este tema es Indios, ejército y frontera de David Viñas que se publica en los primeros años de los 80. Viñas empieza a escribir el libro con el peso de lo que significa la celebración del centenario de la Conquista en la época de los militares en 1979, celebración que es brutal, a la que Clarín dedicó un suplemento especial notable donde, por ejemplo, hay un saludo de los fabricantes de Coca Cola que dice: “nos quedan muchas campañas en el desierto por realizar”. Es toda una celebración además incolora, indolora, donde no aparecen nunca muertos, no hay fotos de muertos. Viñas empezó a escribir ese libro desde el exilio, con el peso de esa celebración y con la desaparición de sus hijos. Él, rápidamente, en el prólogo se pregunta si no serán los indígenas los desaparecidos del siglo XIX. Para mí es interesantísimo que surja este reclamo. Además, nos desafía a ver cómo hacemos para procesarlo, para abrir esta discusión. Es maravilloso que se vuelva a discutir a Roca.

– ¿De dónde sale ese reverdecer del orgullo indígena?

– Me parece que en esta época, en lo que se llamó el fin de la historia, las identidades y los caracteres colectivos perdieron muchísimo poder, volumen, espesor. Desde ese entones hasta este momento hay una búsqueda enorme de hacerse cargo y tomar como propia alguna identidad. Una identidad disponible y muy interesante para hacer propia es la identidad indígena porque entre otras cosas, tiene un aura muy particular, ligada a los vencidos de manera absolutamente injusta, ligada a otras costumbres diferentes a nuestro sistema capitalista que merece criticas, entonces encuentra en ese legado algo interesante. El tema nos coloca en un problema cultural, de cómo seguir viviendo como comunidad nacional.

-Claro, en Bariloche por ejemplo, hay una comunidad mapuche muy grande y en el Centro cívico, que es un emblema de la ciudad, está el monumento a Roca, casi desafiante, como una provocación. ¿Qué hay que hacer con eso?

– No lo sé, pero a mí me parece interesante que ese monumento esté y que entre otras cosas quede como una marca real y cierta de lo que sucedió. No invisibilizar a Roca, sino intervenirlo, trabajarlo, que sea una presencia que obligue a tomar posiciones, partidos, a producir una contra-estatuaria. Me parece que la invisibilizacion de Roca nos haría creer que el triunfo cultural sobre ese relato, nos estaría liberando de la posibilidad de que haya un nuevo Roca o peor: un Galtieri, un Videla, un Martínez de Hoz. Y eso es absolutamente erróneo, porque las condiciones para que haya un nuevo Roca, o un Martínez de Hoz, son las condiciones del capitalismo. Y no son condiciones meramente culturales. Uno puede producir movimientos culturales muy importantes pero hay algo en el capitalismo que produce eso: como produce en serie productos para el mercado, también produce muertes en serie. No está cerrada esa historia, por más que se borre a Roca.

– ¿Hay alguna relación entre el kirchnerismo y este neorevisionismo que vino de la mano de la divulgación masiva de la historia argentina?

– Me parece que no fue tan nítida y tan estrecha esa relación, como hoy se montó que es. Me parece sí, que a partir del Bicentenario hay una cantidad de exponentes del neorevisionismo que de alguna manera encuentran un lugar que hasta ese entonces no tenían porque hay un enorme apetito popular por conocer la historia. El dato mayúsculo es que la política, que se ha reabierto en la Argentina desde 2001 y con más claridad desde el 2003, también reabrió la cuestión de la historia de la Argentina como no podía ser de otro modo. Y reabrió para que estén todos estos debates puestos en la mesa. Y el gobierno, como buen gobierno peronista, no termina de decir “mi lectura histórica es esta”. La Presidenta ha dicho “yo con Sarmiento tengo muchas diferencias pero también tengo puntos que me encuentran con él”. Es genial que un político pueda marcar el carácter ambiguo de la historia. Quizás hay maneras de entender la historia como una suerte de reprobación de todo lo que es poder, y una fascinación eterna con todo aquel que ha sido derrotado. En los procesos históricos, cuando se tiene poder, es inevitable producir cosas oscuras. Me parece que una construcción política como la actual, que no rechaza el poder sino que intenta darle una utilización  determinada, que tampoco es enteramente emancipatoria y utópica, sabe que el poder tiene ciertas fuerzas demoníacas y hay que saber manejarse con ellas y tener ciertos anticuerpos para evitar correrte de la línea. A veces da la sensación de que preferimos figuras románticas y más puras que antes que el poder prefirieron inmolarse. Hay que entender el drama de los hombres que construyen poder y que además lo hacen en función de que la correlación de fuerzas sociales mejore para las clases populares. Eso es Perón, de alguna manera eso es el kirchnerismo, que no es un proceso puro, es esto. Y es Roca también.

-¿Es Roca también?
-De alguna manera también. Es construir un Estado, es la ley 1420, es esta ambigüedad eterna y el drama de ese hombre. Está claro que la Campaña al Desierto fue una tremenda barbaridad y que no hay manera de justificar.

– ¿Hay quienes en esa época se alzaron en contra de la Campaña al desierto?

-El mitrismo incluso usó el término “crimen de lesa humanidad” pero en rigor era un problema político. Era la manera de ensuciar a Roca quien en 1880 se podía convertir en el heredero de ese poder que el autonomismo estaba forjando, que se había fortalecido con la Presidencia de Avellaneda y que el mitrismo quería terminar. No son argumentos atendibles. Pero los argumentos atendibles son dos: Lucio V. Mansilla, que escribe Una excursión a los indios ranqueles y se pregunta todo el tiempo por qué no encontramos una manera distinta de convivir con estas poblaciones. Y llega a decir: “Una civilización sin clemencia no es civilización”. Y estos hombres son derrotados pero hay que ser clementes con ellos y resituarlos en una estructura productiva de una nueva argentina.

-Lo que habla de que las cosas se podían entender de otro modo…

-En 1870, hay un hombre que ve esto de otra forma. Ahora, ¡Lucio V. Mansilla después es roquista! Es decir, esto que ha dicho en 1870 no le resulta tan grave como para después no adherir a Roca. Para él no era el centro del problema. También está Bialet Masse, este científico catalán que no para de hablar de los indígenas y dice que hay que incluirlos de alguna manera, que tiene que haber una legislación laboral inclusiva para estos hombres. ¿Quién lo manda a hacer el Informe sobre el estado de las clases obreras argentinas a Bialet Massé? Roca. Lo que uno sí puede ver es que lo de Roca es liminar y dificilísimo de responder. Nos deja sin palabras. Me parece que hoy hay una sobrestimación de la batalla cultural o de la nueva hegemonía o del nuevo relato. Y esa sobrestimación es absolutamente equívoca. Insisto: las condiciones para que se produzca un genocidio en occidente siguen existiendo mientras exista el capitalismo y mientras nadie invente una forma social de organizar nuestra economía más eficaz justa y posible que el capitalismo. Esas condiciones están y si sobrenfatizás ese triunfo, pueden pasar al olvido.

-¿A qué le decís ni a palos?
– A la ilusión de que se puede alcanzar un acuerdo mayúsculo respecto del pasado argentino.

20 de noviembre: Rosas y la defensa de la soberanía.

Interpretación histórico-política del gran hecho heroico que protagonizó nuestro pueblo contextualizando los gobiernos del Brigadier General Juan Manuel de Rosas.

 

“.. Señor. No podemos dejar el juicio a Rosas a la historia, porque si no decimos desde ahora que fue un traidor, y enseñamos en la escuela a odiarlo, Rosas no será considerado como un tirano, y quizás lo sería como el mas grande de los argentinos.”[1]

 

La Confederación comandada por Juan Manuel de Rosas, gobernador de la Provincia de Buenos Aires (1829-1832 y1835-1852), soportó sucesivos bloqueos por parte de Francia e Inglaterra, principales potencias del siglo XIX. Sin embargo no lograron su principal objetivo, obtener la libre navegación de los ríos interiores. Medio para imponer su “librecomercio” e inundar las naciones con sus productos industrializados. Por esto, ambas potencias respondieron con la intervención directa, pero la flota anglo-francesa superior en hombres y armas, no pudo quebrantar la resistencia popular.

Las aguas del río Paraná fueron testigo de la batalla librada el 20 de noviembre de 1845 en la Vuelta de Obligado (San Pedro- Provincia de Buenos Aires), allí se defendió más que la soberanía de los ríos, se defendió la Soberanía Nacional. Es decir, esta batalla fue la manifestación de mantener la ardua construcción de la independencia política y económica en detrimento de las directrices foráneas.

Por su parte, ambos países europeos se encontraban ante la necesidad de expandir sus mercados y esto los hacía disputarse la hegemonía mundial, sin embargo el proyecto era similar: conformar Estados independientes con gobiernos títeres para facilitar sus políticas. Ejemplo de ello será la ocupación francesa de Argelia (1830 a 1962), país del norte de África, invadida durante 132 años. Así es que el ensayo ya se había realizado y mostraba lo efectivo del proyecto.

Los franceses desocuparon ese país mediante una guerra desigual y destructiva contra el pueblo argelino. Allí se practicaron las “políticas” de interrogatorio con tortura que luego los discípulos latinoamericanos desarrollaron en las dictaduras cívico-militares en la región. Además vemos que resistir a ese embate significaba mantener la soberanía que se había ganado con la independencia.

El modo francés.

El primer Bloqueo francés fue realizado en 1838. En la Asamblea francesa se oían estás palabras que delinean el objetivo: “cuando se trata de nuestro comercio (…) es necesario que seamos como los ingleses, que por un marinero herido han emprendido grandes guerras”. El objetivo era el desarrollo económico interno mediante la protección del mercado nacional. El camino, la conquista de nuevos mercados exteriores transformando esos países en sus colonias (americanas, asiáticas y africanas) para satisfacer las necesidades de la metrópoli. Tenían lo necesario para realizarlo.

De este modo, la excusa para la intervención fue la defensa de los derechos de los ciudadanos franceses presos en la Confederación. Cabe aclarar que para la corona francesa los Ciudadanos eran considerados elementos de penetración política y comercial.

La eficacia Inglesa.

Por su parte, Inglaterra en este contexto desarrolló una política combinada de intervención militar directa y penetración económica -alternativa a la primera que desplegará a lo largo del siglo XX- dando forma al famoso “estilo ingles”. Así cambia su táctica ante la posición del gobierno rosista. Pasa de una política de intervención armada a una política de “paz”.

Repasemos las intervenciones directas: las llamadas invasiones inglesas (1806 y 1807); ataque militar a Malvinas (1833); bloqueo que estamos considerando en 1845; amenaza de intervención armada en 1891 y 1893. Excepto la ocupación de las Islas Malvinas, esta poderosa isla no pudo triunfar militarmente en nuestro territorio. Sin embargo, triunfó en el terreno económico. Para fines del siglo XX casi todos los países del continente estaban endeudados financieramente a través de sus empréstitos, impidiendo el desarrollo industrial de las recientes naciones. Además, estaba en el podio de superficie territorialmente colonizada. En síntesis, despliegue territorial en puntos clave del planeta, reina de los mares, dominio comercial y financiero, la libra esterlina fue lo que hasta hoy es el dólar, moneda de pago universalmente aceptada.

El bloqueo había paralizado el comercio en la metrópoli. Los comerciantes y banqueros ingleses de las principales ciudades industriales- Manchester, Liverpool, Leeds, etc.-  presionaban para que el conflicto se solucione de cualquier forma. Era necesario abrir el comercio con Paraguay, incentivar la independencia de las provincias de Corrientes y Entre Ríos. Nuevamente nos encontramos con los principios del modelo librecambista: libertad de comercio y Estados independientes. De esta manera, Inglaterra podría evitarse el insistir sobre la navegación de los ríos interiores, ya que se negociaría de forma independiente con cada uno de esos estados sin tener que enfrentarse al poder de la Confederación.

Aquí aparece la importancia de la ciudad de  Montevideo. Debía convertirse en un enclave comercial de ambas potencias y, a su vez, representaba un territorio estratégico, ya que desde allí se podía dominar la cuenca del Plata.

Durante el gobierno de Rosas los opositores de la Confederación emigraron a esa ciudad, además de ellos se concentraban más de veinte mil extranjeros – franceses, ingleses e italianos- superando la población autóctona. En esta ciudad, los enemigos de la Confederación crearon la Comisión Argentina y firmaron una alianza en contra del gobierno rosista que beneficiaba plenamente a Francia, veamos el artículo tres que no deja lugar a las dudas: “(…) considerando la conveniencia de no dejar escapar esta ocasión favorable sea de llevar a Rosas a pactar con nosotros o de ocasionar su caída, y por consiguiente de establecer la influencia de Francia  a la vez en Buenos Aires y Montevideo y de preparar aquí a nuestros compatriotas y nuestro comercio un porvenir tranquilo y próspero”. Nos es inevitable una comparación con la actualidad políticapara establecer un paralelo con el sector opositor al gobierno nacional. Observamos su actitud defenestradora en el exterior sobre el intento soberano de reconstrucción nacional. Cualquier semejanza con la actualidad no es pura coincidencia, sino que es producto de la continuidad en el tiempo de la defensa de los intereses de los distintos sectores para implementar el modelo de país que les sea más conveniente.

Política interna de la Confederación.

Rosas llegó a la gobernación (1829-1832) en medio de una crisis política y social que parecía no tener resolución sin nuevos desmembramientos del territorio. Las provincias mediterráneas, junto con el Litoral no lograban imponerse a los porteños de Buenos Aires. Estos porteños que habían mandado a matar a Manuel Dorrego que era la mejor expresión del federalismo porteño para negociar con las provincias. Muerto Dorrego emerge Rosas, estanciero, que buscará acordar con las provincias. Lo opuesto eran los rivadavianos que mandaban constituciones hechas en Buenos Aires para que las acataran en los “13 ranchos” como llamaban a lo que no era Buenos Aires.

Rosas respetará a los caudillos provinciales como autoridades gubernativas, y frenará una y otra vez las intervenciones porteñas en esos territorios. Además,  encarnará el intento de construir la soberanía económica. Para esto pondrá en marcha la creación de saladeros (producción de carne, tasajo, etc.) que se vendía a Estados Unidos, países de Europa y Brasil, para alimentar a los esclavos. Este intento de independencia económica se reforzaba sumado al control de la moneda, creando la Caja de la Moneda que reemplazaba al rivadaviano Banco Nacional (con directorio controlado por ingleses). Emerge la posibilidad de control de la emisión y así una posible acumulación que fortalecería el proceso de industrialización saladeril. Claro que seguimos hablando de un proyecto vinculado a las tierras bonaerenses y litoraleñas, un proyecto ganadero, pero haciendo eje en el control de los recursos.

La importancia radica en que los saladeros crearon la necesidad de desarrollar la industria naval, es decir producir barcos en astilleros de Corrientes o de Santa Fe para enviar los productos a los países compradores -recordemos rol de Inglaterra en esta materia. También logró implantar la ley de Aduana, que beneficiaba a la producción local contra las exportaciones inglesas, es decir que los ingleses que fabricaban ponchos con el cuero que nosotros les vendíamos ahora tendrían que ver quien más podría usar sus lindos ponchos porque nosotros íbamos a usar los que produjeran los telares catamarqueños, tucumanos, cordobeses o correntinos. Es decir Rosas establecía una negociación con las provincias para hacerlas entrar en el proyecto productivo que llevaba a Buenos Aires a la cabeza.

Dicho de otro modo, este proyecto era una alternativa a la dependencia con el imperio Británico. Recordemos sus políticas de endeudamiento producida en 1824 con el empréstito de Baring Brothers, que terminó de pagar el primer gobierno peronista en su 1º gobierno (1946- 1952). Bien clarito lo expresaba el Lord Cliattam: “Cuando América fabrique un solo clavo morirá Inglaterra”. La minima expresión de un desarrollo industrial era lo que debían evitar.

Fin del Bloqueo.

La victoria fue diplomática. El gobierno de la Confederación obligó a firmar a los franceses un tratado de paz fijando los términos (Mackau-Arana 1840), mas tarde lo harían los ingleses (Southern-Arana 1850) también aceptando las condiciones impuestas por el gobierno de Rosas. No obstante el plenipotenciario inglés Henry Southern tuvo que esperar a ser atendido dos años y un mes (si leyó bien) y pudo desembarcar no como ministro ingles sino como un ciudadano dejando en su barco las pompas de la Corona. Como lo expresó Lord Aberdeen en la cámara de Los Lores (1850): “(…) esta insolencia de Rosas es lo más inaudito que le ha sucedido hasta ahora a un ministro ingles. ¿Hasta cuándo hay que estar sentado en la sala de ese jefe gaucho?”

Internamente, finalizado el bloqueo, cuando los europeos saludaron a nuestra bandera, Urquiza jefe entrerriano, se unió para derrocar al Gobernador a lo peor del porteñismo y a otros caudillos que interpretaban que había un futuro posible sin Rosas y así imponer un nuevo gobierno. No sería fácil. Una de las cuestiones que se le critica a Rosas es la no federalización de la Aduana porteña. Esta federalización la intentaron los federales urquicistas y Buenos Aires se separó de la Confederación durante 9 años (1853-1862) es decir se creó el país Buenos Aires.

Rosas murió lejos de su país y la historia oficial fue efectiva en generar miradas dicotómicas típicas del ideologismo liberal y ocultar a los movimientos populares que bregaron por tener una patria libre, justa y soberana. No olvidemos que después de la Batalla de Caseros[2] (1852) no vino el gobierno de los caudillos haciendo eje en nuestro interior sino que fue la preparación de las matanzas de gauchos que propugnó Bartolomé Mitre y Domingo Sarmiento. Fue el aniquilamiento de la potencialidad de una nación independiente que se coronó con el genocidio al pueblo paraguayo a través de la Guerra de la Triple Alianza (1965-1970).

En 1857 la Legislatura de la Provincia de Buenos Aires somete a juicio a Rosas y lo  declara “traidor a la Patria”. El Diario de Sesiones registra los argumentos del diputado Nicolás Albarellos diciendo: “¿Que se dirá en la Historia, y esto es triste decirlo, cuando se sepa que el valiente Almirante Brown, el héroe de la marina de guerra de la Independencia, fue el Almirante que defendió la tiranía de Rosas?; ¿Que el general San Martín, el vencedor de los Andes, el padre de las glorias argentinas, le hizo el homenaje más grandioso que puede hacerse a un militar entregándole su espada?”


[1] Declaración del diputado Nicolás Albarellos en el juicio a Rosas una vez derrotado en la legislatura de la provincia de Buenos Aires (1857).

[2] Rosas es derrotado por el  Ejército Grande comandado por Urquiza- alianza entre los sectores oligárquicos de Brasil, colorados de Uruguay, los caudillos de Entre Ríos y Corrientes.

Por Diana Avila

Sarmiento: padre del aula o polarizador inmortal?

Bicentenarios de muchos aparecerán por estos años que transitamos. Uno importante es el del nacimiento de Domingo Faustino Sarmiento quien llegó a decir que él fue gestado en el proceso de la Revolución de Mayo.

No queremos hacer la biografía de Sarmiento, porque es uno de esos hombres de los que se ha escrito mucho. Nos interesa como pensador, como constructor de una Argentina que daba sus primeros pasos.

En la escuela hemos escuchado, aprendido y cantado el himno a Sarmiento, ese que habla del loor y gratitud  que debería tenerle el pueblo al padre del aula Sarmiento inmortal.

La historiografía oficial, como fue creada por un contemporáneo sarmientino como era Mitre , ocultó las facetas más intolerantes del Sarmiento estadista. Su interés en desarrollar una Argentina más parecida a Europa y Estados Unidos que a si misma lo hizo decir mentiras que trató de argumentar científicamente. Por ejemplo en el libro Conflicto y armonía de razas en América Sarmiento plantea que los indios de América, y en especial los que conoció en la Argentina, no podían desarrollar su cerebro porque tenían una capacidad de crecimiento craneal menor que los blancos europeos. Así dejaba fuera de todos los colegios que creó a una gran porción de la población de la Argentina. El argumento es de época, muy positivista sin ningún fundamento real. Pero de esa manera se evitaba crear una sociedad con quien quería que estuviera afuera, los que luego serían llamados cabecitas negras.

Así Sarmiento justificó  su posición con respecto al aprendizaje a través de maestras traídas de Estados Unidos, planteando que tenían que ser mujeres las que debían impartir el conocimiento porque eran más dóciles que los hombres. Si uno se pone a pensar la sociedad que llegó al centenario es indudable que a Sarmiento lo debieron escuchar bastante. Se había creado la sociedad excluyente.

Pese a sus comentarios sobre no ahorrar sangre de gaucho en la matanza que llevó adelante el mitrismo contra las montoneras federales, Sarmiento reconocía que los gauchos eran unos grandes conocedores de su medio ambiente, y en el final del libro Facundo se puede observar el paso del rechazo a lo gaucho a la admiración por sus métodos de conocimiento. Sarmiento reconoce que hay un saber en el gaucho, pero igualmente elige el camino del aniquilamiento. Y es importante decir que ese aniquilamiento sucedió cuando el gaucho representaba una afrenta política real al gobierno de unos pocos ilustrados con centro en el puerto de Buenos Aires. Para él se batían dos culturas, la de la civilización y  la de la barbarie. Con los nombres que les puso es fácil presumir que nunca pensó que pudieran integrarse.

Cuando Sarmiento se entrevista con San Martín en Europa nos dice que este deliraba cuando el Libertador habla de Rosas como un patriota.  Sarmiento opinó que el Libertador estaba senil. No tenía ningún empacho en rehacer la historia a su modo, sabiendo como le dijo a Mitre, que la ciudad de Buenos Aires se gobierna por el miedo y que su labor tenía que tender hacia la creación de ese sentimiento. Para pensar nuestra realidad habría que haberle agregado el desánimo. Miedo y desánimo son los sentimientos primordiales que impulsan los grupos concentrados de nuestro país.

 Así es que podemos visualizar un pensador surgido de este pueblo, que prefirió crear un país nuevo, lleno de inmigrantes y propuso hacerlo arriba de otro que ya existía. El triunfo de Sarmiento no se entiende sin el genocidio de la guerra del Paraguay, donde incluso perdió a su hijo. Esa guerra significó por muchos años la imposibilidad de un desarrollo autónomo de los países latinoamericanos.

VUELTA DE OBLIGADO SINÓMIMO DE SOBERANIA NACIONAL

La Confederación comandada por Juan Manuel de Rosas, gobernador de la Provincia de Buenos Aires (1829-1832 y 1835-1852), soportó sucesivos bloqueos por parte de Francia e Inglaterra, principales potencias de ese contexto histórico. Sin embargo no lograron su principal objetivo, obtener la libre navegación de los ríos interiores. Por esto, ambas potencias respondieron con la intervención directa, pero la flota anglo-francesa superior en hombres y armas, no pudo quebrantar la resistencia popular. Las aguas del río Paraná fueron testigo de la batalla librada el 20 de noviembre de 1845 en la Vuelta de Obligado, allí se defendió más que la soberanía de los ríos, se defendió la Soberanía Nacional. Es decir, esta batalla fue la manifestación de mantener la ardua construcción de la independencia política y económica en detrimento de las directrices foráneas.

Por su parte, ambos países europeos se encontraban ante la necesidad de expandir sus mercados y esto los hacía disputarse la hegemonía mundial, pero el proyecto era uno: conformar estados independientes con gobiernos títeres para facilitar sus políticas. Ejemplo de ello será la ocupación francesa de Argelia, país del norte de África desde 1830 a 1962, es decir estuvo invadida durante 132 años. Así es que el ensayo ya se había realizado.

Durante el gobierno de Rosas los opositores de la Confederación emigraron a Montevideo, además de ellos se concentraban más de veinte mil extranjeros entre franceses, ingleses e italianos superando la población autóctona. Los enemigos de la Confederación crearon la Comisión Argentina y firmaron una alianza en contra del gobierno rosista, pero que beneficiaba plenamente a Francia, veamos el artículo tres que no deja lugar a las dudas: “(…) considerando la conveniencia de no dejar escapar esta ocasión favorable sea de llevar a Rosas a pactar con nosotros o de ocasionar su caída, y por consiguiente de establecer la influencia de Francia  a la vez en Buenos Aires y Montevideo y de preparar aquí a nuestros compatriotas y nuestro comercio un porvenir tranquilo y próspero”.

La respuesta ante la intervención anglo-francesa en el Río de la Plata constituye una más de las tantas páginas heroicas de nuestra historia, en Vuelta de Obligado se trazó un camino que no vacilaba entre ser una factoría extranjera o una nación libre. Esas eran las posibilidades. El General José de San Martín en su testamento expondrá: “El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la Independencia de la América del Sur le será entregado al General de la República Argentina, Don Juan Manuel de Rosas, como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que tentaban de humillarla”.

Lic. Prof. DIANA AVILA

¿Quién fue Juan Manuel de Rosas?

Juan Manuel de Rosas es el personaje del siglo XIX que la historiografía oficial eligió para transformarlo en el causante de todos los males que pudiera tener nuestro país. Cuando decimos que la historia oficial lo ha transfomado en “la bestia sanguinaria” debemos dudar de lo que nos dicen los libros que repiten la historia mitrista para introducirnos en la contextualización del que fue Gobernador de Bs. As. durante más de 20 años.

Rosas, dice la izquierda mitrista, representó a los ganaderos porque él era ganadero. Claro si todo fuese tan lineal Bolivar hubiera representado a la oligarquía caraqueña porque él salió de allí y el Che Guevara tendría que representar a la clase alta argentina. Pero como sabemos que la identidad de los actores políticos se construye andando, permitamonos dudar acerca de estas aseveraciones.

Rosas llegó a la gobernación en medio de una crisis política y social que parecía no tener resolución sin nuevos desmembramientos del territorio. Las provincias mediterráneas, junto con el Litoral no lograban imponerse a los porteños de Buenos Aires. Estos porteños que habían mandado a matar a Dorrego que era la mejor expresión del federalismo porteño, para arreglar con las provincias. Muerto Dorrego aparece Rosas, estanciero, que buscará acordar con las provincias, en vez de hacer como hacían los rivadavianos que mandaban constituciones hechas en Buenos Aires para que las acataran en los “13 ranchos” como llamaban a la Argentina profunda. Rosas respetará los caudillajes en las provincias como autoridades gubernativas, y frenará las intervenciones porteñas. Es así que reconocía como actores políticos a los caudillos provinciales.

Rosas encarnará el intento de construir la soberanía económica mediante la creación de saladeros. Estos salaban carne, tasajo, que se vendía a los esclavos de diferentes países, entre ellos Brasil, Estados Unidos y Europa. Era una salida posible para la incipiente dependencia con el imperio Británico que había logrado endeudarnos en 1824 con el empréstito de Baring Brothers, que terminó de pagar el peronismo en su 1º gobierno (1946- 1952).

Este intento de independencia económica, sumado al control de la moneda, creando la Caja de la Moneda que reemplazaba al rivadaviano Banco Nacional (con directorio controlado por ingleses), hacía pensar la posibilidad de control de la emisión y así una posible acumulación que fortalecería el proceso de industrialización saladeril. Claro que seguimos hablando de un proyecto vinculado a las tierras bonaerenses y litoraleñas, un proyecto ganadero, pero haciendo eje en el control de los recursos. Con los saladero hasta los barcos en los que se mandaba la carne los construiamos en astilleros de Corrientes o de Santa Fe. También logró implantar la ley de Aduana, que beneficiaba a la producción local contra las exportaciones inglesas, es decir que los ingleses que fabricaban ponchos con el cuero que nosotros les vendíamos ahora tendrían que ver quien más podría usar sus lindos ponchos porque nosotros ibamos a usar los que producieran los telares catamarqueños, tucumanos, cordobeses o correntinos. Es decir Rosas establecía una negociación con las provincias para hacerlas entrar en el proyecto productivo que llevaba a Buenos Aires a la cabeza.

Francia e Inglaterra van a establecer un bloqueo al puerto desde 1838 a 1849. Hay que imaginar las necesidades que se habrán tenido en esa época. Rosas resistió dignamente, San Martín le entregó su sable corvo en honor a la defensa, y los unitarios exiliados en Montevideo apoyaron a los franceses contra el “tirano” porque parece que venían a traer la luz europea. Tenemos que hacer el esfuerzo de pensar que para la época que estamos hablando los franceses e ingleses se expanden en Asia y África. Estos significa que por más que nos traten de contar el cuento de que venían sólo por un tema comercial la variante de ocupación estaba muy latente. Así se entiende a San Martín y la entrega del sable. Resistir a ese embate significaba mantener la soberanía que se había ganado con la independencia. Para esta misma época los franceses entraron en Argelia y no salieron sino en 100 años mediante una guerra desigual y destructiva hacia el pueblo argelino. Fue donde se practicaron las “políticas” de interrogatorio con tortura que luego los díscipulos latinoamericanos desarrollaron en las dictaduras cívico-militares en la región.  Entonces tengamos claro cual era la importancia, más allá de la heroica batalla de todo el pueblo, sobre todo el de San Pedro, para mantener la decisión política sobre quien ocupaba un río y quien no.

Con el bloqueo al estar cerrado el puerto de Buenos Aires, los litoraleños comenzaron a enriquecerse a través del uso de sus puertos, y luego de finalizado el bloqueo, cuando los europeos saludaron a nuestra bandera, Urquiza jefe Entrerriano, se unió a lo peor del porteñismo y a otros caudillos que interpretaban que había un futuro posible sin Rosas, para derrocar al Gobernador, y así imponer un nuevo gobierno.

Claro que esto no sería fácil. Una de las cuestiones que se le critica a Rosas es la no federalización de la Aduana porteña. Esta federalización la intentaron los federales urquicistas y Bs. As. se separó de la Confederación durante 9 años (1853-1862) es decir se creó el país Buenos Aires. Otra que Uruguay.

Rosas murió lejos de su país y la historia luego intentó destruir este intento de autonomía nacional, a partir de lo posible del momento, calumniando y generando las miradas dicotómicas típicas del ideologismo liberal. No olvidemos que con Caseros no vino el gobierno de los caudillos haciendo eje en nuestro interior sino que fue la preparación de las matanzas de gauchos que propugnó Bartolomé Mitre y Domingo Sarmiento. Fue el aniquilamiento de la potencialidad de una nación independiente que se coronó con el genocidio al pueblo paraguayo a través de la Guerra de la Triple Alianza (1965-1970)

Les dejamos un texto de José Maria Rosa que ilustra aún más esta época.

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